Jesús y los periodistas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es espantoso pero nos acostumbramos a todo incluso al horror, a lo que creíamos que nunca ocurriría, que podríamos evitar o que era demasiado espantoso para que ocurriese. Pero la información es como el fuego, se apaga con el agua. Olvidamos con una velocidad que mete miedo. Lo que es ahora la noticia más importante deja de serlo dentro de diez segundos. Pero no son los acontecimientos los que provocan estos cambios. Somos los periodistas, los lectores y los analfabetos que tienen la suerte patética de olvido de aceptar cualquier majadería. Lula ya lleva días en la puerta de la cárcel, a decir de lo que decimos quienes escribimos, basándonos en eso que llaman “fuentes” y que no son más que ardiles para contar cualquier cosa que a veces, es cierto, tiene una rendija de verdad. Donald Trump sigue haciendo lo que le sale de sus partes, después de que no sé cuántos psiquiatras dijeran que había que encerrarlo. Su compinche tropical Jaír Bolsonaro ya ni se preocupa de lo que dirán en Brasil o en el extranjero. Sabe que Lula está en la cárcel por su culpa, porque allí ordenó que lo metieran cuando decidió reducir por no decir arrancar de cuajo el marxismo. Y la sonrisa no se le cae de la cara. Con la complicidad de quienes lo contamos. Los periodistas tenemos esas fuentes que son peores o mejores según los momentos y no hay otra cosa para llegar a conclusiones, incluyendo las medidas verdades y mentiras que quieran contarte los oficiales o los que se lo creen. En periodismo hay que tener fe. El más auténtico de los documentos puede ser falso y eso desde la eternidad. Las falsas noticias que ahora están de moda las inventaron probablemente los griegos que eran los más cultos. En Francia existe una transacción que creo es única en el mundo, no solamente por su crueldad. Una o varias personas mayores, entre 70 y 90 años, poseen una casa, un piso, que quieren vender pero a condición de seguir viviendo en él hasta que mueran. Entonces se produce la figura del “viager”. Mediante intervención de un notario, se fija una mensualidad que el comprador tendrá que pagar a los inquilinos mientras vivan. Pero antes les entregan en mano una cantidad acordada con lo que ellos harán lo que les parezca. Comprarse coronas o preparar un buen panteón según los gustos. Una vez muertos el o los inquilinos, la propiedad queda vacante y va a parar al “apostante”, el que jugó en realidad sobre la vida de los inquilinos.

Si tardan poco en morirse es un negocio. Si se prolonga la vida, ya lo es menos. Sin saberlo, con todas las cábalas que se hacen, los periodistas juegan todos los días al viager sin que pase nada.Finalmente, todas esas famosas fuentes que informan y deforman a los periodistas son el juego cotidiano de los interesados porque la actualidad inventada por ellos sea lo que quieren. Imaginen que solo se publicaran informaciones perfectamente verificadas y verán que es imposible. Puede hablarse de una catástrofe natural como un tsunami una vez que ha pasado, pero no antes. En la actualidad más mediática que es la política, el truco está en engañar a los periodistas, metiéndoles en la cabeza teorías que a unos u otros interesa.

El periodismo nunca ha sido una profesión de ricos. Desde que se inventó la imprenta todo tipo de publicaciones han sido utilizadas para elogiar, denigrar o sencillamente inducir en error al que los leyera. En el siglo XIX, París era uno de los mayores centros de prensa del mundo. Se editaban muchos periódicos, en general de formato pequeño, para todos los gustos. Y además escritos en general por gente que luego serían grandes autores, pero que entonces se ganaban la vida unos con folletones literarios pero la mayoría escribiendo al dictado.

Las grandes empresas de la época habían entendido que la publicidad era esencial. Compañías financieras que tenían sus negocios en la bolsa los utilizaban para publicitar sus productos, acciones en particular, contando para ello con brillantes plumas. El gobierno, el que fuera, era el principal interesado en tener a su disposición las columnas de buenos periódicos que les permitieran transmitir sus mensajes. Todos estos tejemanejes los cuenta muy bien Emile Zola.

Empresarios, banqueros, políticos, para todos la prensa, por pobre que fuera era una caja de resonancia indispensable. Todo el mundo leía los periódicos porque entonces no había otros medios que comunicasen no solamente noticias, falsas o verdaderas, sino que se ignoraba la radio y no digamos la televisión. Leer el periódico en el café era casi una religión y una forma de creerse bien informado. Los “informantes” eran los más beneficiados porque vendían sus acciones, proyectos y cualquier cosa gracias a la publicidad que el lector tomaba como información de primera mano. Entre todos esos artículos destinados a ensalzar productos, proyectos, estaban realzadas con secciones de chismes y hasta folletines literarios. Una prensa completa.

