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Por Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Estoy como paralizado en el sofá granate. El vientre impide que me mueva. Los pies no obedecen. Todo mi ser está sometido a una paralización que no deja libre más que las manos, para pasar páginas, o la boca para respirar. Una pastilla después, la que primero me impide que el cuerpo tenga vida propia, empiezo a poder mover los pies, pero sobre todo a pensar que puedo moverme, que no tengo que estar toda la mañana sentado contemplando el cuadro de Van Gogh. Poco a poco empiezo a moverme, aunque el cerebro está al ralentí, como si todos los movimientos exteriores no fuesen con él y no le correspondiese aceptarlos y menos aún seguirlos y comprenderlos.¿No sería mejor quedarte en el sofá granate mirándote la punta de los dedos de los pies, sin pensar más que en que no vale la pena pensar porque en seguida llega la angustia, que te sube desde las piernas a las cejas. No sabes qué pasa, ni por qué está pasando pero comprendes que no sirve de nada moverse, o siquiera pensar en hacerlo y para qué hacerlo. Te podrías quedar la mañana leyendo un libro, pero no tiene sentido porque no tienes ganas de hacerlo. Quieres levantar y consultar algo en tu despacho. Pero, ¿realmente vale la pena, para qué y qué vas a consultar que no merezca olvidarse? Ya estoy sentado frente a la pantalla y escribo. Los dedos tienen vida propia. Hacen lo que les da la gana a condición de que el cerebro no les mande otra cosa. Porque de pronto lleva el pánico, el miedo de no sabes qué pero que te sonríe como recordándote que puede jugarte una mala pasada. ¿Y escribir qué y para qué? ¿De veras crees que lo que escribes le interesa a alguien?

Entonces te tiras al pasado y recuerdas cuando en la Redacción el botones traía la prensa de la mañana y abrías aquella sábana que era France Soir y empezabas a tomar conciencia de que había otra vida. Que mientras dormías habían ocurrido cosas. Y leías y leías porque era tu obligación. Habría que preparar la próxima edición y saber qué dicen los periódicos. No era como hoy que abres una pantalla y te salpica la sangre del atentado que ha sido cometido hace apenas doce segundos en Kuala Lumpur. Era un ritmo diferente.

Quizá sea por eso que ahora a veces te cuesta llegar al ordenador porque no sabes lo que vas a encontrarte en cuanto lo enciendas. Sí, claro, las mentiras habituales de los políticos y de sus portavoces que adornan palabras imbéciles como si fuera el carnaval de Río. Siempre abro la pantalla por el periódico cubano Granma. Estoy más tranquilo porque casi nunca dice nada que te remueva. Debe de ser muy difícil componer la primera plana de ese periódico sin temor a que los lectores te tomen por tonto. Todo va bien, señora Marquesa, el castillo ha ardido pero no se preocupe Donald Trump pagará sus pecados y un día será un expresidente más. Hay algunos expresidentes norteamericanos todavía vivos y sonrientes y que tanto daño hicieron. Habrá uno más.

Luego leo la prensa europea con sus artistas tratando de convencerme de lo que le han mandado convencer. ¿Ha bajado la cotización del presidente? ¿Sarkozy no pagaba más que con billetes de 500 euros? El efecto de la pastilla del sofá se está estabilizando y te deja conjugar verdades y mentiras. Cuánta estupidez en esas páginas de tinta negra y fotos a veces con colorines. Nos toman por imbéciles. Pero, oye, tú también cuentas cuentos en tus artículos. Voy a tomarme un té negro fuerte. No me va a aclarar nada pero al menos tendré la sensación de haber hecho para aclarar los pensamientos. Ah, la lechuga del pájaro. Luego volveré a mirar Granma. ¿De verdad habrá cubanos que puedan leer esto? Ya en Europa, donde dicen que tenemos una prensa que no pertenece a ningún Partido Comunista (Stalin parecía un tipo divertido, y sus ministros parecían siempre al borde del pánico del gulag más terrible), la prensa también es solemnemente aburrida por mentirosa. Pero no hay otra cosa.

Somos lo que somos. Imbéciles frustrados.

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