Letras de cristal

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuantas veces he imaginado levantarme aterrorizado porque tenía las teclas de la máquina de escribir, una vieja Royale, clavadas en la cabeza; porque creía que aquella máquina, no había máquina solo ordenador, había servido para dictar sentencias terribles de la guerra aquella entre españoles que duró tres años entre 1936 y 1939. Cuando empecé a teclear con ella la llamé las letras de cristal, porque la primera máquina heredada de mi padre, el teniente Coronel-coronel de Estado Mayor, con plaza en Ceuta, tenía teclas de cristal engarzadas en metal, como si fueran botones de cristal de una camisa de gala. Supongo que estuve mucho tiempo escribiendo con aquella máquina heredada de la guerra, la única herencia aparte una rebuscada partida de nacimiento, de bautismo y no sé qué más que decía que era hijo de la señora doña fulana de tal. Como era matrona tenía derecho a que la citasen respetuosamente. Luego venía el nombre de mi padre, el coronel héroe de las montañas del Rif y de todas las guerras, un héroe, un tio muy joven, muy guerrero, al que ya le habían matado un hijo en el tremendismo de esa monstruosidad entre españoles, gente de la misma sangre. Yo no era más que el bastardo, que con b mayúscula puede quedar hasta bonito. La gente muy bien situada en las jerarquías podían tener hijos, ya se les daría el nombre de la madre y padre usted de contar. Porque el coronel estaba casado en otro universo de locos. Y yo asistía a una escuela de monjas para que no se dijera, para que la buena sociedad de Ceuta se creyera que todo iba por lo mejor de la santidad del mundo. Que los coroneles podían follar y hacer hijos protegidos por el uniforme. Hay noches, madrugadas como éstas en las que no puedo dormir porque las teclas, muy bien limpias, engarzadas en un redondel de acero y de cristal me atraen en el recuerdo. Antes de tenerla en propiedad vi que no todo era malo lo que salía de aquella máquina que terminaba con sellos y firmas del Estado Mayor, como en esos Vengadores de las películas. Un día ví, escrito por mi padre, se veía que tenía prisa, que el secretario había ido a mear o a echar un pitillo, media cuartilla morena en la que se certificaba que la señorita Tal de Tal, me conocía los apellidos, era de mi familia, era adicta al Régimen y trabajaba en aquel Estado Mayor como secretaria. Persona de confianza. Una mujer esbelta, de belleza blanca como en alguna película de Ava Gardner que probablemente sin aquel cacho de papel ya habría sido fusilada o por lo menos pelada oprobiosamente porque alguien quería hacerle daño, o sencillamente metérsela en la cama. Los guerreros, malditos bastardos, eran así. Y tuvo que atravesar el estrecho de Gibraltar en el primer barco disponible para refugiarse en Ceuta, donde el guaperas de mi padre, el Coronel que todas amaban hasta las bragas, era el mandamás.

Muchos años después, ya en Tánger, sin guerra ni militares altivos para los que fusilar era una sencilla regla de uno o de dos, o probablemente que no había reglas. Mi Redactor Jefe era un republicano que había huido de la Península y dirigía la redacción del semanario “Cosmópolis”, enseñando de paso periodismo. No sé si durante algún tiempo ignoró que aquel muchacho de 16 años que le escribía sueltos de cine, algún que otro suceso y cosas parecidas era hijo del hombre que si le hubiese pillado no hubiese dudado en darle garrote vi. Y con todo y con aquello fue mi padre periodista el que me enseñó, no solo a escribir pero también un poco a vivir.

La guerra era la imbecilidad de los hombres borrachos de aburrimiento. Para mí escribir era una cosa bonita que había aprendido de Hemingway, que tal vez no tuviese una máquina de letras de cristal tan bonita como la mía. Estoy seguro. O tal vez él también aprendió que matar en la guerra no era más que una formalidad que luego servía a los periódicos yanquis para contar las barbaries que se cometían en Europa y en el norte de África, que entonces quedaba tan lejos para ellos.

Pero reconozco que me gustaba el tecleo de la máquina aunque supiese que antes de que yo la utilizase para contar el accidente de un auto otros con casacas verde olivo las habían empleado para escribir sentencias, quién sabe si fusilamientos, en todo caso privación de ser persona.

Un buen día desapareció mi máquina de escribir y no la eché de menos. Imaginaba que cada vez que escribía mis dedeos, mis señales de identidad, quedaban grabadas para siempre, y que cuando pasara el tiempo las identificaciones aparecerían para denunciar los asesinatos, los partes que llevaban a la gente a la cárcel. Llegue a imaginar que escribir en aquella máquina era pertenecer un poco a esa gentuza que ponía nombre para que luego desaparecieran. Y eso que los teclados, que las letras de cristal eran bonitas, suaves, era como decir misa en una catedral.

No era una máquina cualquiera.

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