Comerte los labios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No era la primera vez que ella le plantaba los labios jugosos en los suyos a través del teléfono. Lo dejó casi enajenado.  Hacía tiempo que no podían verse y solo se comunicaban por teléfono. La vio reír a través del hilo telefónico con sus hermanos dientes que partían la hermosura de unos labios grandes, generosos. Volvieron a besarse hasta que ella le dijo que no podía más, que no era de palo de santal. El teléfono era lo único que les unía desde que el Amazonas lo inundó todo. Se habían conocido unas semanas antes de que llegaran las aguas en una visita a la Opera de Manaus. Ella era la guía y él el periodistas extranjero que preparaba un reportaje. La vio toda de amarillo al lado de una columna negra y quedó, cómo no, prendado. Ni ella, niña de la buena sociedad que en sus tiempos tuvo el caucho que hizo rica a la región, ni él, que acababa de saltar de un vuelo de Varig, se habían visto jamás. Como él que el día anterior había admirado la cúpula de oro. Ella le dijo que era su guía y que se lo habían recomendado mucho porque era un periodista europeo de los que se buscan para la publicidad.

 

 

 

-¿Crees que pasará algo?, le fijo él de pronto cuando ya entraban en la primera escalera de hierro.

–¿Algo?

-Entre tú y yo.

-Estamos en el país de lo maravilloso… Aquí todo es posible. Fíjate que hasta la selva ha abierto sus muslos para que los aviones puedan entrar…

Le dejó pasmado.

Se vieron, se amaron muchachas, muchas veces en Manaus, en Río, en Sao Paulo y en un pueblo del sur por donde se llegaba a Argentina. Nunca dijeron nada de amor.

Y una mañana en que Brasilia era invadida por los campesinos sin tierras en busca de tierras que nadie les daba se vieron por última vez. Ella había abandonado su trabajo de guía en Manaus

 -Me voy con ellos. Quiero ser feliz… Ella es gente entera.

-¿Quieres decir que estás enamorada? Yo creía…

– Tú eres irreal. Ellos existen, son la tierra roja de Brasil.

Fu el último beso sin teléfono.

El siguió escribiendo de todas las estupideces que producían la Cámara de Diputados y el Senado juntos y acaba olvidándose de las aguas de Manaus. Meses y meses después, él volvió a Río. Quería hacer un reportaje a fondo de la Chica de Ipanema, esa mujer irreal de la que se había enamorado Vinicius de Moraes en un bar de Río de Janeiro. Allí pasó días y días, yendo y viniendo, esperando que apareciera. Cuando ya los camareros cerraron las puertas, la vio. No era la chica de Ipanema, sino la de Manaus, la de los mordiscos salvajes a tres mil kilómetros de cable telefónico.

-Me equivoqué. Toda esa gente del campesinado sin tierra tiene una vida, unas familias, unas cosas. Yo no cuadro. Estaba más bella que nunca, cubierta con el polvo rojo de las montañas que nunca se quita cuando se ha decidido guardarlo. Al día siguiente, él tenía que regresar dos semanas a París. Se fueron juntos. Pero ya no tenían el teléfono para sus besos. Las azafatas del vuelo Varig Rio-París se lo pasaron en grande. No paraban de decir que las habían enamorado. Con la sonrisa que no se les apartaba de los ojos.Cuando el avión iba a tomar tierra en Roissy, una azafata había querido despedir a la parejita con esta música de tanta ilusión que cantaba un cantante español: “Hoy le he pagado una patada a la tristeza”. Como para no ser feliz.

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