Havana Club con habichuelas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Se sentó como otras veces para dar una charla sobre uno de sus libros, donde hablaba, como le ocurría desde que había atravesado el ecuador de lo permitido, de amor entre dos personas sin los frenos absurdos que impone la sociedad.Una muchacha de apenas 30 años, con esa clase que solo se ve en las revistas de moda y en algunas películas de Stanley Donen y con algo particular en la mirada. Tenía los ojos llenos de amor arrepentido, fallido o no utilizado. Le había preguntado muy bajito, le recordó a sus viejos tiempos de confesionario, hasta qué edad podía amarse, ilusionarse por un hombre o una mujer. El conferenciante, que segundos antes acababa de recibir uno de esos mensajes instantáneos que te transmiten unos aparatos que sirven de teléfono, cámara fotográfico y otras cosas que él todavía no había alcanzado a descubrir, contestó sin pensarlo. -Se puede amar hasta el momento de la cremación. Hubo un silencio, los escritores siempre dicen que son pesados los silencios, pero a él le pareció a gloria porque así tenía tiempo de pensar en el mensaje recién recibido.Cuando volvió a mirar al público se dio cuenta de que la muchacha tenía los ojos llenos de lágrimas silenciosas.Durante tediosos veinte o treinta minutos siguió contestando a preguntas más imbéciles unas que otras. La gente se siente feliz cuando pregunta algo a alguien que considera superior, porque se imagina que participa de su vida, que se está entremetiendo en sus asuntos.

Volvieron a encontrarse a la puerta del ascensor. Los dos se las arreglaron para estar juntos en el fondo.

-¿Tiene tiempo para tomar un café? Me gustaría contarle algo.

-Si le parece tomemos otra cosa, contestó él.

Y en ese preciso momento, cuando el último pasajero había desembarcado, el conferenciante se dio cuenta de que no tenía ganas de hablar. Había acudido a aquella conferencia o cómo diablos se llamase porque se aburría en su hotel y porque le pagaban. Mal pero algo. El último tuit recibido decía: “Ventas catastróficas. Dos ejemplares en seis semanas. Anulamos lanzamiento”.Pero se dio cuenta de que ya estaban en un café silencioso, extraño en aquella ciudad donde el ruido era el corazón de toda la vida. Cuando ellos entraron había un murmullo de multitud. Nada más sentarse no oyeron más que espectro de la camarera que les preguntaba qué querían tomar.

-Me llamo Lisa y soy profesora de Literatura en un colegio de esta ciudad. He tenido un amante hasta que falleció hace unos meses. Nos amábamos locamente pero ni mi familia ni la suya estaban de acuerdo con nuestras relaciones y esta ciudad es poco menos que un pueblo por mucha playa que tenga y mucho extranjero que tome el sol. Él era casi cuarenta años mayor que yo. Toda su vida había sido profesor y durante unos años yo fui su alumna. Me enamoré de él, pese a esa enorme diferencia de años, la primera vez que nos dio clase.

Él escuchaba como hacen los buenos profesores. La edad de ese amante era casi la suya, bueno unos añitos menos, se dijo con coquetería. Ella siguió confesándose mientras le ponían una taza negra delante.

-Era un hombre fantástico, de una gran inteligencia. Le pedí que me hiciera un niño pero él tenía reparos. Decía que no le vería crecer, pero yo deseaba que engendrase alguien que pudiese quizá parecerse a él. Tener su inteligencia, su sensibilidad. Era una apuesta. Pero no pudo ser.

Escuchó atentamente y luego habló:

-Lisa, el amor es algo muy complicado. Y tener un hijo una responsabilidad inmensa. Es cierto que a veces las parejas tan dispares suelen dar resultado. Después de todo dicen que en la edad está la sabiduría. Escupía cualquier tontería, lo que le daba la gana, para el tiempo que le quedaba lo que más le gustaba era epatar, dejar a los animalitos que se cruzaban en su camino dispuestos a utilizar una célula para pensar.Se metió en un supermercado donde tenían la revista en la que él miraba su horóscopo. Nunca lo compraba porque decía que eso sería una transacción vil y podía darle mala suerte. “Tus sueños van camino de cumplirse”, decía textualmente para la semana próxima. Quedó tan eufórico que se compró una lata grande de fabada y una botella de ron Havana. Subió a la habitación del hotel que le habían reservado en la editorial, tu última firma, vejete, se decía él mismo, y le pidió a una camarera que le calentara la fabada y se la sirviera en un plato de porcelana, sin olvidar los cubiertos. La chiquilla, que era nueva y aquel hombre le imponía mucho porque en la recepción le habían dicho que era un escritor muy famoso, obedeció. La fabada y la botella le habían costado más que el último pago de derechos de autor de la editorial correspondiente al último trimestre que había incluido el Día del Padre.

La solitaria fabada en el solitario plato situado en el centro del solitario mantel también blanco le parecieron un festín en el Maxim’s de París, donde en tiempos, cuando vendía libro y le paraban en la calle, iba a menudo. Allí, en una noche de muchos violines y más champán había conocido a Julie, una muchacha deliciosa que cenaba con sus padres. Bailaron dos veces y cuando empezó el tercer baile bajaron las escaleras y desaparecieron en la Rue Royale. Tres meses y seis días refugiados en la Costa Azul.

Durante tres meses fue un idilio de película en colores y pantalla panorámica. Sus libros se vendían muy bien y Julie decía que le adoraba. En realidad nunca supo cuando empezó la cuesta abajo. La mañana en que recibió la última liquidación de la editorial creyó que le habían gastado una broma. Tres libros vendidos en tres meses. Y él vivía al día. Su editor le contó que las cosas iban mal en la industria y que no podía adelantarle el dinero que le pedía. Al día siguiente tomó un avión para un lugar situado en la punta de África, con una maleta llena de libros.Y allí se encontraba. Los libros que le quedaban los regalaba. Por lo menos le había quedado para esta cena.Cuando terminó la botella de Havana se sacó del bolsillo una caja de pastillas para la tos, decía el embalaje. A las diez de la mañana, la misma camarera que le había servido la suntuosa fabada llamó, pidió permiso para hacer la habitación y entró. Estaba atravesado en la cama y por mucho que le sacudió no se movió.

El médico de la ambulancia acudió con la parsimonia del que sabe.

Dos minutos después recogía sus bártulos:

-Está muerto, probablemente desde hace varias horas. Y al parecer la muerte se debió a una excesiva ingestión de barbitúricos, tomados con alcohol.Al lado del finado yacían la botella de ron vacía y varios tubos de barbitúricos según las etiquetas.Como no le encontraron dinero encima y no pudieron localizar a nadie que le conociese, el hotel traspasó el caso a los servicios sociales de la alcaldía y lo enterraron sin flores ni coronas.