La bella Lourdes, el risueño Pastor Vega

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La gente va y viene, unos se va, otros llegan. Es el diario de una pequeña ciudad que vive por y desde el turismo, donde cubanos nacidos en lo más profundo de la calle Obispo pretenden darle un tinte a cuatro palabras marciales y pegajosas de mediocridad lacaya en dirección de un yanqui-british o algo parecido que se pasea con una camisa doce tallas mayor como si fuera Lord Mounbaten llegando a Buckingham Palace para el té-ginebra de las cinco. Londres sigue igual. El mundo sigue igual. Solo han cambiado los pobres que disfrazados de criados untuosos que olvidan las dos licencias conseguidas en la Facultad de La Habana o en Singapur. Por cierto que me equivoco. La Habana ha cambiado mucho. Ha pasado del tercero al casi quinto mundo, ese done no sabes dónde estás ni por qué estás allí. Ese donde el valor de la gente se mide por los pesos que son dólares disfrazados. Pero ellos, jóvenes, con la cabeza llena del imperio hacia el dios Donald Trump, hace rato que comprendieron que ya se acabó y no volverá más la Revolución con la que Fidel Castro levantó multitudes por un mundo mejor, como Jesús cuando en Belén o en Nazaret intentaba evitar la desesperación de los más pobres a los que pateaban los fariseos. Le fue peor a Jesús. Crucifixión inmisericorde.

Hermanos, la Revolución ya se ha acabado. Ahora nos vestimos con chaqueta o camisa elegante y nadie lleva uniforme. El uniforme que en otros tiempos en que era verde olivo prometía que el mundo, el de los diez millones de cubanos, sería mejor, a condición de luchar por ello.

Ahora, aquel compañero que estuvo en Mozambique combatiendo por lo que le dijeron que era la libertad cuenta la aburrida actualidad habanera cerca de la Catedral de La Habana donde una vez recé de desesperación ante aquella virgen cuya medalla le colgaba del cuello a Fidel cuando la única palabra que más salía de su boca era Revolución.

En Europa también se han rendido las armas. Muchos de aquellos estudiantes revolucionarios que incluso vivieron Mayo del 68 arrancando piedras de la calle, han preparado una carrera. Están metido en el marketing o en la tienda de pizzas o comida china, que vuelve tontos a los que toda su vida comieron las tradicionales patatas fritas con mayonesa de la estación del Norte.

Cómo hemos cambiado, decía una película italiana.

Hay días, ya no nos conocemos. Se nos acabaron las ilusiones, como si el mundo entero te ignorara. Pasas delante de la gente y estás convencido de que no te ve. Quizá no vemos a la gente que no nos interesa. Hablas y no te oyen. Pero te permiten oír la radio o la televisión. Si alguien traer un paquete, te sonríe, te lo entrega sin verte.

Estoy convencido de que algunos tenemos la particularidad de ser invisibles. Tomas un café en una terraza. La gente habla pero tú no entiendes ni los oyes. Sabes que hablan porque mueven los labios.

Es como mirar esas fotos blanco y negro en que el cineasta cubano Pastor Vega está de gabardina en París, a mi lado. La foto la toma otro cineasta de aquellos tiempos, Pepe Horta, que dirigió el Festival del cine de La Habana. Nos reímos muchos en París cuando me tomaron en foto: “¡Ya estás fichado!”. Eran tiempos en que Cuba formaba parte de esos países comunistas adonde ir era toda una aventura. Supongo que porque a los norteamericanos no les hacía gracia que los europeos lo conociéramos.

Volvimos a sonreírnos, pero esta vez había sonido, un tiempo después en los jardines del Hotel Nacional. Había allí otros amigos. Todos éramos muy jóvenes. El que más viejo parecía era el mexicano Gabriel Retes, inseparable entonces de su esposa Lourdes Elizarraras.

Creo que no he conocido nunca a una mujer como Lourdes. Enamora, te hace feliz con solo verla sonreír, te hace creer en lo que ni siquiera has hablado con ella. En aquel grupito todos parecíamos felices pero ignoro por qué, y eso que allí había sonido. Sí recuerdo que Retes estaba gozando de uno de esos momentos privilegiados que a veces se tiene en el cine. Se hablaba mucho de él, tanto o casi como hoy de otros compatriotas suyos que han triunfado en Hollywood. Pero me parece recordar que era demasiado mexicano. “Bienvenido” había sido un gran éxito que él disfrutaba con esa sonrisa tan suya que siempre desmentían sus ojos como cansados.

A Lourdes nunca la vi triste. Era la alegría viva. Y Pastor Vega me huía porque yo andaba queriéndole encajar una novela mía, “Ojos verdes”. Una linda historia que nunca se rodará, porque ya el tiempo se acabó. A Pastor también se le terminó.

Creo que eran tiempos demasiado bonitos para tomárselos en serio. El festival de La Habana era el auténtico, el único Festival del nuevo cine latinoamericano. Los yaquis acudían con la curiosidad de descubrir un mundo extraño.

Era extraña La Habana, es cierto, para alguien como yo que tan poco la conocía. Los apagones cotidianos eran una diversión más que un motivo de denigrar al régimen. Pero la verdad es que como mucho alguien decía: “En cuanto se entere el Comandante, lo arregla”.

Ahora sé que si vuelvo echaré de menos todo eso. Pastor se fue muy lejos, sin billete de vuelta. Pepe Horta, que dirigía el festival desde uno de los primeros teléfonos celulares que yo veía, se afincó, creo, en Miami. Lourdes sigue rodando y sonriendo en su México lindo. De Retes ni pista. Quizá por eso ahora, a tantos miles de kilómetros, ni oigo ni veo en mi isla africana cuando alguien me dirige la palabra. No creo en la magia pero si en que algo se rompe una vez en la vida. Chango, el mejor informado de todos los periodistas de La Habana, que tanto me enseñó, sobre todo a no meter los pies en los charcos en una ciudad donde había tantos, se nos largó casi a la chita callando. Me enteré cuando ya estaba enterrado. Puede ayudarle pero nunca lo permitió. Tenía una mezcla de orgullo entre sus orígenes argentinos y su verdadera nacionalidad cubana que no permitía romper el menor protocolo.

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