Y Barry White cantaba

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Barry White cantaba, yo escuchaba en mi cuarto de El reposo feliz, establecimiento situado en la cúspide de la colina de mi isla africana donde había llegado para un reportaje.El psiquiatra jefe, al que entrevistaba con toda mi experiencia de “vacheries” como primera presa del reportaje comenzado dos días atrás para una revista ultra elegante, me convenció de quedarme allí para poder entender mejor a sus clientes. Nunca les llamaba pacientes ni locos de remate. La finca se alzaba en lo alto del monte, justo al lado de una conocida sala de fiestas, con lo cual muchos de sus clientes  terminaban por convertirse en pacientes de nuestra maravillosa loquería, donde Esther William venía una vez por semana para enseñarnos a nadar, bueno a los locos, que yo no era más que un observador, mientras que la orquesta de Xavier Cugat, salida de la nada, en fin de cajones enormes llegados del pasado presente pretérito, nos deleitaba con sus violines mágicos. ¿Nunca se ha enamorado usted de Esther Williams? Yo sí, una vez por la mañana y otra por la noche, cuando las luces se retiraban y ella me daba un beso porque decía que era su tío más querido. Teníamos la misma edad, o al menos lo parecíamos.

Me soltaron el día catorce del año primero de Mayo del 68 ya que los revoltosos de París lo habían pedido al director porque, decían los inocentes, necesitaban un jefe de prensa capaz de convertir aquella insensata rebelión en algo plausible, sobre todo desde que el general-presidente Charles de Gaulle se había refugiado con un helicóptero de combate en una base militar en Alemania Federal, con la que años atrás el mundo entero se había enfrentado en busca de los nazis cabrones que desestabilizaban la democracia. Me perdí en las callejuelas de Tánger, donde me expropiaron, leve manera de decir que me asaltaron, me robaron y el resto. Mohamed Chukri, cantor de las letras marroquíes, nos asombraba con sus cosas aunque para todos había sido un árabe analfabeto fuera de los circuitos en los que se movían los Paul Bowles norteamericanos. Lástima, Ernest Hemingway andaba por Europa, porque el pobre mío creía que la civilización sería siempre un pedazo de Europa, maquillada por la II Guerra Mundial, asaltada por los norteamericanos y apañada con el café au lait.

En este nido de cucos, donde finalmente sí te gustaría vivir como huésped fijo e inamovible, me tropecé con un libro de inquietante portada, “Freud, Epistolario” y el careto del médico que tanto hizo para que nos volviésemos majareta adecuadamente. No imaginaba a este genio enamorado, aunque es cierto que no fue un loquero al uso. Intelectual de alta montaña, erudito, muy en avance para su tiempo, donde él estaba inventando algo que luego se llamaría psiquiatría. Pero está claro que Sigmund Freud fue también hombre, y como tal enamorado o hasta enamoradizo.

El 14 de Junio de 1882 escribe desde su casa en Viena a Martha Bernays, que ese verano no está en la capital de Austria. Después de una introducción un tanto sorprendente (“mi preciosa y amada niña”). Freud baja del pedestal para admitir sus debilidades: “No he logrado aún hacerme del todo a la idea de lo nuestro, y si no estuviera frente a mi esa elegante cajita y tu dulce retrato, imaginaría que todo había sido un mero sueño encantador y temería despertar”.

¿Qué habría en esa cajita que menciona varias veces con un deje misterioso?

“Reposa tu imagen en la cajita que me diste…”

¿Era la tal Martha una adelantada en las artes amorosas y había subyugado a su amante con juegos que ni él había podido imaginar?

No habría que olvidar que en la burguesa Viena de la época hubo, según cuentan, un ginecólogo muy mundano que en poco tiempo se convirtió en el chéri de todas las damas de la alta sociedad con problemas de fertilidad. Agregan que el hombre les prometía curarlas y hacer que pudiesen tener descendencia. Hasta que al cabo de los años alguien se fue de la lengua.

Recibía a sus pacientes en una lujosa y discretísima consulta donde, sin ninguna enfermera a la vista, las hacía desnudar y tender en una camilla de reconocimiento. Y acto seguido les aplicaba su método que por lo que se decía consistía esencialmente en una especie de ventilador que en lugar de aspas tenía plumas de aves. “Desinhibía” a las mujeres aplicándoles el aparato en la vagina, donde las plumas y el aire provocaban, al parecer, hablamos de oídas y de leídas, una más que agradable sensación. Algo que luego, con Freud, se llamó orgasmo.