Adiós

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“Olvide y vivirá”. La mujer llevaba una bata blanca de hospital elegante. En todo este tiempo había aprendido a distinguir. Desde aquel consultorio o como quiera que se llamara, donde no se trataba la sífilis con permanganato de sodio, o eso le dijeron, porque los ricos no tienen sífilis tan vulgar, ella era la encargada de los locos.La mujer que le había dado el diagnóstico sabía que era una tontería y él estaba convencido de que lo era. Pese a ello le sonrió. Ella sabía que sufría la locura del desamor, del sufrimiento y del puedo pero no quiero. Por eso le pareció interesante y le dio unos cuantos frascos que tenía de muestra: “Cuando los termine, si no se ha curado, búsquese un médico de verdad que lo encierre”. A la mañana siguiente, cuando fue a recoger una cartera que había olvidado, volvió a verla. “¿Olvidar qué?”, le preguntó sin siquiera saludarla. Ella se ajustó el cuello de la bata, evitó que una estilográfica se estrellara en el suelo y sin mirarlo le conteste: “Olvide todo lo que no quiere recordar. Pero imagino que serán muchas cosas”, desgranó mientras andaban hacia la salida.El tercer encuentro fue en un restaurante, Carpe Diem, adonde acudía todo lo que de gente vistosa tenía Brasilia. Ella le dejó sentarse en la silla de frente y por primera vez en cuatro días le sonrió.

 

“He recordado –le dijo él– que sí tenía ganas de volver a verla”.Cuando se separaron en el tercer piso del Hotel Plaza, después de que contemplasen la ciudad, extraña ciudad, desde los ventanales discretos, ella le besó como quien agradece un servicio, recogió discretamente su braga y volvió a besarle. “Era parte del tratamiento”, sonrió ella con sorna. “Me sigo sintiendo tan mal como al comienzo”, advirtió él. Van Gogh, Pissarro y Manet habían empezado a pintar la noche de Brasilia. Era un espectáculo único que solo algunos que miraban al fondo del cielo en ese momento podrían contemplar. La gente tenía la costumbre de mirar al suelo, Dios sabe por qué. Para los que conocían el secreto era una alegría tener ese espectáculo para ellos solos. Se lo enseñó y ella quedó entusiasmada.Aquella extraña y bella muchacha, la médica, le había dado una extraña receta: Olvidar. ¿Cómo podía olvidar cuando todos son recuerdos imborrables, que no quieren marcharse?La muchacha del Movimiento de campesinos sin tierras (MST) que dos días antes le había vendido su propia fotografía desnuda en la portada de una revista –“todo es bueno para hacer publicidad”, le había dicho al darle el cambio—seguía en el mismo sitio, con esa paciencia infinita de la gente del nordeste, donde sabes que no lloverá, pero que hay que esperar a que llueva. O morirse. O irse a acabar de morirse a Brasilia.

Se bajó del coche y se le acercó. Era una de las mujeres más bellas que conocía en Brasilia y nadie tenía nada que decir de ella. Vendía sus revistas, otras veces gorras rojas y solo sus compañeros, los que habían estado dando chancletazos en el centro días atrás, sabían quizá algo más de ella. Quizá ni existiese.Hablaron bajo el sol maravilloso, que no calienta más que de día. Al cabo de un momento, la muchacha le dio sin saberlo el mismo consejo que la psicóloga: “Esquece” (Olvida), aunque agregó “lindo”, que no estaba en el guión.Aquella misma tarde aterrizaba en el aeropuerto de Fortaleza, en el Ceará profundo, uno de las fronteras civilizadas del nordeste brasileño. Pasó unas horas con un portugués que había conocido en un reportaje y que tenía la discoteca más famosa del lugar, después de haber hecho fortuna pescando langostas.Pasaron dos horas en coche antes de que parase. Le dio las llaves de una casita que estaba al borde de la arena transparente del mar. Y él le tendió un sobre marrón.Unos meses después, se señaló su desaparición. Solo el afortunado pescador de langostas sabía o creía saber donde estaba. Para el resto del mundo se lo había tragado la tierra.