Cuba y la medicina pública, más allá de la propaganda

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Guardó lo más que pudo su estremecimiento cuando le respondieron: “La única solución es extirparle el riñón derecho”. Hasta ese instante se consideraba un tipo sano, incluso atlético, y si había llegado hasta Belkis, la médico del barrio, era por un extraño dolor que a la postre resultó ser muscular, pero que desató un maratón de investigaciones; análisis de todos los tipos, dos tomografías computarizadas, de esas en las que inyectan yodo para buscar contrastes e , incluso, dos ganmagrafías –la primera falló por un corte de electricidad- ;  “durante todo el día vas a estar radioactivo”, le  había advertido en jodedera , aunque era cierto, Raulito,  profesor en nefrología, su vecino durante más de 30 años, devenido especie de director de la orquesta de médicos que sobre la marcha se iría formado espontáneamente en torno a él. Hasta llegar al dictamen definitivo transcurrieron dos meses de pinchazos y visitas a siete instituciones de salud, porque no todas están dotadas de la tecnología más avanzada a la que el país puede acceder. Sin darse cuenta, porque su preocupación estaba centrada en cómo enfrentar con dignidad los ayunos obligatorios, pese a sus adicciones frenéticas al café fuerte y los H.Upmann con filtro, estaba dentro del sistema cubano de salud pública y de él solo saldría caminando o boca arriba. Sintió entonces en carne propia las bondades y desventuras de la salud gratis para cualquiera; hospitales repletos de dolientes, equipos en receso por falta de alguna pieza de repuesto -“ Hay que comprarlas en un tercer país por el bloqueo yanqui, a veces no tenemos el dinero y cuando lo tenemos hay que esperar bastante a que lleguen desde Asia- me comentaron; trato amable o impersonal –no he experimentado groserías- , porque el ánimo de los profesionales de este giro tampoco escapa a los efectos de los salarios bajos y al alto costo de la vida. “Llevo 40 años en la profesión (…) gano 800 pesos mensuales (equivalentes a unos 33 usd)”, comentó una de esas enfermeras que en su sombrerito blanco y cómico lleva como distintivos de mando dos franjas negras.

Pero aun así, entre muchos dolientes agobiados y que agobian a quien está dispuesto a sanarlos, con enormes y costosos equipos a los que hay que darle descanso entre un paciente y otro “para que no revienten”, ahorrando lo que se pueda ahorrar, con salas de estancia sin aire acondicionado porque “ya consumimos la cuota de electricidad que nos toca por mes y hay que preservar los salones de operaciones”, y sin que nadie escape tampoco a que el pollo –la carne más barata en la isla- sigue escaseando, hay que hacer colas (largas filas) para adquirirlo cuando lo sacan, “y una trabajando aquí nunca tiene tiempo para eso”, el sistema cubano de salud pública, desde las ciudades hasta las montañas y la ciénagas, mantiene su vitalidad, sin que nadie se detenga a pensar en cuánto cuesta, otra de las características de este país distinto.

Mayo está a punto de finalizar cuando llega a la institución clave, en aquel inolvidable barrio donde pasó la adolescencia, cuando era boy scout de la revolución y la salud costaba, tiempos en los que estudiaba en los Hermanos Maristas y disfrutó, a escondidas, de la primera novia de la escuela de monjas cercana. Y allí lo esperaba Tania, profesora, cirujana, quien ha formado “a 14 especialistas en mínimo acceso, que al terminar el entrenamiento optaron por irse del país, porque en cualquier otro lugar esa especialidad se paga muy bien”, según cuentan en la sala de espera quienes parecen conocerla, porque ella no hace cuentos ni tiene tiempo para cuentos. “Si te preparan para la operación y ella al subir el ascensor se tuerce un tobillo, hay que despertarte, mandarte para la casa y esperar a que ella se recupere; en Cuba no queda nadie más que haga ese tipo de cirugía”, le cuenta otro paciente, de esos que en cualquier parte parecen saber de todo, y lo dice a voz en cuello; un tipo locuaz que a fin de no dejar nada en suspenso, concluye: “Estás en las mejores manos del país”.

“Comenzó la tercera temporada de esta serie”, vuelve a comentarle Raulito, jacarandoso siempre con él, quizá porque sabe o intuye que, aunque su vecino de casi siempre guarde bien adentro el estremecimiento que lo acompaña desde el 22 marzo, está tenso por lo que falta por venir. Saca cuentas entonces y supone que el momento definitivo será en junio, y da por seguro que tendrá tiempo para seguir compartiendo vivencias, como ocurrió con su hija Mónica, operada a corazón abierto en el decenio de los años 70 por el puñado de médicos que también optó entonces por seguir aquí, aunque ganaran muchos menos, y después formaron a esos continuadores como Raúl, Tamara, Belkis, Elizabeth o Tamaki.