40 años para ser periodista

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me muero de risa, el ombligo se me sube al ojo izquierdo de pura felicidad. ¿Y decir que yo no tuve que sufrir todo esto que una gran parte de los periodistas que en el mundo son tienen que padecer?. ¿Qué sabrá el chanta chalado ese, porque presume de haber estado en la Agencia France Presse (AFP), París, Francia, capital del mundo?. Me dan mucha pena todos estos chavalitos que sacan de las escuelas de Ciencias de la Información (casi nada) , por decir algo, y los meten en un periódico como si eso no fuera cosa de profesionales, de gente que sabe, de gente que aprende, aprende despacito, muy despacito, pero seguro. Tengo una carpeta verde que son mis universidades, donde en cada hoja el presidente director general de la AFP, del director general y de qué se yo cuántos personajes, me mandaban mensualmente un contrato. Cada contrato quería decir, sobre todos los primeros, que no había retrocedido, que quizá había aprendido algo, y que por el momento podía seguir trabajando en la que sigue siendo la primera agencia de prensa del mundo con la norteamericana Associated Press. Pero quizá me equivoque. Me decían que siguiera así y que si todo iba bien al mes que viene me renovarían por un ratito más. Era gente muy prudente. No te echaban a la calle así como así. Te daban una oportunidad. En aquella AFP, a los aprendices, aunque hubieses podido probar tu saber periodístico antes del primer contrato, se les enseñaba con el rigor de encontrarte en la calle si no atendías a lo que te decían.

No era ese choteo de otros que porque han hecho un máster en periodismo, (¿qué será eso?) ya se sienta en una Redacción, o en su casa, y empieza su carrera que puede llegar a los cielos o al infierno. No sé cómo es ahora, pero fíjense, cuando salí de la AFP motu proprio, porque veía cómo la mediocridad se instalaba en muchos puestos de responsabilidad en español, al cabo de cuarenta años de contratos como los que les he contado, mes a mes hasta los tres años en que ya pensaban que podían dejarte escribir en serio, me dí cuenta de que acababa de aprender a ser periodista.

Cuarenta años y algunos días tardé en darme cuenta de que por fin había aprendido ese oficio de dioses griegos que otros, sobre todo los que quieren servirse del periodismo para correr detrás de carreras políticas, o quieren ser ESCRITORES, la realizan con el dedo gordo del pie izquierdo y sin ser zurdos.

Ahora, tras estos 40 años de aprendizaje, me considero un periodista consciente y un buen escribidor, nada de escritor.El periodista es ese señor que escribe y escribe sobre todo, sobre nada, sobre lo que sabe y, sobre todo sobre lo que no sabe pero que tiene que aprenderlo y lo aprende con paciencia y buena pluma. Y fatalmente aprende a escribir. Es como el carnicero que se pasa el día cortando filetes. Claro que algunos carniceros terminan pronto porque en lugar de carne se cortan un dedo. A la AFP nos llegaban “periodistas experimentados” con curriculums patagónicos. Habían escrito en no sé cuántos periódicos pero además habían tenido los medios de pagarse previamente una escuela de periodismo de esas que en algunos países son florecientes negocios. Un día nos llegó un aspirante, alrededor de 35 años de vida, que además nos traía un diploma de lo más rimbombante de arquitecto.

El jefe de Desk, que por entonces fumaba en pipa, los puros de Fidel Castro con el que anduvo una temporada en Cuba al comienzo de la Revolución no se le habían pegado, le dijo a uno de nosotros que le hiciéramos pasar al recién llegado tan bonitamente vestido el test que utilizábamos para todos los aspirantes a ser redactores de la AFP. Nuestro aspirante se sentó, preparó sus bártulos y le dimos las seis o siete hojas del test, que incluía una traducción en francés, otra en inglés, redactar un a información a partir de una indicación como “Ha ardido un tren”, reducir una información demasiado densa y lo contrario. Creo que se les daban dos o tres horas para pergeñar todo aquello. Nuestro periodista-arquitecto se instaló, observado de reojo por una parte de los redactores que en aquel momento habían preferido asistir al espectáculo en lugar de ir a la cafetería a tomar un café o fumarse un cigarrillo. Creo que no pasó una hora cuando el postulante se puso su chaqueta, que se había quitado probablemente para que la sesera le funcionara mejor, se alisó el pelo, nos dedicó una sonrisa y dijo más o menos (no me pidan que recuerde con exactitud tantos años después);

-Gracias. Pero veo que esto no es para mí. Muchas gracias y buenas noches.Hubo algún redactor que al comienzo de los tiempos había tenido que pasar por aquella prueba para gente que amara el periodismo no para figurantes que se retuvo un poquito y espero a que el arquitecto llegase a una distancia prudencial para soltar la carcajada. Otros, sin la menor piedad, se envolvieron en risotadas sin cortarse demasiado y sin tener la menor caridad cristiana. Pero créanme si les digo que hasta que los militares tomaron el poder en Argentina, vivimos años muy felices en la AFP de París. ¿Qué qué tienen que ver los militares con el periodismo? Supongo que nada, aunque ya tuvimos un arquitecto, pero el ambiente cambió con la llegada de algunos periodistas argentino que huían o eso creía yo de Argentina. Había gente magnífica y estupendos profesionales. Y otros que no lo eran tanto. Uno era genial. Estuvo poco tiempo. Se convirtió en gobernador de una provincia de Argentina donde destacaba porque se pasaba el día mascando hojas de coca como un poseso

El caso es que cuando terminé mi contrato como director de la AFP en Brasilia decidí que ya había aprendido bastante aunque me quedasen tantas cosas que saber. Y regresé a París, porque, como en la película Casablanca, a los periodistas de la AFP siempre nos quedaba París. No tengo la lista de los periodistas a los que yo acompañé en aquellos cuarenta años en los que tardé en aprender lo que era el periodismo. Supongo que otros más listos tardarán menos, pero yo llegaba de Tánger, aquella ciudad internacional, y quizá estaba más atrasadillo. Cuando regresé a París para firmar mis últimos contratos, pedí ser recibido por el Presidente Director General y antes de que me ofreciese la taza de café regularcillo le dije en francés y con una pronunciación exquisita: “Presidente, quiero advertirle que dejándome marchar pierde usted al mejor periodista que ha tenido esta agencia”.

El flaquito, no le sobraban ni cien gramos, me miró con ojos desorbitados, digirió mi sentencia tres o cuatro o segundos y entonces le pidió a su secretaria el maldito café. Lo malo es que con esta profesión no la dejas nunca. Yo tarde 40 años en aprenderla pero sigo ejerciéndola. Ya no me pagan un real por mis colaboraciones pero gracias a los medios de comunicación de que disponemos mis artículos y otras locuras las recibe quien a mí me da la gana.

Hombre, me hubiera gustado estar en tiempos pasados y dejar que los muchachos que vendían el gran diario France-Soir por las calles más tumultuosas de París, pudieran hacer con mis artículos algo parecido: “¡Ya ha salido el último artículo de Sergio Berrocal! ¡Compren el último artículo de Sergio Berrocal!” Confieso sin rubor que me hubiese hecho mucha ilusión. Pero, qué quieren ustedes, no siempre se hace lo que se quiere.