Eran los años cincuenta tirando a sesenta.

 

(Ustedes perdonen. Estoy deprimido. Y mi única pastilla para huir de la locura es contarles una historieta.)

Hubo un tiempo en que los periódicos tenían una gran influencia social. Casi no había casa donde no fuesen indispensables. Eran los años cincuenta tirando a sesenta.El diario francés más popular y leído era France Soir, rotativo de hojas enormes y titulares profundamente negros. La ausencia de color daba más dramatismo a las informaciones. No había televisión capaz de correr más y mejor. La redacción de France Soir se encontraba en la Rue Réaumur, París, donde trabajaba un equipo de jóvenes y menos jóvenes, los “grands reporters”, categoría desconocida fuera de Francia, reporteros con inmensa experiencia y excelentes escribidores, los únicos a los que se les confiaban misiones lejanas, la guerra de Argelia en aquellos momentos. La prensa escrita cubría el mundo con sus enviados especiales, en misiones desesperadas por la carencia de medios de transportes y, sobre todo, de comunicaciones.El interior de los locales de France Soir parecía el de un submarino.Era el mejor periódico para cualquiera que hubiese querido ser el mejor periodista. Lo presidía en la Redacción un tipo muy singular, Pierre Lazareff, bajito, calvo y con gafas tras las cuales se ocultaban unos ojillos burlones que se cerraban constantemente porque la pipa funcionaba sin parar. Todos los candidatos sabían que en France Soir podía tener una posibilidad, porque Pierre Lazareff solía darla. Los sentaba delante de una máquina de escribir y sin soltar la pipa mascullaba que escribiera lo que quería contar. Un método infalible que otros grandes medios de comunicación adoptaron como mucho más definitivo que un diploma.Los aspirantes tenían que escribir el cuento de un suceso previamente descrito y relatar otras noticias, hacer un comentario y una traducción.

Esta prueba de entrada, aunque había que ganarse la permanencia más allá del mes de prueba, mes tras mes hasta cumplir tres años en la Redacción, llegó a practicarse durante mucho años en el servicio América Latina de la que era y sigue siendo una de las tres más importantes agencias noticiosas del mundo, France Presse (AFP).Muchos eran los candidatos y pocos los admitidos. Vi a más de un titular de diplomas rutilantes –recuerdo a uno que además de salir de una escuela de Periodismo importante era diplomado en Arquitectura–, levantarse despavorido a los tres minutos de haberse sentado frente a la máquina. Y no era por el molesto tabletear de teletipos y telex que a sus espaldas mandaban o recibían noticias.

Era el pánico de la hoja blanca. Y quizá la falta de talento. Porque escribidor de periódicos no lo es cualquiera. La primera plana de France Soir con grandes titulares negros daba solemnidad a cualquier información. En las pescaderías, los periódicos servían para envolver el pescado y en otros comercios tenía la misma utilidad para otros productos, con lo cual era posible leer el periódico del día sin necesidad de comprarlo. Una buena merluza necesitaba varias páginas y con suerte te tocaba la primera plana. Pasión por la lectura gastronómica de las informaciones que todavía chorreaban tinta fresca y prometedora de emociones.

Me cuento entre los amantes del papel, los que prefieren un periódico que mancha los dedos aunque ya no se utilice para envolver ni pescado ni nada más y ni siquiera sea útil en letrinas dejadas de la mano del rollo higiénico. De la importancia de un diario, con o sin pescado, saben o sabían mucho los corresponsales de la prensa extranjera en Cuba. Les hablo de tiempos de mi cuplé cubano, cuando todavía no habían llegado a La Habana Barack Obama ni las modelos del modista Chanel. Ni se había fumado el puro de la paz. Años en los que el corresponsal en la capital cubana se preocupaba por saber, nada más despertar, qué decía o que insinuaba el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista cubano.

Años –todavía vivía Fidel Castro—en que la información importante del día iba a figurar en la primera plana de ese rotativo, a veces muy retorcidamente, pero para eso estaba el talento del periodista. No tener a mano Granma era como estar ciego y sordo. Difícil, casi imposible, era enterarse de algo gordo (publicable, claro) sin leerlo al amanecer. Sigo teniendo nostalgia de Granma, porque en este primer mundo en el que vivo los periódicos ya solo sirven para alguna exclusiva, porque las noticias puras y duras están en las radios, las televisiones o internet muchas horas antes. Y olvídense de las pescaderías. Granma era el periódico de los iniciados, porque también había que saber leerlo, no solo entre líneas sino por transparencia.

Una auténtica proeza para comenzar una mañana de bochorno mientras tomabas el primer mejor café de la creación en aquella delegación periodística de La Habana donde para llegar tenías que sortear una escalera que olía constantemente a orines ajados. Claro, ahora en 2017, ya nada de eso existe. Los ascensores funcionan como en Nueva York y basta con preguntar a un portavoz oficial para que no te de ninguna respuesta por más que lo hayas llevado a comer un congrí, delicioso como todo lo que se come en Cuba donde el cerdo y los frijoles son reyes. (Y de pronto me entra miedo. ¿Los nuevos tiempos serán el fin de los paladares, esos restaurantes privados en casas particulares donde no se come, se degusta? ¿No los reemplazarán por self-service descafeinados o hamburgueserías apestosas como tanto se lleva en los Estados Unidos? A menos que se les ocurra reemplazar los paladares por restaurantes franceses de tres tenedores…)

El otro día, un amigo que regresaba de La Habana me trajo un pequeño recuerdo de un mercadillo habanero. Me lo entregó tal y como se lo dio el tendero, envuelto en un cacho de periódico que no he podido identificar. El trozo que me ha caído en suerte contiene odas de lectores a Fidel Castro: “Habla Raúl. Su voz de acero se quiebra con la noticia: el magno Fidel fue en busca de Martí, Maceo, Céspedes y Mariana”.La otra parte del cacho de no sé qué periódico está destinado al deporte…Por lo menos en Cuba, los periódicos siguen cumpliendo esa función social y práctica que ya le negamos en Europa, donde las terroríficas y contaminantes bolsas de plástico sin alma han reemplazado a esos periódicos-envoltorios que podías entretenerte en leer mientras el metro te devolvía a casa. Tiempos pasados que sí fueron mejores, compañero.