El barroco de los campos desiguales

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Las manifestaciones de las artes, esas que vivifican la vida cotidiana, han estado presentes en los campos de Cuba, quizás como una cuna primigenia y no solo a la manera de aquello que cede la ciudad como una dádiva. Lo supo mejor Samuel Feijoó, quien construyó un tracto poético y narrativo desde la mal llamada periferia de los pueblitos perdidos en las sabanas y montañas de la Isla. Solo hablaré de la imagen de este sabio, reconocido por todos los que aman la literatura, caminando por las calles de Remedios en los años sesenta, con un saco de mangos a cuestas, mientras vociferaba que era para su niña y que nadie se lo podía tocar ni con el pétalo de una rosa. En ese Samuel iba Cuba, su esencia, la misma que nos trajo los ritmos, las poéticas, los temas históricos y fantásticos. El cronotopo del campo es el del país y ni siquiera nos debiera pasar por la cabeza que ponderemos uno divergente. Baste señalar que durante su mejor etapa, los talleres literarios se realizaban mayormente en la zona rural y ello trajo consigo generaciones de autores con temáticas desarrolladas en tal ambiente, como los cuentos de Senel Paz. Así que hablar de proyectos como las brigadas artísticas integrales de montaña, como dádivas del Ministerio de Cultura, no da a lugar, ya que el arte existe en este país gracias al verdor, la brisa, el canto y la imaginación del campesino, que es nuestro numen esencial. El propio Martí comienza a madurar tempranamente en su estilo y espíritu durante su viaje al campo junto al padre, donde conoce la nación que existe de veras, esa del negro esclavo que, sin otra esperanza que la belleza misma que se muestra en los verdores, le condujo a través de juegos y humanismos que quedaron para siempre. Heredia no se supo totalmente cubano hasta que, en medio de las ondas del Niágara, vio las palmas reales como en una epifanía que aclaraba y dolía.

Hasta los poetas más escapistas, florecieron entre el mar y la montaña, como Regino Botti, en una república con minúsculas que había recortado por el momento los grandes sueños de tantos años de lucha, realizada también en el campo. Y fue allí, plasmado además en el Diario de Campaña por José Martí días antes del renacimiento en Dos Ríos, el 19 de mayo, donde el dios puro cubano se declaró fanático a los olores y sabores de la manigua, a los que prefería por encima de los salones que él conoció mejor que nadie. Ir hacia la montaña no es otra cosa que volver a lo que somos, abandonar el cosmopolitismo banal que nos dicta modas de cristales de plástico, para enseñarnos que las mismas frutas que describe Silvestre de Balboa, aparecen 400 años después en la cena de Doña Augusta, de Lezama Lima, como una recordación de que lo cubano y lo barroco se dan la mano cuando hablamos de culturas duras, perdurables, asumidas mediante el mecanismo que forja a un país. Temo a veces que la velocidad de estos tiempos, donde se recorta aquí y allá a veces sin justificación, deje de la mano la brisa suave y primigenia que baja de las montañas para darnos la vida misma.

Hacia los montes fueron nuestros últimos cemíes como tutelares de aquellos que Colón llamó indios, en un acto de prepotencia propio del citadino de hoy, que mira con desdén el guano del sombrero y la hornilla de barro con el colador de café hecho de tela tejida. Aquellos dioses perduraron para aparecer tantos años luego, en la poesía y la prosa de Lezama, como si de un eterno retorno hablásemos, en medio de las eras metafóricas casi siempre más reales que estas otras que hemos comprado y asumido. En las orillas de los caminos cubanos hay un tono barroco, que amenaza con cerrarle el paso a Occidente, para revelarnos el país que pudo ser, a cambio de que dejemos a un lado esa prepotencia. Se trata del reparto desigual de los árboles descritos por el conquistador como si fueran templos de sombra y misterio, de manera que se camina sin recibir el castigo del trópico en su calor. No en balde fueron esas maderas a dar al Escorial, para gloria de un Occidente que toma prestado o roba.

El engaño de Colón, el de las razas que ya denunció Fernando Ortiz, está en todas partes, nos movemos entre espejos y espejismos, ambos diseñados para la pérdida y el olvido, porque replican lo que debiera verse vivo y en directo. En tal sentido, aquel cuento de Borges donde el sexo y los espejos eran pecados por reproducir al hombre es una metáfora de lo banal que nos trae ese glamour occidental, ya al final de la era del coloniaje, cuando nosotros mismos vemos en nuestras venas la sangre del asesino de indios. Pero conviene que ponderemos la mezcla, lo sensible, aquello que intuimos en la palma real. Lo barroco no es solo Couperin o Pachelbel, también el langostino remolón que se mueve entre flamígeras bifurcaciones en un pozuelo de caldo hecho con malangas, boniatos y yucas, carne de cerdo, maíz y olores indescifrables, concebidos en la cocina de Doña Augusta, esa que con su nombre amalgamaba a todos los de la familia de José Cemí en un solo momento de la historia, en la epifanía única. Ese barroco es el campo, aunque la novela “Paradiso” empiece y termine en una ciudad, que constantemente hace alusiones a otras, en un juego de espejos casi irónico, burlesco.

Ya en un momento tan olvidado y revelador de nuestra nación, como aquella pelea contra los demonios en el Remedios del siglo XVII, los que decidieron quedarse en lo que llamaban “El Cayo”, su villa o patria, alternaron en los montes a la manera de hogar, aunque no llevasen consigo los sacros privilegios de la iglesia católica, que el cura González de la Cruz mudó hacia la villa de Santa Clara. Es el gesto del poeta, que sin conocer Cuba, y adivinando su nombre, casi la vio a través del mar tenebroso, mientras el sol salía de su ostra, para alumbrarnos este camino, que no podía ser otro que el del barroco de los campos desiguales.

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