La más hermosa película del mundo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Son los festivales de cine sin temor de Dios. Con películas más o menos, de cuanto más lejos sean mejor, y la gente sigue creyendo que el cine existe. Se ha ido Cannes , creo que sin pena ni gloria, aunque por lo menos le dieron su homenaje, el último del último, a Alain Delon que durante años fue el guapo oficial de ese festival que otrora fue alegre, simpático e inteligente. Ya sé que se reirán o por lo menos tendrán ganas de hacerlo pero lo mejor ha sido la película de Lellouch, fuera de concurso claro, que hace una eternidad nos había emocionado de verdad con su preciosa historia de amor, “Un homme et une femme”, que toda una generación tarareó mientras las imágenes corrían por sus cerebros. Ahora le dejaron presentar la que probablemente será su última obra y que es la continuación de la anterior, la de aquel Jean-Louis Trintignan, un bello Ford Mustand y la primorosa Anouk Aimé, 1956. Amor en la playa, amor bajo la lluvia, amor para reventar de placer.Pero no creo que les hablen mucho de esta película del octogenario realizador porque los críticos tienen en su mayoría la obligación de hablar de los productos que las productoras mandan a los festivales para hacer dinero. Una película en la que se presenta un cunnilingus de veinte minutos (¡qué cansado, mon Dieu!) es un tema más importante que decir que los actores que han vuelto a la playa para seguir o recordar la historia de amor inventada por el incansable Lellouch, lo hicieron con una parte de sus vidas en otra parte. Lo hicieron por amor. O tal vez, no lo sé, por dar esperanza de que la vida amorosa resiste a los años y que se puede ser viejo y enamorado o enamorada. Pero, ¿a quién diablos le importan estas cosas? Una crítica del digital Noticine tuvo la valentía de escribir refiriéndose a la cinta de Lellouch número dos y fin: “Es la cinta más hermosa que se ha visto en Cannes en mucho tiempo”.A ustedes, que leen esta crónica como las predicciones del tiempo, les importará un carajo que esa mujer haya tenido el coraje de desafiar a toda esa industria de robot que ahora quieren fabricar películas sin pantallas ni salas y de cualquier forma, porque lo que cuenta es la rentabilidad. Y entonces te llenan los televisores de porquerías que la gente se chupa porque está de moda.

Esa periodista que puso a Lelouch en el cielo, donde tiene que estar, no sé la edad que tendrá, pero merece que la cite, porque no saben ustedes lo que cuesta defender una película frente a los profesionales de la crítica de encargo.Es tan bello que alguien que va al cine para escribir de cine tenga la valentía de sus opiniones, aunque luego te pueda constar un disgustillo. Yo ya no era un niño cuando en 1985 visité por primera vez el Festival de Cine de La Habana, un universo donde nunca había puesto los pies. Estaba acostumbrado más bien a Cannes y a festivales ricos.

Cuando yo vi lo que era aquel maremoto emocional donde los espectadores se pegaban por entrar a ver una película, cualquier película, sin orden, sin preferencias ni filas indias que existen en Cannes que vales como periodista según el cartoncito de plástico que se te otorga, me volví majara. Sin pensarlo escribí una crónica ditirámbica que empezaba diciendo que “el Festival de Cannes… se está quedando chiquito al lado del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano que en La Habana ha adquirido proporciones descomunales…”

El artículo, que había escapado a la vigilancia de Fidel Castro que leía hasta los envoltorios de caramelos, fue publicado en lugar destacadísimo en el diario del partido comunista cubano Granma, que retrasó su edición para que la gente lo gozase (porque mi fe era tal que un cubano tenía que leerlo para creerse que un francés decía esas cosas).Parece una tontería, pero para Cuba era muy importante ya que el Festival de La Habana tenía poca o ninguna repercusión en Europa y Fidel sabía lo importante que era en aquellos momentos que se pusiera de relieve en el mundo la importancia de Cuba. Y yo lo había hecho a través de la Agencia France Presse que publicaba hasta en el último pueblito donde había una impresora, aunque fuese de juguete y en el más atrasado pueblecito del mundo mundial.

Por eso y por tantas cosas me ha emocionado que esa periodista de Noticine haya tenido el coraje de decir lo que pensaba en un mundo donde menos comulgas con la verdad, con la sinceridad, y más se te “quiere”.Confieso que todavía no he visto el nuevo Lellouch, pero estoy seguro de que a mí se me saltarán las lágrimas porque es el fin de una época, la terminación definitiva de aquellos años sesenta en que el mundo parecía más bonito, o nos parecía a unos cuantos.Por favor, vean la película de Lellouch, la primera de preferencia, y comprenderán lo que les digo. Les garantizo una sonrisa, un rato de felicidad y les juro que durante muchos días no soltarán de sus cabezas la melodía que hizo que el filme se viese o se cantase. Y, sobre todo, disfrútenla porque serán felices un ratito largo durante años. Luego pueden irse a dar un paseo por el cunnilingus ese.

 

× ¿Cómo puedo ayudarte?