¿Pa qué sirve escribir?

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Un viejo requeteviejo criado en escuela de pago pero que ya tiene hasta fecha para el entierro, me preguntó el otro día con la inteligencia propia de los cretinos mal criados que por qué y para qué escribía yo.“¿Y para qué sirbe escrivir?”, remachó por si no me había enterado que tomarse un café en el vacío de la conversación que nunca viene es más importante que otra cosa cualquiera salvo una copa de coñac perruno.Sentí ganas de estrellarle en la cabeza deformada una botella de aguardiente pero entendí que el cretino no me había querido insultar. Pretendía comprender cómo alguien podía dejarse sus energías, su imaginación, su talento, su tiempo, en poner palabras una tras otra, hora tras hora, día tras día. Debo decirles que vivo en una isla africana poblada casi exclusivamente, y exceptuando a los menores de edad nacidos Dios sabe dónde, de viejos católicos de todos los países del mundo de donde los han echado porque ya apestaban y corrompían a la juventud con sus imbecilidades. Es un pueblo que se parece mucho a una enorme pista de las 24 horas para imbéciles, que se pasean por las aceras en cochecitos que los avispados comerciantes locales les han fabricado para que puedan desplazarse y emborracharse en los bares donde cuatro copas de un líquido corrosivo al que le dan el nombre de coñac cuestan menos que la centésima parte de un ataúd. Me han dicho que en general las autoridades sanitarias del ayuntamiento se encargan de limpiar las calles de muertos para que los cochecitos, que cuestan media fortuna, puedan circular mejor. Pero son cuentos de una tarde de verano tropical. Llevo toda mi vida escribiendo y casi me tengo que esconder. Es verdad que escribir no sirve para nada para el que no sabe leer, para el que no sabe pensar, para el que no quiere pensar, para el que no tiene interés en conocer cosas. Para el que no quiere disfrutar de momentos inenarrables. Qué pena morirse sin haber leído cualquier cosa de Mario Benedetti.

Cuando se me pasaron las ganas de matar al viejo requeteviejo de un botellazo me avine a explicarle: “Mire usted, sirve para aprender, para no morirse estúpido del todo, para contar cuentos, historias en general y, en el peor de los casos, para que pueda leer usted esos folletos que les dan las cuatro sectas que hay en la isla y que les prometen el paraíso. Pero si usted leyera lo que yo escribo o lo que escriben otros tipos raros vería que no hay paraíso. Y a lo mejor tendríamos la suerte de que se desesperase usted tanto que se pegase un tiro o se tomara un vaso de aguarrás, que está muy baratito”.

En otra oportunidad, un tipo joven me dijo que eso de escribir era fácil, que estaba al alcance de cualquiera. Entonces le regalé un cuaderno y un lápiz y me prometió que iba a ver lo que iba a ver en dos meses. Lo pasé muy mal los dos primeros años temiendo que de un momento a otro ver la foto del tipo en cuestión en cualquier periódico anunciando su novela. Y tuve incluso pesadillas en las que los diarios decían que su primer libro había sido un best seller.

Afortunadamente ya han pasado ocho años y el tipo en cuestión no ha vuelto a hablarme de escribir. No sé si mi cuaderno y mi lápiz le sirven por lo menos para el supermercado, pero le estoy muy agradecido de no haber tenido talento. ¿Se imaginan qué hubiese sido de mí si escribe un best-seller?

Lo que no le conté al viejo de viejos es que yo en una ocasión utilicé su misma imbecilidad para escapar a un equipo de misioneros norteamericanos aseados con rabia y trajeados con corbata, dos muchachos y una señorita de película musical. Yo estaba llegando a mi portal con las manos cargadas de bolsas de la compra –para algo sirve saber escribir, la lista de la compra puede ser todo un best-seller—y me arrinconaron en la puerta.

Olían a lavanda norteamericana exportada y estaban más limpitos que unas manos que yo me conozco en la oscuridad. Chapurreaban español suficiente para contarme la vida del profeta que les traía desde un desierto norteamericano. Me hice todo lo tonto que pude y entonces la muchacha del musical sacó de un bolso primoroso un libro de regulares dimensiones.

–Mire, señor. Ya vendremos a verle otro día puesto que sabemos dónde vive. Pero entretanto lea usted la biografía de nuestro fundador y se convencerá…

–Verá, señorita bonita (sonrió) mi problema es que no puedo aceptar su libro…

–Pero si es gratis… Se lo pasará usted muy bien y nos lo agradecerá haberlo leído.

Solté las bolsas del supermercado y me dispuse a jugarme el todo por el todo.

–Verá usted, señorita de musical (volvió a sonreír con los ojos agradecidos). Mi problema, mi drama, es que no puedo leerlo por mucho que me empeñe. Es que YO NO SE LEER.

El silencio fue tan tupido como cuando unas horas antes había estado pensando en romperle el botellón en la cabeza al viejo reviejo que se empeñaba en preguntarme a alta voz que para qué servía escribir.

El trio de misioneros quedó aturdido, como si el botellazo lo hubiese repartido entre ellos, y me envolvieron en un abrazo. La chica del musical hasta me dio un beso que tengo guardado en una caja de pimiento picante.

–Le comprendemos. Mañana vendremos y con más tiempo le explicaremos nuestra doctrina.

Les agradecí en la medida en que un analfabeto sabe agradecer y les di cita en un bar al otro lado del pueblo.

Nunca más les vi y seguí escribiendo.

× ¿Cómo puedo ayudarte?