Café

Hoy no tomé café en la mañana, supongo que rompí un ritual, un código de esos que mantienen mi vida en una onda coherente y enlazada al presente más inmediato. Supongo que no tomar café viola miles de rutinas, reglas, manías, que es el fin de algo muy largo y el comienzo de algo muy largo o muy corto, pero desconocido.La mañana tenía olor a albañales, mosquitos (sí, olor a mosquitos), gas de la calle, averías. La gente tiene también sus olores, mi vecina por ejemplo huele a ausencias y a refresco gaseado de limón, a pérdida irreparable y celular encendido, a disco mp3 de alquiler y series comerciales del paquete audiovisual.De todas formas, sin que mediara nada trascendente, decidí romper el ritual del café, ese que daba sentido a la vida, que teñía todo de inicio, de inauguración, de nuevo, de olores por conocer. Pero el café dejó de funcionar como catalizador, como elixir de vida, como ambrosía de dioses mortales, como puerta metafísica. Ya lo dijo Stephen King, “yo soy la puerta, la carretera”. La carretera central me trajo a este apartamento-cárcel, donde descansan las metas de 28 años, las supuestas metas, tan disolubles como el sabor del café que ahora rechazo, tan poco concretas como el concreto de las aceras rotas ya para siempre. “Yo soy la puerta, la acera asfaltada, el camino concreto de concreto”.Café, ya no te busco, no quiero verte, no hay nada en ti de misterioso, no me sirves en un presente marcado por noches de insomnio gratuitas, donde las lecturas se fueron a pique.Café, mejor será leerte en inglés, en americano, o peor, será mucho peor, porque no me sabrás igual, me sabrás a inglés, a americano, se me irá tu sabor en la mañana, se irá el gas de la calle, se diluirá la corriente y alguien dirá que eres americano, que soy americano, que Stephen King tenía razón “soy la puerta, la carretera”. Lojamericano, como dice la gente, están de moda, ya no más el café con chícharo, sino la McDonald, el pato Donald y Rico McPato. Las modas hace tiempo rigen los tiempos y las dietas, las cuentas saldadas y las deudas, los alientos y las mesas vacías o llenas. El café se va por el caño de la calle Reina, justo en la esquina en que el Gran Tony Menéndez monta un espectáculo-imitación con luces y aplausos americanizados, todo lo yanqui nos alela, nos pone de moda, nos coloca en la cuerda de lo cool. No importa lo gordos que seamos, lo flacos que estemos: la comida chatarra nos espera al final del túnel, de la puerta, de la carretera. “Yo soy la puerta….”

Stephen King se me vuelve café, se diluye en la tasa, lo bebo, lo leo, es la esencia de estos días, pero en la vida real él nada tiene que ver, muy poco he leído su obra narrativa (es lo peor de lo yanqui lo que tengo a mano, es lo yanqui kitsch, es el Ratón Mickey pero en su versión más vieja y navegando un botecito de vapor).Obama viene, y la gente piensa en un carro llamado La Bestia, animal de hierro, blindaje que cruzará las calles de adoquines, los reflejos de la tarde en una Habana vana, Habana de infantes difuntos, Habana Cabrera Infante, Habana cabrona infantil. La gente se babea como bebés ante la bestia, quiere jugar con el carrito, resarcirse de la falta de juguetes, del periodo especial, del malecón, de la lluvia de los programas de restauración y de la voz de los pregoneros.

Pienso en lo yanqui y me siento tan infante difunto, tan café Starbucks, tan cartel lumínico, tan Habana ajena, Habana otra, Habana pavo real, pavoneándose en el animal, en la Bestia, en el carruaje de la Reina Isabel, en la chiringa del Dr. Chiringa, en la cara del monstruo capitalista, bicho crucero, bicho tragamonedas. Bicho pre-59, bicho antediluviano, de la era Eisenhower o quizás anterior.Bicho americano, que nos convierte en bichos en nuestra propia bichera, que nos trastoca, que nos muerde, que nos jode. Obama no decidirá nada, pero somos nosotros quienes le damos a decidir, nosotros quienes no bebemos café y nos preguntamos cuánto cuesta una McDonald, y cuál es el sabor de una Coca-Cola, y si por fin la marihuana debe legalizarse junto a la pornografía.

No sé qué nos pasa que vamos como locos alelándonos en este marasmo de noticias, donde todo gira alrededor de un hombre, donde el hombre se deja de llamar hombre y se llama Nosotros, donde nos hemos diluido en el café foráneo, café otro, otredad que nos indefine y se lleva el olor a caños y gas de la calle.
Sé que con el café se ha roto un ciclo, que quizás fue mucho más que un ciclo, pero ya no importa, supongo que es natural.

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