Almuerzo con Chirac

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En aquel pequeño y delicioso restaurante de la rue de la Banque, en París, el agua del grifo la llamábamos agua de Chirac y, por supuesto, era la más “barata” de todas las aguas embotelladas. Era gratis y Chirac, entonces alcalde de París preparándose para dar el salto a la Presidencia, era el tío más popular entre aquellos contertulios. Allí coincidíamos a menudo algunos periodistas de la Agencia France Presse (AFP), cuando podíamos permitírnoslo pues los sueldos no eran muy espectaculares ya que no éramos estrellitas de la radio o la tele, aunque fuésemos nosotros quienes les permitíamos saber que ocurría en el mundo. Releo documentos de los sindicatos de periodistas de los años setenta y compruebo que nuestros sueldos no eran para tirar cohetes aunque sí decentes. Todos los periodistas de París cobrábamos igual según la categoría de cada cual.Ganábamos bien pero no para grandes lujos. El lujo mayor que teníamos, y del que creo todos estábamos muy orgullosos, era el de ejercer el oficio más bello del mundo en uno de los más reputados centros de información del mundo. Nuestro servicio, el Desk Amsd, especializado en informar en español a la prensa de toda América Latina, tenía solo unos años pero ya nos creíamos realmente los amos mundo. Y aunque la mayoría éramos jóvenes, habíamos sabido imponer nuestras informaciones por la calidad y el rigor con el que nunca se jugaba en la AFP. Supimos clavar bien hondo esa sigla que todavía tengo en un pin que anda perdido entre los cachivaches de mi despacho. Entonces nuestro jefe era Jean Huteau, más serio que un monje tibetano criado en Buenos Aires, que pasaba el día apestándonos con su pipa y que, por si fuera poco, solo soltaba cuando la indignación le impedía vociferar y chupar al mismo tiempo.

Entonces ignorábamos que era un personaje, probablemente uno de los primeros periodistas occidentales, sino el primero, que había acompañado a Fidel Castro en sus primeras correrías para instaurar la Revolución cubana. Un tipo irritable pero con un sentido del humor que muchos decían haber adquirido en Buenos Aires, donde pasó años importantes de su vida y de donde le venía una particular amistad por los periodistas argentinos que luego, mucho más tarde, se incorporaron a la agencia, cuando el terrorismo de los militares, Videla y sus muchachos, empezó a hacer de las suyas.

Mi amigo Guy, era Redactor Jefe y comunista. Lo subrayo porque France Presse era una agencia tan imparcial, tan rigurosa, que nunca un mando fue elegido por sus tendencias políticas o amistades, algo que puede decirse de muy poquitos grandes medios de comunicación del mundo. Podría haber sido gay y hubiese importado tres pitos. Guy era uno de esos grandes periodistas salidos del rigor de la AFP. Era un extraordinario conversador y amigo. Algún favor le debo. Aquel día estábamos hablando de nuestros padres, aunque no sé por qué, y entonces yo aproveché para decirlo que era bastardo de nacimiento.

–Pero deberías intentar encontrar a tu padre. Creo que para ti sería importante.

Mientras nos emborrachábamos con una botella de agua Chirac bien fresquita, por supuesto que yo no tenía la menos idea de que algún día haría lo que me decía. Gracias a él fui más lejos y cuando empecé a escribir libritos, una vez que me marché de la AFP, a él le debo haber consagrado la mayor parte de ellos a ese padre Coronel, que ya estaba muerto y al que yo solo había visto durante un tiempo, poco supongo, durante mi niñez, y luego un día que fui a buscarlo. Curiosamente yo acababa de entrar en la AFP.

Y como me aconsejaba Guy luego ya más mayor empecé a iniciar búsquedas serias, ayudado por un primo historiador e investigador y por mi hijo Toni, también periodista. Y hubiese podido contarle este bocadillo de realidad que publiqué en un libro titulado “Calle Falange Española”. Si algún día volvemos a encontrarnos pidiendo agua Chirac se lo brindaré.

