Cuba, curada de espantos, aunque el vecino no se entere

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Desde que abrí los ojos a la revolución hace 60 años, no recuerdo en esta isla ni un suspiro de sosiego. Siempre entre tormentas creció y se curtió mi generación, buena parte de ella empecinada en ordenar de otra manera las cosas en el país, a fin de que cupieran todos, sin que determinaran herencias, sexos, colores o apellidos. Para nosotros esa era y es la revolución, y hoy podría afirmar, con los riesgos que siempre acompañan a cualquier afirmación rotunda, que a esta altura del partido estamos curados de espantos, aunque no se haya enterado el vecino que nos toca. El último día de abril, el emperador del Norte -nada que ver con Juego de Tronos- anunció que si las tropas cubanas que presuntamente se encuentran en Venezuela “no detienen de inmediato las operaciones militares (…), un total y completo embargo, junto con sanciones del más alto nivel, serán impuestos sobre Cuba”. Una acción similar adoptó EU durante la llamada Crisis de los Misiles nucleares soviéticos desplegados en la isla en 1962. Y el 2 de mayo, su majestad puso en práctica lo que aquí se considera “las más brutales” sanciones económicas impuestas por Estados Unidos, esta vez a fin de ahuyentar la inversión extranjera que Cuba necesita con urgencia para revivir la economía. Esto equivale a activar los títulos III y IV de la denominada Ley Helms Burton, que permanecían suspendidos desde su promulgación en 1996 por el rechazo de la Unión Europea (UE) y otros países con negocios en Cuba. Tales títulos facultan a estadounidenses y a cubano-americanos cuyas propiedades fueron confiscadas al triunfo de la revolución de 1959, a demandar ante tribunales de EU a empresas extranjeras o nacionales que “trafiquen” con las que fueron sus bienes, y prohíbe la entrada al país norteño a los demandados. El emperador aprobó además una reducción en el envío de remesas a la isla e impuso nuevas prohibiciones a los estadounidenses para viajar al país caribeño.

No me detengo en las reacciones a favor de los cubanos-americanos, que mandaron en la isla hasta 1959, cuando recogieron sus bártulos y corrieron hacia el Norte –después de algunos tiros y bombazos-, a la espera de que los de allá los ayudaran a recuperar lo perdido. Tampoco ahondaré en las reacciones en contra de que los que siguen viviendo en la isla curados de vientos y mareas o de la mismísima UE, que este 2 de mayo dijo que la aplicación extraterritorial de medidas restrictivas unilaterales contraviene el derecho internacional, por lo que recurrirá a todas las acciones adecuadas para abordar las consecuencias, incluidos sus derechos en la Organización Mundial del Comercio y el uso de su Estatuto de Bloqueo. No me extenderé en las reacciones a favor o en contra porque muy pocas veces, en este planeta donde la manipulación mediática ha sustituido al periodismo, han sido tan claras las intenciones del emperador. Estimo que cualquiera aquí, allá o más allá, puede entender de qué van las nuevas amenazas y sanciones.

Ir por un camino distinto al fijado por los que siempre han dictados las pautas, tiene un alto costo, y si además, en el andar por ese caminito distinto y desconocido los irreverentes tienen la osadía de hacerle unas cuantas rayas a la prepotencia del tigre, pues usted me dirá si no es difícil dejar a un lado los caminitos trillados. Ya lo he dicho, mi generación y la anterior no creyó en tigres, queda por ver si los que siguen se dejarán asustar por los espantos.

 

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