Es cierto que todos los que colaboraban en esas publicaciones eran futuros escritores que esperaban un día ser editados por millares. Había también los “gacetilleros” profesionales que escribían según los intereses de los dueños de los periódicos. La prensa en el año 2019 sigue siendo una apuesta muy difícil de rentabilizar. Los gobiernos, del signo que sea, salvo quizá en Estados Unidos, tienen que dar subvenciones para que los diarios puedan estar todos los días en los quioscos ya que el papel, la tinta y sin contar los colaboradores cuestan fortunas. Hubo una época gloriosa en que se ganaba mucho dinero. Pero eso ya pasó con la irrupción de la televisión y la radio, que absuelven gran parte de la publicidad.

En esto ha irrumpido la prensa digital, más barata, pero que también necesita de gente para escribir y buscar qué escribir. Sigue siendo un producto que necesita financiación pero en menor cuantía y que se presta mejor a más chanchullos de quienes escribir es solo una forma de hacer negocios que poco tienen que ver con la información pura. Y no olvidemos que los periodistas millonarios son pocos. La mayoría de ellos cobran en cualquier país sueldos de miseria y a cambio se les pide honradez y talento.Pero todas las grandes empresas, sin contar los gobiernos, tienen un pie en los periódicos, sea con subvenciones o con publicidad, cada día más escasa. Y los periodistas en su mayoría siguen siendo pobres.

Pero para alimentar toda esa prensa digital nueva que ha saltado al ruedo en el mundo entero se cuenta además con una moneda que todos aceptamos como billetes de banco, la vanidad. Verse publicado es todavía el sueño de mucha gente “importante” que, además, pretende tener algo que decir al mundo y, sobre todo, siente la necesidad de que se sepa que es “periodista”, tarjeta de visita que por lo demás puede abrir otras puertas. Si los lectores supieran los exquisitos escritores que firman en muchos periódicos sin cobrar más que un poco o un mucho de vanidad…

En estas condiciones, parte de la prensa es una gran mentira. Se dan informaciones que no son exactas, que han sido filtradas por gente interesada, desde los bancos más prestigiosos a empresas de poco porte. El periodista es en general, en su gran mayoría, pobre, no nos cansemos de decirlo, pero muchos de ellos quieren llevar una vida un poco más agradable. Y hay que escribir, aunque sea de oídas, aunque la exactitud de lo que se dice no sea de lo más modélico.

Imagino a Lula metido en su cárcel escuchando o leyendo que está a punto de salir, que van a revisar su proceso, que el hoy ministro que lo metió en la cárcel está en entredicho. La gente afirma que cree solo una parte de lo que lee o escucha en diarios o radios y televisiones. Es rigurosamente falso. La gente se lo cree todo, engulle casi todas las mentiras, démosle un margen de confianza, bien dichas o dichas por alguien a quien nadie puede negar fiabilidad. ¿Cómo no fiarse de lo que escribe un señor que fue uno de los elementos más destacados de la Teoría de la Liberación, aquella doctrina de la iglesia, según la cual, y copio Wikipedia, “la salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre”.

¿Cómo no creer las palabras de otro eminente intelectual que estuvo al mando de la organización cultural más reputada del mundo?

Y no olviden nunca que cada periodista tiene sus propias opiniones, ideas religiosas, políticas. ¿Cree alguien que pueden dejarse en el cajón del escritorio mientras escribe su artículo? Todos somos políticos, todos tenemos ideas, todos pensamos, por muy mal que sea. Y dejar los pensamientos en un rincón mientras se teclea es casi glorioso.Pese a todo esto, creo que en el periodismo que yo conozco, en los periodistas de los que sé algo, son horados, con un sentido del honor a veces exagerado que tienen que luchar mucho por ganarse la vida. Por encima de todo, la honradez. Todos los que he conocido y conozco son gente honrada, con un sentido del honor a veces exagerado que, salvo en los casos de las estrellitas televisivas, que no tienen ni siquiera que ser periodistas, luchan mucho para ganarse la vida. Pero los que manejan entretelones a los periodistas de una forma u otra, con publicidad y mil argucias, son los gobiernos y las grandes empresas, que tienen todo los medios del mundo y ningún escrúpulo. Y a ellos no hay manera de combatirlos. El dinero arrasa con todo. El dinero lo puede todo. Y no solo en el mundo capitalista. Se juega con ese poder en cualquier lugar del mundo donde hay un medio de comunicación.

Jesús era un profeta, un político que, afortunadamente, defendía, ideas sensatas que luego convencieron a una gran parte de la humanidad.Judas, su discípulo amado, era, fue, tan sincero como él. Hasta que se dio cuenta de que vivir con unas cuantas monedas de más en el bolsillo era más agradable que mendigar como hacía su Señor. Imaginemos que los cronistas de Jesús, todos los que describieron su vida, todos los que nos comunicaron informaciones sobre él desde el Belén hasta la Cruz, hubieran sido periodistas pagados y bien pagados por el Imperio Romano o por los fariseos.

La historia de la humanidad habría cambiado y quién sabe si el cristianismo no hubiese ocupado hoy un lugar secundario entre las religiones que surgen como champiñones. El cristianismo debe su auge a los “periodistas” que lo comentaron e historiaron. Si ellos no hubiesen estado hoy habría mucho que decir. Y Jesús podría haberse convertido en un Lula cualquiera.

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