Ella

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Se echó abajo de la cama, una enorme construcción toda blanca que le hubiese encantado seguramente a Proust, en aquella playa en la que seguramente alguna vez estuvo, o metido en la espesa cama esperando el té o paseando con un canotier en la cabeza por la arena mullida y blanca. Para ser tierra del norte el sol lucía con orgullo, las olas caían dulcemente sobre una arena limpia que invitaba al paseo. Entonces se dio cuenta. Al principio no lo creyó. Se paró frente a una muchacha hecha mujer que le dedicó una sonrisa desde un bañador que hubiese podido estar en cualquier película amable, de las que se hacían antes en Francia, cuando nos aseguraban que el amor no era una cuestión de pasión sino de razonamiento apasionado. Cuando su coche de rally Ford Mustang corría por la playa seca como una carretera, mientras el agua caía del cielo y una voz simpática, casi de broma, te cantaba un estribillo pegadizo, que era como si en la capilla Sixtina los ángeles hubiesen tenido permiso para entonar sus voces.

Se dio cuenta de que seguramente aquella angustia venía de que ya no recordaba la voz que salía de una boca fina, pero no lo suficiente como para no ser capaz de comer sentimientos. Era la cara más bonita y alocada que había visto jamás con sus rizos negros y locos que ella transformaba en el escenario de una pantomima en la que formaban parte sus ojos, Dios, tampoco, apenas los recordaba, aquella nariz fina como de niña de colegio de pago. Y, sobre todo, una inmensa sonrisa que no era natural. No era ella la que la formaba con su rostro. La sonrisa estaba en ella y si se le escapaba una risa era bajito, tan fina, tan dulce, tan discreta como su silueta que no parecía de este mundo.

La muchacha del bañador, una Pauline en la playa, toda hecha de tiras negras, seguía mirándole, pero ya sin insolencia. Casi con la envidia de la pena de los otros, porque probablemente había intuido que estaba buscando algo que no encontraba. Se le acercó y le dijo, mirándole fijamente desde sus ojos negros como el carbón recién sacado de la mima: “Avez-vous perdu quelque chose…?” (¿Ha perdido usted algo?). La miro y se la comió con la imaginación. Sí, su voz se le parecía.

-Busco a una jovencita. No sé cómo nos perdimos de vista y no llegamos a encontrarnos. Fue hace ya mucho tiempo. Sí, tendría su edad, pero no quisiera molestarla…

Ella le brindó una de esas sonrisas que solo las mujeres muy jóvenes tienen la desfachatez de ofrecer porque no piden nada. Él se creyó autorizado a seguir. Se habían sentado en la escalinata que conducía del hotel a la playa. Ella era puro carbón cocido por el sol. Solo las rayas de sus muslos eran blancas.

-Verá usted, fue hace ya unos años. Habíamos quedado en Le Touquet pero a última hora me citó aquí en Deauville. Estuvimos durmiendo en este hotel, en el primer piso. Era muy joven, perdone si le digo que quizá demasiado joven para un hombre como yo.

-En el amor no hay edad, aunque suene a tópico.

-Pasamos unos días maravillosos. Habíamos decidido volver al Touquet porque ella decía que echaba de menos su cama verde. Sí, tenía una cama de tallos verdes que había encontrado en no sé qué mercado de Bangkok. Por la mañana, le di un beso y le dije que iba a buscar el coche y que me esperara en la puerta.

-¿Y ya no se vieron más?

-Subí a la habitación, de la que había desaparecido su ropa. Pregunté al portero, a los botones. Nadie la había visto salir…

– ¿Tal vez había dejado de quererle y prefirió decírselo así?

– Volví al Touquet como un loco. La casa estaba abierta y entonces sonreí aliviado. Estaba esperándome, pero era tan imprevisible… Llamé porque me había olvidado las llaves en el coche. Me abrió la puerta un hombre que yo no conocía. Y entonces ella apareció detrás de él, con esa sonrisa tan suya, y con una mano me dijo adiós.

Pauline le sonrió –en realidad no sabía el nombre de aquella muchacha con la que llevaba horas conversando—No se preocupe. El amor se acaba y a veces es difícil decirlo. No se preocupe. Volverá. El amor siempre vuelve, aunque no tenga el mismo aspecto. ¿Me deja que le invite a un Vichy menthe (agua de vichy con una cucharada de menta)?

Mientras subían la escalera de piedra rumbo al bar del hotel, ella no paraba de hablar sin que la sonrisa se le fuese en ningún momento.

Y, de pronto, lo entendió todo. Era ella. Se había disfrazado. Pero era esa misma voz que, siempre, en las profundidades de la noche le llamaba amor en tres lenguas, por capricho, por juego.