“Mi madre y el Coronel se habían conocido en aquella colonia provinciana donde la moral era una ley dura de aquellos años que nadie se atrevía a torear. Se enamoraron y nací yo, en un medio social donde no tener el apellido del padre que todo el mundo conocía era billete de ida y directo para el infierno. Pero no ese infierno de llamas chillonas que pintaban en las estampitas del catecismo sino el de todos los días que Dios hace cuando se tienen nueve años y se carga con un secreto que uno sabe que todo el mundo conoce a voces.

No recuerdo que mi madre me explicase nunca todo aquello. Más tarde, muchísimo más tarde, cuando aprendí a tragarme el llanto de la vergüenza, cuando supe que había que dar la cara y seguir adelante, me hice mi propia novelita en la que el coronel era un soldado que había conocido otros frentes y otras muchas mujeres y ella la virgen estúpida que se deslumbra ante el dios griego con fajín de Estado Mayor. Una linda historia, a condición de que no hubiese sido la mía.

Yo no sé, y entonces menos todavía, si Dios tuvo que ver realmente algo en aquel trapicheo que desembocó en mi nacimiento pero de lo que sí me di cuenta desde mi abrigo de marinerito era que la gente de aquella plaza militar no admitía oficialmente una situación como aquella.

Para mí, todo aquello se reflejaba cruelmente a la hora de pasar lista en la escuela. Cuando fui suficientemente viejo para enterarme me di cuenta de la cara de gozo de mis infames compañeros mientras el profesor me llamaba con el apellido de mi madre. Como para tranquilizarme, yo borraba de mis libros y cuadernos aquel apellido de madre soltera y junto a mi nombre de pila, el único que nadie, ni la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, había conseguido quitarme, agregaba con mano firme el primer apellido del Coronel..

Con el tiempo que nada cura pero que todo lo confunde, conseguí apartar de mii mente los recuerdos de una infancia de tirabuzones y llantos escondidos. Hacía años que las botas del Coronel desaparecieran en una última discusión con la madre. Hacía años que no pensaba en él. Era como una de esas pesadillas angustiosas de las que te libran las caricias de una madre o el beso de una mujer. Aunque él no tenía más que la madre, que hacía lo que podía desde su soltería materna criticada y vilipendiada por todas las amas de casa insatisfechas que más de una vez soñaron con aquel militar al que nunca tuvieron. Era como si le hubiesen anestesiado. A su alrededor nadie le hablaba del Coronel y él se acostumbró a llevar el apellido de la madre, al que le buscó mil justificaciones. Los tiempos cambiaban y la isla perdió a su amo, llamado a ocupar otras altísimas y misteriosas funciones de las que nadie parecía atreverse a hacer cábalas. Su madre nunca le hizo el menor comentario. Lo único que no cambiaba era el profundo desprecio por el bastardo. El niño, como le llamaba toda la poca gente que le quería, encontró un refugio en la lectura. Se aficionó en sus largas horas de espera en el palacete del Coronel, quien tenía la mejor biblioteca de la isla. En casa le robaba a la cocinera la entrega semanal del folletín “Genoveva de Brabante”. Luego se lo leía y los dos lloraban aquellas espantosas desgracias. Dejó de llorar y suspirar el día que encontró un precioso ejemplar de “Los tres mosqueteros”, en una edición primorosa que algún poderoso alfabetizado regalara algún día a su padre (¿podría llamarle así aunque fuese en la intimidad del nadie sabe quién soy?). Se acabaron los llantos el día que conoció a D’Artagnan. Ya metido en lectura se atrevió hasta con Proust, del que entendió muy poco y por fin desembocó en “Adiós a las armas”. Hemingway le hizo sollozar con la novia perdida y la virilidad (aunque él no sabía lo que era) a punto de caérsele en aquel absurdo frente italiano. Mucho, mucho más tarde, cuando fue mayor de mayores y tuvo que enseñar a los demás siempre recomendó como primera lectura las aventuras de aquellos maravillosos tres mosqueteros, del aquel absurdo Richelieu amante de la reina y de aquella palomita blanca de Madame de Bonacieux. Y qué decir de Milady… Se le llenaban los ojos de gozo cada vez que los evocaba y sus alumnos lo notaban…”

 

 

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