Locura en Amazonia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Tomo y retomo tantas pastillitas al cabo del día que sería incapaz de decir para qué se supone que sirven y si de verdad me hacen algo. Pero estamos en un país rico y el comercio farmacéutico, ni les hablo de los laboratorios, eso ya es Bagdad en tiempo de Aladino, va viento en popa y el que sufre de cosas ligeras es porque quiere. Todavía no hemos llegado a curar el cáncer, la fibromialgia y otras enfermedades serias porque, supongo, que los laboratorios se volverían locos. En Brasil, funcionarios del gobierno fabrican huertos en plena selva que son como farmacias pequeña. Hay todo tipo de plantas que sirven para las principales enfermedades de andar por casa, diarreas, fiebres, etc. etc. Y cada tribu tiene su huerto.

La Amazonía tiene reservas de plantas que ni se sabe. Bueno, algunos grandes laboratorios del mundo sí que lo intuyen y los más poderosos tienen agentes que viven en la selva durante años, muy cómodamente, con pequeños laboratorios. Conocí cerca de Manaus a un sabio de esos, alemán él, que vivía con su esposa y una secretaria, las dos muy bonitas, cosas de la vida me dije muy inocentemente. Fue uno de esos momentos en la vida en que soñé con haber estudiado biología y no aprendido periodismo. ¿Se imaginan vivir en la selva, pero cerca de la enorme Manaus, donde se rumorea que los árboles que recorren las pistas de aterrizaje tienen que ser recortados regularmente para evitar que las plantas salvajes se coman las pistas y los aviones tengan que transformarse en hidroaviones, lo que no sería ninguna locura porque el rio Amazonas tiene cabida para muchas pistas de aterrizaje de hidroaviones?.El único problemilla que tienen las regiones amazónicas son algunas enfermedades como el dengue, la fiebre amarilla y otras cosillas que suelen ser mortales si no te andas con cuidado. Pero como todas esas regiones están más que pobladas hasta donde permite la selva, hay que pensar que cuando se acostumbran los mosquitos a verte todos los días, se van con sus enfermedades en busca de turistas no experimentados. Estando yo por aquellos pagos, en Brasilia, el ministro de Medio Ambiente estuvo muy malito y durante mucho tiempo porque uno de los enormes mosquitos que se pasean con el dengue y se ríen de todas las medidas higiénicas, le había piado en un descuido de sus guardamosquitos.

Y en medio de este lío infeccioso, el barrio popular parisiense de Barbés, donde no hay dengue sino pobres que buscan un mosquito para comérselo, ya no es el Barbés maravilloso donde yo pensé incluso en fundar una comuna. Como si nada hubiese cambiado cuando todo se está yendo a la mierda. Europa acaba de salir de elecciones, los hombres políticos están muy contentos y la gente de la calle, los que pagan impuestos hasta por dejar de fumar, se sienten al borde del ataque de nervios.

Pero cuando mis historias de mosquitos yo estaba todavía en Manaus y una noche al despertar creía que iba a morir. Recordé un helado de un fruto exótico que habíamos degustado con un grupo de amigos la noche anterior y, ya avisado por un experto botones del hotel más listo que Einstein, me vestí como pude, hice mi maleta y me tiré a la calle en busca de una clínica. Encontré rápidamente una en la que nadie esperaba turno. Me acerque al mostrador y pedí un médico. La gorda me miro, me midió con ojos de gitana tabernaria y me advirtió que había que pagar al contado, lo que hice sin rechistar. UN médico o algo parecido me dio un frasco lleno de pastillas de las que ya me había tomado una buena dosis al llegar al aeropuerto.

Porque mii problema es que no me interceptara un sanitario aeroportuario. Tenían órdenes de meter a los sospechosos de haber contraído cualquier enfermedad como el dengue o la fiebre amarilla en lazaretos hasta decidir lo que se hacían con ellos. Entones me salió al paso una azafata de mi compañía y vi el cielo abierto de los granujas. Le expliqué que la noche anterior me había dado un golpe en una pierna y que tendría dificultades para embarcar. Graciosa y amable, pareció encantada de salvarme el pie. En menos tiempo de lo que se tarda en decirlo había agenciado una silla de ruedas, en la que me sentó con toda suavidad. Y así fue cómo pude embarcar sin que nadie de la tripulación se diese cuenta de que el maldito heladito me había dejado en un estado que rozaba la demencia. Porque una vez en el avión leí que aquellas pastillas, que me salvarían del envenenamiento con mucha suerte, podían dejarme en un estado de demencia comatosa por meses.

En Brasilia, un taxista amigo entendió la situación, a él también le gustaban aquellos malditos helados, y me llevó a casa, donde permanecí ocho días y ocho noches en la cama so pretexto de un fuerte resfriado.

Me había librado del lazareto y de la locura.

Pero cuando aterrizamos en Brasilia, yo estaba para que me encerraran, delirando en francés y en voz baja. Al llegar a casa me metieron rápidamente en la cama y el médico con el que solíamos dar buena cuenta de las botellas de vino tinto francés que atravesaban nuestro horizonte, leyó el panfleto de los medicamentos y decretó que mi estado se debía a la ingestión de “fragmentos de hígado de serpiente de los desiertos”. “Una pastilla más y estaríamos metiéndote en el manicomio”. Entonces entendí que la gente de la Amazonía tenía sentido del humor. A mi hijo le expliqué que me había picado un escorpión sagrado de la Tribu Karibu, de la que solíamos hablar los jueves por la noche. Él fue el único que se divirtió.

Con el tiempo me recuperé pero me quedaba el tic de hablar cosas extrañas.

Y todavía ahora me ocurre. Acabo de escribir 990 palabras y no sé realmente por qué ni para qué. Abruemina.