El concertista sin pistola

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es casi seguro que a todos ustedes les parece evidente que un ciego no ve. A mí no. Mi alma era tan noble en aquellos años sesenta y pocos más de correrías por París que creía incluso que las mujeres me amaban “como el conejo ama a la culebra” que decía tan románticamente James M. Cain. Cuando yo insisto para que la gente que pulula a mi alrededor se haga con una culturita, aunque sea sólo leyendo capítulos de cualquier enciclopedia, es porque de haber sabido a tiempo lo que era imprescindible que supiese no me hubiese ocurrido aquello. En 1967 el compositor francés Guy Bontempelli adaptaba en canción el magnífico (lo de magnífico lo supe después) Concierto de Aranjuez, escrito por el español maestro Joaquín Rodrigo en 1939. Una curiosa fecha para una música tan adorable, porque acababa de terminar la Guerra Civil española y se subía el telón para una única representación de la II Guerra Mundial, la de todos los horrores. Los norteamericanos pondrían la guinda al artilugio contra los nazis probando con gran éxito de público sus graciosillas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Todavía hay miles de japoneses que recuerdan en sus carnes aquella demostración de barbarie primitiva. Los recuerdos son así. Casi treinta años después de que Joaquín Rodrigo lo pariera, un popular cantante francés de voz melosa y pelo rizado, Richard Anthony, dio letra y sentimiento al Concierto de Aranjuez que, de la noche a la mañana, amaneció como un bombazo en esas listas de éxito que los fabricantes de discos, ahora CD, manejan como nadie. Millones de microsurcos pulverizaron ventas en el mercado. “Aranjuez, mon amour” procuró a Joaquín Rodrigo una fama y unos dineritos, que tampoco es como para hacer asquitos, que no habría conseguido jamás con su Concierto de Aranjuez a secas.

Hubo una presentación del autor y de su música en un gran hotel de París (lo de gran hotel nunca lo he entendido, es una manía de prepotencia francesa ya que a partir de una categoría todos los hoteles son más o menos iguales). En medio de la muchedumbre de anoréxicos que siempre se moviliza cuando hay barra libre, un tipo de la casa de discos me presentó a Rodrigo. Dejamos que nuestras manos hiciesen el paripé de la cordialidad con una buena sacudida y empecé a entrevistar al maestro, visiblemente encantado de que por fin su música se escapase de las formalistas salas de concierto para convertirse en un estribillo popular que ya corría por el mundo entero. En aquellos siglos todas las fiestas de París tenían sus particulares gorronas que en francés recibían un nombre más simpático, casi cariñoso, pique-assiettes, señoras que robaban comida en las recepciones donde conseguían entrar.

Eran mujeres de una cierta edad y de un incierto y más bien tambaleante estatus económico que aprovechaban los cócteles mundanos para almacenar toda clase de vituallas en unos grandes bolsos perfectamente preparados. Todo el mundo lo sabía y los camareros hacían la vista gorda cuando con una técnica de grandes depredadores arramplaban de las bien surtidas mesas con todo lo que podían. Y como para demostrar que era una medida de subsistencia, las bebidas las consumían allí mismo. Nunca ví a ninguna de estas encantadoras damas llevarse una botella de champaña, cosa que sí hacía más de un invitado tan pudiente como aprovechado. Como la entrevista ya estaba en el bote y yo seguía junto al maestro, solos en un rincón de la conversación, quise adobar el silencio y entonces le espeté con mi más graciosa sonrisa: “Mire, maestro, mire cómo aquella señora mete el salmón ahumado en su bolso”. Mi interlocutor siguió sonriendo, con los ojos fijos en mi persona. Insistí, subiendo el tono por qué pensé que mis palabras se estaban perdiendo en el bullicioso ambiente. El hombre volvió a mirarme y acentuó su sonrisa. De pronto, una de las pique assiettes se me acercó y me dio un pellizco suficientemente agudo como para que me volviese hacia ella: “¡No se da usted cuenta de que está ciego!”, me musitó. El

maestro Rodrigo abrió entonces los labios y asintió con otra de sus hermosas sonrisas. Aquella tarde o quizá noche comprendí que la tierra no se traga a nadie por mucho que pueda desearse. Y seguí insolentemente la conversación con el genial ciego. Aquello mío no era chulería sino pura ignorancia, porque si aquella noche yo ya hubiese leído Un ciego con una pistola, de Chester Himes, me habría dado un patatús. Contaba el fabuloso Chester Himes, en un alarde de literatura española de la mejor quijotesca, la historia de un ciego que disparó contra el hombre que acababa de insultarle en el Metro de Nueva York. El cardenal del pellizco me persiguió en la ducha a lo largo de varias semanas. Y durante unos días reemplacé el habitual Metro por el autobús. Aunque me negaba a aceptarlo, el caso es que temía tropezarme con un ciego con una pistola, que tal vez no habría tenido el encanto ni los miramientos del maestro Joaquín Rodrigo.

Ya no se ven ciegos deambular en las calles. Ahora, por lo menos en este país que algunos llaman España, les han dado un trabajo a los que tienen una pizca de luz por la que mirar y venden cupones de lotería. Algo así como vender suerte. Es una forma digna de que además de sufrir esa enfermedad terrible no tengan que ser el hazmerreir de los que encuentran jolgorio gozoso en la pobreza infame. Y reparten de vez en cuando suerte, porque detrás de la venta de cupones, popularísima en este país, se esconde el afán de quienes los compran de que les toque algo y les permita ser un poco menos miserables. La venta de lotería se inventó hace casi un siglo, cuando había miseria por las calles. Hoy los europeos vivimos en la opulencia que nos cuentan los delirantes economistas que suelen entender poco de dineros y la organización de loterías es cada vez más rica, porque la gente no para de tentar la suerte. Y, sobre todo, porque no somos tan ricos. Y vamos mendigando un pedacito de suerte, por caridad.

 

 

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