El último café del Capri

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay momentos en que el sol atravesado por el viento a ocho o nueve mil kilómetros de aquel primer café revolucionario te lleva a la nostalgia de no haber entendido que tú no eras más que un espectador, que jamás te aceptarían más que como un gringo. Porque hay días en que lees las necrológicas y te entristeces. Mueren muchos periodistas, pero no en las guerras sino de asco, en la soledad de una jubilación ganada después de haber sido el number one, después de haber contado tantas y tan maravillosas, a veces penosas, historias de tanta gente maravillosa, de tanto aburrido bandido, de tanto político corrupto y miserable. Es la vida de los mejores periodistas del mundo de los ricos, donde eres la hormiguita que cuenta y aguanta el tirón, el tirón de orejas. Pero hay cosas que no se olvidan, como aquel café en el lobby (nosotros los europeos decíamos recepción) del hotel Capri de La Habana, un poquito agujereado por las bombas de la falta de recursos para hacer obras. Aquella mañana, mi amiga me invitaba a un café en el Capri. una delicia negra que todavía chirria entre los dientes cuando el viento del recuerdo, de la congoja y del desprecio soplan mal. Para mí era como una ceremonia. Que una compañera cubana, por la que además yo sentía cariño sincero de bolero de Pérez Prado, me recibiera con ese cafetito que costaba en aquel lugar una fortuna para ella, era para mí como la primera hostia para un católico. Porque en unos pocos días, la vida es así de absurda y de cachonda, yo me había enamorado de lo poquito que había visto de Cuba, a la que no tenía el gusto de conocer. Y no hablo de las películas, de sus cines de locura, de sus espectadores que todos merecían un Oscar.

Me había enamorado de aquellos chiquillos tan limpitos que iban al colegio con uniforme de exploradores, de aquella gente que me sonreía, del calor, del bochorno, de las calles con agujeros, de los edificios medios derruidos, del pan negro que a veces nos daban en el hotel. Durante no sé cuántos años, que los cuenten los controladores aéreos del aeropuerto canadiense de Gander, me fui enamorando de La Habana, pero como un pendejo que lee una novela. Me parecía que todo el mundo me quería, que le caía bien a todo el mundo.

Estamos ya en 2019 y han pasado tantos años como hojas tienen los árboles de Vedado. Sé que mi historia con Cuba se ha acabado, que todo fue una ilusión. Aunque me encarase con un señor que me trató públicamente de castrista y de “ver La Habana desde los coches oficiales”. Nunca vi por dentro un coche oficial del ministerio, nunca me acerqué a una casa de huéspedes más que para buscar una declaración de Schwarzenegger que acababa de llegar con su señora en pleno festival del cine. Pero sí estoy orgulloso de aquel titular de Granma: “Sergio Berrocal ayuda a Cuba”, que en España me costó un buen disgusto.

Y si Fidel Castro tuvo la gentileza de recibirme unos minutos en el Palacio de La Revolución seguro que fue por no tenían otro periodista francés a mano para cumplir el cupo de aquella recepción donde encontré a tantos amigos de otros países, que como yo se creían probablemente revolucionarios adoptivos. Pero ahora, cuando han pasado tantos años, cuando he bebido tantos cafés en El Nacional, creo que el Capri estaba en reparaciones, no me he atrevido a pedir mi carnet de amigo de Cuba, aunque supongo que no existe.

Lo terrible es que llegas al final del camino, algo de eso canta Roberto Carlos, y te das cuenta de que solo te quedan tres amigos. Y que ya no habrá más café invitado en el lobby del Capri. Ustedes perdonen por el sentimentalismo. Cuba me dio muchas alegrías porque me hizo creer que podían tenerse dos nacionalidades o por lo menos dos opciones de vida, pero todo era un cuento que me contó una noche en que en un ascensor averiado del Hotel Nacional, un camarero que parecía salido de “Fresa y chocolate” y me ayudó a pasar el tiempo de la reparación tomándonos mil y un ron, bueno, algo menos. Buenos tiempos. Tiempos felices. Pero, ahora, sin Fidel Castro y sin Alfredo Guevara, ¿quién me va a invitar a un ron con cachos de hielo y a un rato de conversación en tono de iglesia?