Yoyoyoyoyo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que no quiero ser gaviota como lo deseaba de todo corazón hasta ahora, sino Richard Gere un rarito, el suficiente para rodar una película en mi honor y poder decir yoyoyoyoyoyoyo sin que me abucheen en esta isla africana donde son tan refinados.. De las gaviotas admiro y envidio la libertad para hacer lo que les da la gana sin miedo a que cuatro desgraciados las fusilen para comérsela. Son fuertes, voluntariosas y cuando quieren elegante. Hombre, no tanto como Richard Gere que con casi setenta años de edad se rodó una película para él solo y además en plan de soy un tipo formidable. El mal gusto de los programadores de cine en las televisiones me han llegado a ver Time oout of Mind, que un cachondo tradujo en los subtítulos como Invisibles. Es de 2014, es decir que el actor ya tenía la edad de seguir haciendo grandes películas, hasta un remake de “Pretty Woman” con aquella deliciosa Julia Roberts que sigue siendo una señora de tronío incluso cuando hace publicidad para unas medias. Aunque nunca sabes si es para medias o aviones para ejecutivos porque su sonrisa te hacer olvidarte de todo. Total que me encontré en un momento de debilidad mental, la edad sin duda, con Richard Gere interpretando a un vagabundo del Estado de Nueva York que es un primor. En Europa no tenemos vagabundos de ese tipo, ni siquiera cuando en París eran famosos los “clochards”, pobres de solemnidad pero con pinta socrática, que atraían a los turistas a orillas del Sena.

Ahora los pobres son todos o casi extranjeros y ya imagino el cabrero de los clochards que se han pasado toda la vida estudiando para aparecer como una postal más de París.

Gere es un vagabundo de Nueva York aunque la primera vez que aparece crees con un poco de despiste que es uno de esos financieros que arruinan al mundo jugando con títulos de no sé qué en Wall Street. En todo la película aparece con un pelo blanco que mi peluquero inglés, antiguo boxeador, no consigue ponerme por mucho que le insisto, y un abrigo con el que le dejarían entrar en el Waldorf Astoria. Un vagabundo elegante, con una barbita blanca que ni el mejor barbero de París conseguiría ponerme, todo lleno de gestos –los diálogos de la película han debido salir muy baratos—y así durante casi dos horas.

Porque no ocurre nada en la vida de este vagabundo neoyorquino, aparte que de vez en cuando pide un ratito en la calle, pero siempre encuentra quien le de comida y como al parecer en el Estado de Nueva York en cuanto hace frio todo el mundo, todo, hasta él, que no tiene ningún papel de identidad, que no sabe quién es ni parece importarle mucho, tiene derecho a que le dejen una cama para dormir. Y todas las noches se mete entre sábanas impecables (una vez vi unas parecidas en un hotel cinco estrella de Madrid donde me metí por despiste). Se levanta, se prepara y sale a la calle como un pincel.

Claro que hay que tener paciencia y yo la tengo. A las dos horas empecé a preguntarme adónde nos conducía este ejercicio masónico del yoyoyoyoyo hasta el infinito pero luego me calmé. Era Richard Gere, el que se acostaba en un piano de cola de un grandísimo hotel de Nueva York con Julia Robert en toda su hermosura (Pretty Woman). Un señor que ha conseguido eso, aunque sean cosas de cine, merece que se le de crédito. Y seguí al vagabundo de la elegancia ajada diciendo pavadas y chorradas, solo cuando hablaba. El resto del tiempo menea la cabeza, pero parece que no se pone de acuerdo y es un lío porque puedes pensar que en realidad es un agente de la CIA en busca de pruebas.

Cuando está a punto de terminar la película, entra en un bar, pide una cerveza, que le sirve una muchacha jovencita pero sin más. Y hablan. Y entonces llegas a la conclusión de que en otros tiempos fueron padre e hija o hija y padre, como les parezca. Pero que ella siempre lo ha detestado y él no se ha roto nunca la cabeza por buscarla.

Pero como ya el director debía estar hasta la corcusilla de filmar siempre a Richard Gere, se toma la libertad de mover la cámara. Pero parece que no se ponen de acuerdo –ni siquiera se han dado un beso—y hablan no sé de qué pero entiendes aunque estás roto de escucharlo callar todo el filme. Y te enteras de que ella es la hija de él. Y él el padre de ella.

Ella se cabrea y él paga –ni siquiera le invita, menuda hija—y sale dando un portazo. Y empieza a andar y la cámara le sigue y le sigue porque no le han dicho otra cosa. Cuando calculas que la película va a terminar, entra en el bar un negro muy raro y ella le dice que se haga cargo del bar. Y ella, la rubita, que es la hija del fugitivo elegante, no lo olviden, sale a la calle y lo ve a lo lejos y entonces sale detrás de él.Llevo llorando dos días y dos noches. Mi médico de cabecera me ha dado gotas antisépticas. Pero me he quedado con las ganas de saber si el más guapo de los vagabundos de Hollywood se abraza finalmente con su hija.

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