Un cachito de muerte

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La primera vez que vi la muerte de cerca, tenía 15 años, era aprendiz reportero y con una corbata amarilla rojiza que me había regalado la secretaria del periódico (¿será eso el amor, me pregunté?) me dejaron salir de la Redacción para cubrir un accidente de automovilístico en aquel Tánger donde unos iban en taxi y otros en limusine. Nada más llegar al segundo piso del hospital, una monjita de las de antes que te miraban tratando de averiguar los pecados que podías haber cometido en los últimos doce segundos, me llevó delante de una cama donde una joven sonreía muy pintarrajeada. Le habían dicho seguramente que la prensa iba a venir. Todo blanco, preciosísimo. Antes de que pudiera preguntar algo, la monjita-guía, que probablemente tenía parientes nazis, se encargó de ponerme al corriente con toda la rudeza de una película de Fritz Lang , Paquita fue atropellada anoche por un autobús, pero como cayó entre las ruedas los bomberos tuvieron que cortarle el pie allí mismo, resumió la amable encapuchada.. De pronto, mi bolígrafo Parker, del que yo estaba tan orgulloso, se desprendió de mis dedos y otro tanto le paso al bloc todavía no estrenado.Me reanimaron y me metieron un ratito en una cama para que me repusieses. No sé qué explicaciones di. Sé que fue mi primer fracaso para el Pulitzer. Cuando caminaba un poco borracho hacia el ascensor, firmemente cogido por mi guía-monja-nazi, me dí cuenta de que había visto la muerte de cerca por primera vez. Cuando el Redactor Jefe me vio todo descompuesto, le surgió una urgente necesidad de que escribiese un refrito de una película que iba a estrenarse en el cine Roxy. Fue espantoso para mi dignidad pero de esta forma nació mi vocación cinematográfica.

Días después me encontraba paseando por el zoco chico, donde los cambistas, cada uno con una mesa portátil y unos hilos telefónicos que parecían navegar al cielo, hacían en el día probablemente más negocios que en Wall Street, Estaba observando como unos amables contertulios fumaban kifi, droga para ser claros, aunque entonces nadie decía esa palabrota, cuando uno de los pacíficos contertulios se recogió la chilaba y se puso de pie. En su mano derecha surgió como si fuese Aladino un enorme cuchillo, no se si de Albacete o de fabricación nacional, y muy erguido pegó un grito que me pareció descomunal. Y yo con mi corbata amarilla más elegante que nuca. Ví como mucha gente corría y no estabas tú…. Yo estaba atornillado a los adoquines, al lado de un cambista que desmontaba su chiringuito con una rapidez de vértigo y entonces quizá me pareció que había algo raro. ¿Qué hacía aquel payaso con su chilaba blanca y el enorme cuchillo, que ya me parecía una espada de los mosqueteros, no de un mosquetero sino de los cuatro y tal vez las de las de la guardia del Richelieu.

Mi experiencia hospitalaria me había enseñado mucho. Ni me desmayé. Y antes de que pudiese echar a correr, dos policías municipales, que me conocían, se me acercaron y me dijeron, como si la hazaña fueses mía, que ya habían capturado al individuo, que seguramente era un loco o un traidor a la patria o los dos y que había herido a varias personas. Cuando lo vi debidamente encadenado como si fuera Danton camino de la Bastilla, me sentí menos apurado, es decir menos aterrorizado, tomé fotos y después de percatarme de que los agentes lo tenían bien agarrado me acerqué y le hice esas preguntas que ni Arthur Miller: “¿Por qué ha hecho usted eso?”. El tipo, que olía a hachis del más puro me pegó un bufido y uno de los guardias tuvo que agarrarlo del pelo, afortunadamente lo tenía largo, para que no me diese un cabezazo.

Otra vez había rozado las frías pareces de la muerte pero en una acción violentísima y arriesgada que conté a mis lectores. Los guardias no me desmintieron y como todo el mundo estaba muy asustado, se acercaba la independencia de Marruecos, dijeron que mi heroísmo había sido maravilloso.El Redactor Jefe al verme llegar más envalentonado que D’Artagnan después de su primer combate contra la guardia del cardenal, encendió su pipa de tabaco inglés de la vecina colonia de Gibraltar y mirándome en los ojos con un cierto cachondeo me dijo que había decidido que me encargarse de la rúbrica de sucesos.

La secretaria que me había regalado la corbata amarilla dice que me puse blanco, pero tuve arrestos para sonreír y decirle a mi jefe que creía que mi vocación era la crítica cinematográfica.Pasaron años hasta que tuve que marcharme en el primer barco que salía para Marsella para que no me detuviesen por haber escrito unas crónicas tremebundas sobre la desaparición de israelíes notables en un casino de Tánger.Y pasaron los años. Y seguí “jugándome” la vida, sobre todo cuando atravesaba un paso de cebra del barrio parisiense de la Magdalena donde el guardia se las arreglaba siempre para que yo empezara a andar cuando él lanzaba a los furiosos coches que iban para la Place de la Concorde.Muchos años después, años que no se acaban, una patrulla de gendarmes me llevó hasta el lugar de un accidente en las afueras de París. Había habido un muerto, bueno una muerta. Era mi hija. Y ese día, era por la mañana temprano y lloviznaba, morí para siempre. Y seguí dedicándome a hablar de cine.

 

× ¿Cómo puedo ayudarte?