Bárbara Stanwick, allá en los cielos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He tenido un sueño. Soñaba que Britney Spears era la verdadera Barbara Stanwyck que lleva a la perdición a un tontorrón agente de seguros con el que se compincha amorosamente, él la cree, pobre incauto, para asesinar a su marido y cobrar una suculenta póliza de seguros.El autor intelectual de la ejecución era el escritor norteamericano James M. Cain, ayudado por el director Billy Wilder que en Double Indemnity (1944) tenían como hacedores a la rubísima y pérfida Barbara Stanwyck y al feo pero listo de la muerte Fred MacMurray. En esta primavera senil que en lugar de frío nos envía vientos huracanados que arrastran toneladas de tierra del vecino desierto africano del Sahara que encharcan terrazasy suelas de zapatos, se puede soñar cualquier cosa.Me parpadeaban todavía las imágenes únicas de Octubre (1928), esos retratos en blanco y negro de Sergei Eisestein. Para mí el mayor fresco sobre la Revolución bolchevique de 1917, (¿por encima de El acorazado Potemkin?) quizá más profundo, con los primerísimos planos (very close up) que nadie imitaría nunca jamás. Una mezcla de Robert Capa, Cartier Bresson y alguien que yo me sé en sus mejores momentos.Es tan patéticamente profundo el impacto de las bobadas que la televisión vierte a diario en nuestros cerebros que confundí la imagen de una Britney Spears (cantante, creo) que quería convencer de su talento poniendo en pelotas, voluntariamente, sin estar amenazada por ningunos nefastos tratantes de blancas, un cuerpo sin razón ni gracia,con muslos de campesina ajada por los menesteres de su sexo, el heno estropea el cutis, y pechos deslucidos que sólo amamantarán su ego.Barbara Stanwick no aparece en la película ni un segundo sin medias impenetrables, vestido inviolable y labios que besan sin dejar nunca esa huella perfumada que escupía sin saliva la boca femenina cuando el pintalabios era grasiento, fabricado con manteca de cerdo. Muchos pañuelos de hilo y de caballero quedaron para el arrastre al

intentar borrar el rastro pecador, que casi siempre conducía al cadalso del eterno Serge Gainsbourg, “je t’aime moi- non-plus”, muerto sin recibir quizás los últimos sacramentos.A la Spears esa la vi, como millones de videntes a través de la tierra, boca arriba, enseñando unos muslos a los que un carnicero habría hecho asquitos. Me acordé de una matanza en un pueblo de Andalucía. Tenía yo doce o trece años y en Archidona, una tía mía sacaba un día del año gigantescas perolas de cobre, enormes baldes de agua hirviendo en la gigantesca chimenea de la cocina donde esperaban los encargados del sacrificio, que apañaban la espera con unas copitas de anís. Hacía viento frío de la serranía de la Virgen de Gracia. Apareció el protagonista, un enorme cerdo negro, enorme con las orejas muertas de miedo, el hocico queriendo seguir oliendo el mundo como siempre había olido la bellota del campo y las patas, inminentes deliciosos jamones, tiritando de frío o de miedo. Gruñía el pobre desgraciado con la certeza de que te van a matar, aniquilar, destrozar, despedazar, hacer picadillo, desangrar. Porque del cerdo todo se aprovecha. No sé si los cerdos piensan y si tienen miedo, pero creo que en aquel momento el animalito lo estaba pasando muy mal, viendo cómo dos señoras con enormes mandiles afilaban cuchillos apocalípticos.

Le tendieron en un banco, igual que estaba la Britney Spears en un decorado glamoroso con los habituales gritos histéricos que quieren ser música y talento, y le dieron el garrote vil de los cerdos, acuchillándole la yugular, que despidió ríos de lava de sangre religiosamente recogidos en baldes de ilustre cobre, donde se cocería en busca de una morcilla sabrosa.Luego lo abrieron en canal. Estaban todavía las matarifes tirando de las mantecas cuando oí un diminuto gruñido. Una especie de bolita envuelta de sangre cayó alsuelo y empezó a dar botes. Las matarifes comprendieron inmediatamente y saludaron al intruso poniendo en religiosa posición militar de firme sus cuchillos ahítos de la sangre espesa de la madre muerta de parto violento. En mi fin de mundo todavía me persigue esa imagen de un día de matanza allá en la profunda Andalucía, donde las mañanas son fiestas que preparan la noche y las fiestas,también llamadas ferias, novenas del buen vivir que pueden prolongarse en romería báquica en el fin de los tiempos que nadie ve llegar y que nadie quiere que llegue. He tenido una pesadilla. La cerda en cuyos interiores hurgaban las matanceras, nada que ver con las mocitas de la provincia cubana de Matanzas, abrió el hocico en su último y definitivo estertor y oí la primera estrofa de una melodía que las muchachas bailan agitadamente hasta en Matanzas. Cuando le miré fíjamente cerró un ojo, quiso esbozar probablemente algo parecido a una sonrisa sarcástica y se murió para siempre. Meses después le rendíamos homenaje degustando algunos exquisitos trozos de sus jamones belloteros.