Palabras

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Las palabras se hicieron para entenderse, para hablar, jugar, combatir, amarse. Pero nadie dijo que tenían que servir para hundirse en la vida de la nada.¿Quién inventó esa palabreja-concepto de resiliencia y sobre todo su significado: capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas? “La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas”. Cuánto masoquismo inútil, cuánto dolor gratuito en nombre de nada. Si Jesús el Nazareno la hubiese conocido habría podido no morir de dolor en la cruz. Se habría opuesto con todas sus fuerzas y las suyas eran divinas. ¿Qué es ese masoquismo de que se puede ser capaz de transformar el dolor para salir más fuerte que nunca de la adversidad. Es decir que si Jesús hubiese sido consciente de esa palabra bastarda, la crucifixión le hubiese parecido un paseo por el monte de los Olivos y habría podido incluso, llevando las cosas al absurdo más delirante, provocar un infarto al malo de Judas y al delirante de Poncio Pilato. Primero fueron los psicólogos y psiquiatras argentinos que huyendo de la repugnante dictadura implantada por los militares en Argentina se refugiaron en Europa en los años sesenta-setenta y nos convencieron de que todos estábamos locos, que necesitábamos nuevas palabras para resistir. Y probablemente se les ocurrió la teoría de la resiliencia.

Las palabras fueron en el principio medio de comunicación amable o enfadado pero siempre una forma de hablar con el objeto de llegar a entenderse. Nunca se dijo que debía ser la brutalidad total y absoluta.

¿Cómo un ser humano medianamente formado en su cerebro puede aceptar que una desgracia, cuanto peor mejor, puede ser empleada por una persona normal, la que ha recibido la desgracia, una gran pérdida, la muerte de un ser querido, un enorme choque, el aniquilamiento, vaya a transformarse positivamente?.

Vivimos en una época en la que la gente, según un estudio de una universidad nada sospechosa de buscar clientes, sabe leer pero muchas veces, casi siempre, no entiende lo que lee, aunque estén metidos en largas preparaciones para ejercer profesiones como la medicina, la ingeniería o las letras.

Vivimos en una época en la que, desde que los medios de comunicación están al alcance de cualquier imbécil analfabeto, todo el mundo cree que es capaz de expresarse, de comunicar con esas herramientas tan finas que son las palabras. Basta meterse en uno de esos correos en lo que nadie controla lo que los demás dicen, el ejemplo más clásico es el de fax book para entender que es necesario un control serio. Las palabras son lo más difícil de manejar pero como la gente ve que se escriben libros, artículos en los periódicos, que ellos no leen porque posiblemente no tienen la capacidad de hacerlo, cualquiera puede expresarse con la palabra impresa.

No entienden que entre la expresión oral y la escritura hay un mundo de susceptibilidad, conocimientos necesarios.

Hace algún tiempo, en Francia un periódico digital, buscando ahorrarse colaboradores, decretó lo que llamó la existencia del “ciudadano periodista”. Es un poco lo que sucede con las cartas al director que cada día se ven menos tal vez porque los responsables empiezan a tener un poco el sentido de la responsabilidad.

Los balbuceos en tuis de Donald Trump, que escribe y dice cualquier cosa pese a la responsabilidad que tiene cada una de sus palabras, son ejemplares. Antes, hace medio siglo, no más, las transmisiones entre Cancillerías se hacían mediante escritos muy estudiados por especialistas de las cuestiones a tratar. Ahora los gobiernos se han acostumbrado a comunicarse por tuit desde que Donald Trump, que después de todo es el que más manda en el mundo, se permite hacerlo.

Por tuit se envían felicitaciones de gobierno a gobierno, lo que después de todo no reviste una gran gravedad, pero Trump no vacila en emplearlos para acusar, ordenar, gobernar, a través de mensajes inspirados quizá por la Coca Cola sin azúcar que probablemente nadie relee en vistas de una corrección.

Cuando Estados Unidos y Corea del Norte bordeaban la tirantez diplomática más peligrosa, los dos presidentes, el de EEUU y el de Corea, hablaban jocosamente en tuits, como jugando, de sus bombas atómicas.

Cada día se hace más necesaria una revisión de esos mensajes que no pueden dejarse entre los dedos de analfabetos excelsos. Que la gente sepa qué quiere decir cada palabra, cada expresión o se les prohíba el uso de esos útiles que son tan útiles para la información. Y que lo mismo que se exige un carné de conducir para maniobrar un vehículo, sea necesaria la inscripción a un registro que haya comprobado las aptitudes del utilizador de esas redes sociales que se convierten a ratos en basureros y en vehículos de peligrosas ideas. No es censura y si alguien cree que lo es que deje que le ampute un brazo alguien que no ha estudiado medicina.

Según el diario Le Monde del pasado 5 de mayo, el Presidente Trump ha proferido en una semana la insensatez de 10.000 mentiras. Imaginen el resto del contenido de esos medios que están al alcance y a la disposición inútil de cualquiera.

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