La taza vacía

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Llevó veintidós años y tres meses tratando de llenar una taza algo cascada que me encontré en mi isla africana una noche en que Cyd Charisse se bañaba y yo la miraba embobado. Tomamos unos vinos, ella tuvo el capricho de hacerlo en una taza y lo pasamos pasablemente bien. Cuando cayó la noche –hacía un rato que el último camarero se había recostado en la arena sin hacerle una arruga a su smoking negro—charlamos en un español de Tijuca muy gracioso. Me contó su vida, de la que ya no me acuerdo porque mis labios no tenían ojos más que para sus larguísimas, eternas piernas que se escapaban cada rato de una monacal túnica que su modista de Nueva York le había traído aquella misma tarde haciendo escala en la isla de la Concepción de las Carmelitas, donde había estallado la revolución del mes de mayo y por poco lo estropean. Guardé la taza en que la Cyd había estado bebiendo todo el día y me prometí volverla a llenar con las mismas ilusiones que la habían hecho desbordar aquel largo atardecer, aunque en realidad en mi isla africana no se ponía ni el sol ni la luna. Quise rellenarla más de una vez pero era imposible. A cada intento, el líquido se negaba a entrar en ella. Habíamos entrado tantas veces juntos. Habíamos salido tantas veces antes de ir a lavarnos al mar que se acercaba cuando lo llamabas. Era un mar con un solo tiburón dorado como una tarde me encontré en el Pantanal de la selva amazónica. Era un tipo muy divertido. He consultado a varias oftalmólogos de prestigio pero ninguno ha sabido decirme por qué la taza era impenetrable. Ningún líquido no sólido se quedaba en ella. Solo cuando la cogía con las dos manos ya en mi desdichada desesperación, ella se abría unos segundos y me besaba. Luego volvía a permanecer inerte, callada, solitaria. Pero sabía que me pertenecía, que nadie podía tocarla. El día en que los diarios anunciaron, entre otras cosas, que Cyd Charisse había fallecido en un reputado hospital de California, la taza me habló: “Cuando necesites algo dímelo y yo te lo daré. Cuando quieras verla a ella me avisas y yo te llevaré”.

Cuando se encontraron en aquella playa de la isla africana, él llevaba tiempo haciendo gestiones con organismos oficiales para que aceptaran internarlo como loco, aunque la palabra no existe en la medicina moderna; preferían brotes psicóticos. Le dieron todos los achaques de mundo. La sociedad, en plena explosión de la locura, cuando Donald Trump volvía chalados a los psiquiatras formados en las mejores facultades, se decidió en Europa que no había locura de encerrar. Que la locura era un plus delicioso. La prueba de que sabías lo que no te hacías.

Lo que él deseaba es que lo encerraran y que como el Conde de Montecristo lo metieran en un lugar parecido al castillo de If, en la bahía de Marsella, y lo olvidaran. Por supuesto, nada de que luego saliera un viejo chalado preso de siempre dándole los planos de los tesoros jamás vistos ni tocados en el mundo.

El quería simplemente que lo metieran en una habitación y evitando los electrochoques de un nido de cuco no le dejaran salir más que en una caja y certificadamente muerto. Nada de escapatoria.Estaba convencido de su locura porque pensaba que la locura es una convicción filosófica que cada cual tiene derecha a abrazar, a declarar y a adherir. Como ser católico o budista, pero sin uniforme. No quería ver más que a una serie de personas, enfermeras, médicos, que tenían que cuidarlo y con los que el contacto sería profesional y mínimo, porque a nadie le gusta irse a tomar un café con un loco, ni siquiera a otro loco. Ahí reside la fuerza de la locura.Consultó eminentes psiquiatras que entendían que la locura libre y callejera era una remesa de fondos para distintos organismos estatales. Se habían suprimido los manicomios porque eran muy caros. Solo en algunos pueblos perdidos y en algunas capitales extrañas sin entrada ni salida se rubricaba el término de locura y se aceptaba encerrar al supuesto loco.

Se trataba de razones financieras y como él no tenía dinero supo rápidamente que no lo encerrarían, aunque cometiese una locura pública de matar a alguien o hacer otra extravagancia. Entonces iría a la cárcel y en las cárceles solo hay gente demasiada lista, demasiada trabajada de la mente que no piensa más que en salir de allí. La sociedad interanómina que dirigía el mundo desde Washington no permitía la pasividad de la locura. Se daban algunos casos, pero era en clínicas muy exquisitas y caras a las que él tampoco no podía optar.

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