El Don

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Intentaba llegar al final y aunque sabía que ya estaba cerca el camino, le parecía demasiado largo, con tantos obstáculos que pensó que nunca llegaría.Le asustaba la ruta porque surgían nuevos problemas, nuevos obstáculos, que no estaba seguro de poder vencer así como así. Le asustaba el camino porque le temía a nuevas barreras, a más barreras que le parecían infranqueables porque nunca había tenido que saltarlas. Otra vez volvían los viejos miedos que no le abandonaban nunca y que le acompañaban desde tantos años que ya le parecía que había nacido con ellos. Llegó a pensar que toda la culpa era suya. Que los miedos los mandaba él mismo porque no sabía estar solo ni teniendo que pagar un precio tan alto.Voy a tener que recurrir a la pildorita blanca, blanca como la inocencia. Le había cogido cariño porque no le pedía nada a cambio de apaciguar sus pánicos. Ni siquiera una caricia. Una noche de amor. Un ratito de amor. Las pastillas no tenían sexo. En la tele, una familia de policías irlandeses católicos de los de las guerras de religiones bendice la mesa. ¿Será que rezar con fe y humildad ayuda? La verdad es que lo había hecho durante años pero no había notado ningún cambio en sus angustias. ¿Será Satanás más poderoso que el mismísimo Dios? A menos que después de la breve oración de la comida los más débiles no tuviesen que recurrir a la pastillita blanca.

Habría gente que rezaría delante del televisor, pidiendo a personajes que triunfan que les diesen un poco de suerte. Pero no estaba seguro. Siempre se acordaba de aquel muchachito, Jean Dean, que se mató cuando paseaba con su Porsche. Y tener un Porsche en aquellos tiempos no era casi nada. Además de poseer el título de ídolo de todo un mundo lleno de gente desesperada.

Los norteamericanos son estadísticas, ven mucha más televisión que los europeos y no parecen más felices. Al contrario se les nota siempre angustiados con el plan de salud que no llegan a pagar suficientemente para que los niños luzcan dentaduras impecables. Y eso que ganan muchísimo más que los europeos y que tienen un país que según dice la propaganda da posibilidades a todo el mundo, incluso a quienes no las quieren. Porque también tienen sus rebeldes. Los multimillonarios que prefieren Puerto Príncipe.

Sin contar que tienen muchas más iglesias que los europeos, porque no solo están los católicos, sino los protestantes de mil iglesias y una ristra interminable de confesiones de todo tipo, testigos de todos los santos y diablos. El presidente Georges W. Busch estaba convencido de que invadía Irak y lo que se le pusiera por delante en nombre de Dios. Cuentan, o más bien contaban, que pertenecía a una secta muy rígida. ¿Pero sería más feliz? ¿Habrá sido más feliz mandando matar a multitudes que llenarían los vagones del metro de Nueva York solo porque estaba convencido de que Dios lo quería así?

Tal vez sea que los europeos no sabemos manejar las religiones y no ponemos en competición diferentes deidades para crear competencia y obtener mejores condiciones. Los europeos ni siquiera pedimos atacar a los infieles como cuando aquellas cruzadas tan teatrales de Broadway, con tanto caballo y tantas cruces. ¿Serían más felices? En realidad dicen que muchos de los señores que dejaban guardando el castillo a sus señoras, las amas del castillo, claro, y a los más fieles de entre los fieles, cuando volvían se encontraban con que su prole había aumentado. Pero como eran tan religiosos es posible que les pareciera normal y agradecieran de rodillas besando la falda de su Señora. Ni siquiera se les ocurría pensar que el autor de aquellos dos niños era una repetitiva inyección de esperma ofrecida gentilmente por el fiel y joven jefe de su guardia personal. Y que la dama guardaba entre sus faldas, como un personaje de Anaïs Nim. Eran muy inocentes y por eso quizá Dios los quería y no necesitaban ni pastillitas blancas para quitarse las angustias. Pero, ¿cómo iba a sospechar aquel rey cuando veía que a su hombre de confianza le habían nacido al mismo tiempo otras dos niñas rubias de su esposa legítima? Lo de los dos niños surgidos durante las cruzadas era cosa de Dios, seguramente.

Pero, fuera de las cruzadas, ¿será que para ser feliz hay que ser por lo menos futbolista o carpintero? ¿No se elegirá a los felices por el oficio que ejerzan?

Dicen que Jesús fue carpintero, aunque yo creo que no sabía clavar un clavo porque con todos los milagros y los sermones que tenía que arreglar durante todo el día, y siempre quedaba algún milagro para una boda, poco tiempo le quedaba.Si los romanos no hubiesen crucificado a Jesús quizá un día habría perdido el don maravilloso que tenía de hacer feliz a la gente.Cuando tú eras pequeño, tus abuelos dijeron que habías nacido con un don que nadie tenía. Como no tenías edad para creértelo fuiste a la escuela y no te largaste por los campos a predicar y contar cuentos de Mark Twain.Pero poco antes de morirse, tu abuelo te dijo que aquel don de nacimiento se te había ido. Que ya no tenías ningún don y que siguieras trabajando de oficinista en la fábrica de tu primo Alberto y te dejases de escribir esas cosas tan raras que nadie leía aunque estuviesen limpiamente mecanografiadas. Claro que aquello era de cuando Dalía la pelirroja, que también sabía escribir a máquina, se encaprichó de ti. Hasta que una tarde que la cogiste con tu primo hermano en la cama donde habíais sido tan golosamente felices, ella puso los brazos en jarra y te dijo que claro que te dejaba, te abandonaba porque habías perdido el don. ¿El don de qué? ¿El don de aparentar lo que nunca habías sido?