El auto amarillo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Un amigo, el escritor español Fernando Sánchez Dragó, me contó una vez que durante una operación a corazón abierto de las antiguas había visto un pasillo muy iluminado, lo que algunos piensan que es el camino del paraíso o tal vez del infierno. Luego despertó y no se enteró de nada más, lo que sin duda le frustró. Cuando a mí me toque entrar en el pasillo me gustaría encontrarme con mi Triumph Dolomite Sprint, un auto de rally amarillo que tuve en una época en París en que yo tenía algunas veleidades con la muerte. Adoraba ese coche con sus ruedas de competición. Una tarde fuimos hasta Saint-Cloud, barrio chic de París, para que el gran especialista le dijera a mi mujer si por fin iba a sanar de su cáncer. No tardó más de unos minutos en decirme que las cosas son como son. Salimos y nos dirigimos al Triumph, que era un coche muy sensible. Pero en vez de oír el poderoso rugido que me hacía creerme Steve McQueen, quedó mudo. Él también se había enterado del veredicto del gran hombre de la medicina.

De pequeño, cuando Jesucristo jugaba por las calles de Nararet, veíamos bellos dibujos animados hechos por un tupo extraordinario, Disney, que incluso dicen que nació en España. Alí Baba y los 40 ladrones nos llenaban el alma de gratitud, pero no cuando teníamos cinco o seis años sino ya de mayores, cuando te das cuenta de que la belleza es cosa de gente con cierto saber.

Ahora aparece en el cine Aladino, un cuento de las mil y una noches, en el que reaparece el genio de la lámpara, una manera de contarte lo difícil que es la vida absurda del siglo XXI.

Pero gracias al cine, un chiquito beduino encuentra una lámpara y de ella sale un genio maravilloso, que podría ser un personaje generoso de Dickens. Y el genio, el extraordinario actor Will Smith, se convierte en ese gobernante untuoso de generosidad que nos gustaría tener a los humanos para que la vida fuese menos penosa.

Y cuando creías que ibas a ver un tostón de película que necesita un McDo en el estómago para digerirla, te encuentras con una fábula que ni Esopo. Lo maravilloso, junto a la generosidad de personajes que no piensan más que en la felicidad de los demás.

No sé por qué salí del cine creyendo que mi Triumph amarillo estaba aparcado en la acera. Pero ni mi hijo, que tiene buena vista, ni yo, lo vimos. El amarillo es un color mágico para mí desde que hace un montón de años visité a Vincent Van Gogh primero en su museo de Amsterdam y luego en el pueblecito de Auvers sur Oise donde está enterrado. Marcó mi vida desde los primeros años de esa adolescencia de entonces, cuando creíamos, al menos yo, que todo el mundo nos quería. Aunque quizá adoré tanto el amarillo porque me aleja del verde oliva, color de un señor que fue mi padre y que murió ni sé dónde con las estrellas de Coronel, cuando ese título valía algo. Ahora ya no hay casi soldados. No basta con pelear contra las tribus del Rif marroquí a cuchillo abierto o de ganar una guerra para que te den ese uniforme. Ahora basta con ir a una escuela, no ser tonto del todo. No sé qué pasaría si hubiese otra guerra.

Me hubiese gustado que el genio de la lámpara se me apareciese para que me devolviese mi Dolomite Sprint que debe de andar en algún garaje, parado, sin querer arrancar, porque él no conocía más que un amo. Cuando se separó de mí dejando su motor apagado aquella tarde de la clínica era porque sabía que mi vida ya no era para embriagarse con el aroma de la madera y del cuero que revestían su interior. Sabía el maldito que mi vida iba a tomar otros derroteros en el que él no tendría cabida.

Pero pese a todo me gustaría que el genio me lo prestase por una temporada sería para pasearme con él por La Habana, donde se hubiese encontrado con tanta maravilla sobre cuatro ruedas.

Lo habría aparcado en el Copelia, me hubiese invitado a tomar un helado, el último fue hace ya años, fíjense que Fidel Castro estaba vivo, y luego me hubiese llenado el alma con ese calor húmedo que es para mí la esencia de una ciudad donde tuve mis buenos momentos, aunque a veces fuese a bordo de un viejo Lada de aquello que imagino ya no existen ni en La Habana.

Por supuesto que lo habría aparcado en el recinto del Hotel Nacional y, ahora que acabo de enterarme, hubiese pedido a la señorita de las uñas siempre rojas que me enseñase la habitación 225. Se hubiese ruborizado cuando le hubiese dicho que según me han contado allí pasaron su luna de miel Ava Gardner y Frank Sinatra, que tan poquita cosa era entonces. Y, piso más o menos, habría buscado al ascensorista con el que en 1993 me bebí más de un Cuba libre en honor a la película “Fresa y chocolate”, y le hubiese invitado a una última copa, porque siempre hay una última, es lo que tiene la vida cuando se ha vivido. Pero antes le pediría la llave de la 211 donde dicen que residió Lucky Luciano.

Y que más da si es mentira, como cuando en el Hotel Capri me aseguró el mozo de la recepción, que hoy será tan vejestorio como yo, que me habían reservado la habitación de Sinatra. No se vive de realidades, se muere de realidades. Para vivir, lo mejor es la fantasía, los sueños. De pegarle de vez en cuando un patadón a la puñetera tristeza de vivir.