Brasil: la prostitución del hambre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Por lo visto, por lo que él mismo dice, el que fuera capitán de Paracaidistas, diputado y ahora Presidente de la República de Brasil, Jair Bolsonaro, no quiere saber nada de paraíso gay en Brasil, homosexuales. maricones en lenguaje vulgar y latino.Si quieren venir, quienes sean, a estar con mujeres, adelante, explica, pero gays ni hablar. Este es más o menos el pensamiento político-religioso-científico del hombre que habla casi tanto como su amigo norteamericano Donald Trump, pone tuits. Por algo dicen que Bolsonaro es el Trump tropical. Viví y trabajé unos años en Brasil y no recuerdo que hubiese líos con los gays. A mí, lo que me extraña es que entonces, hacia el año dos mil, el gran problema de Brasil no eran los señores que prefieren pasear por la acera de enfrente sino otros mucho más peligrosos, los pederastas, que por lo visto iban de vacaciones a Brasil en busca de niños, como hacen en algún que otro país asiático. Había carteles en los que se señalaba a los extranjeros que el gobierno vigilaba. Ojito, parecían decir aquellos trozos de cartón. Pero la verdad es que según testimonios más que fiables entonces existía un mercado para los pederastas europeos. Ignoro si hoy es igual. Estaba principalmente en el nordeste, la parte más pobre y necesitada de Brasil. Cito mi propio libro “Brasil, infierno y paraíso”: Unos cuatro millones de menores, cuyas edades oscilan entre los cinco y los catorce años, se ven obligados a trabajar en todo Brasil, especialmente en labores sumamente agotadoras como el corte de caña de azúcar o las carboneras, para las cuales se necesita la flexibilidad de sus cuerpos”.

Se calculaba entonces que más de un millón de niños y niñas “se prostituyen, por la misma necesidad que trabajan en vez de jugar, la necesidad de sobrevivir”.La prensa brasileña daba de vez en cuando cuenta del descubrimiento de redes de tráfico de prostitución infantil, sobre todo en la región nordestina. Citaban incluso los nombres de establecimientos nocturnos donde tenía lugar este deleznable comercio, publicando todo tipo de fotos. La tragedia de la prostitución infantil era la de la miseria. Y más de un diario hablaba de niñas a las que sus propios padres mandaban a las calles a buscarse la vida porque en casa no había para comer.Vi, me hablaron y comprobé que en la capital del estado nordestino de Ceará, Fortaleza, muchachitas que apenas salían de la infancia andaban por las esquinas como profesionales en busca de unos reales, que a menudo podía venir de un coche que se paraba un momento, el tiempo de recogerlas. Pocas palabras bastaban.

Pero es cierto que el gobierno, pese a sus avisos a los extranjeros sobre la tentación de meter las manos y lo que fuera en los menores, tenía la obsesión de que todo venía del trabajo infantil. “El problema del trabajo infantil –decía un documento oficial editado por la Presidencia de la República en 1998—está asociado a la desigualdad, a la pobreza y a la exclusión social existentes, pero se agrava debido a otros factores de tipo cultural, económico y de organización social de la producción. Existe una cultura que incluye a los críos en la fuerza del trabajo para evitar que ociosidad pueda conducirlos a la delincuencia”.

En aquellos años reinaba en Brasil Fernando Henrique Cardoso, sociólogo formado en la exquisita Sorbona de París siempre muy elegante pero al que no se le caía la cara de vergüenza de que se publicase un “documento” como el que acabo de señalarles. Durante una reunión en la Cámara de Diputados, un charlatán sindicalista trataba de justificarnos que los niños tuviesen que romperse las manos cortando caña o exponiéndose a peores riesgos metiéndose en un horno para fabricar carbón. Ese sindicalista tuvo la desvergüenza de decir que aunque es una lacra social, “no existe la menor duda de que es preferible que un chiquillo esté trabajando en lugar de que se meta en el tráfico de drogas”, refiriéndose a los narcotraficantes de las favelas de Río que usan a los menores como mensajeros. Las favelas están lejos del nordeste. Me levanté y en mi brasileño poco hecho para hablar con ratas que presumían de sindicalismo y de izquierda le puse verde. No sé si me entendió, pero se calló por lo menos.

En la bella ciudad nordestina de Fortaleza existían locales, en general al aire libre, así se evitaba probablemente el gasto del aire acondicionado, a los que al caer la noche acudían muchachas apenas salidas de la pubertad, si es que alguna vez habían pasado por allí, que esperaban la llegada de un macho. Estuve en uno de ellos muy frecuentado por extranjeros. Había muchos italianos, que iban a lo que iban. El propietario del local, un hombre joven de origen portugués que había montado su chiringuito con lo que había ganado pescando langostas, me dio una versión menos terrible que la prostitución pura y simple del consumo inmediato.

“Muchas muchachas se ennovian con extranjeros –decía—entre los que hay muchos italianos. Y ocurre bastante a menudo que cuando los turistas se vuelven a casa, si el enamoramiento ha cuajado se las llevan con ellos”. Una chiquilla, que disimulaba sus pocos años en un exceso de pinturas, no le parecía nada mal alternar con esos hombres que llegaban con dinero para gastar durante las vacaciones. Una de ellas estaba muy orgullosa porque, me decía, la llevaba durante el día a lugares solo eran frecuentados por las damas de la clase media-alta de Fortaleza. Una especie de venganza sobre la vida. En lugares donde la pobreza era tan extremosa como el noreste de Brasil –ahora quizá con el nuevo presidente las cosas hayan cambiado—ese tejemaneje de muchachas con extranjeros casi me pareció un alivio. Les daban de comer, las trataban bien, según me contaron algunas, no tenían que cortar caña y con un poco de suerte huían de allí en un avión. Porque, al menos en aquellos tiempos de mis cuentos, los niños, los menores, no eran más que un engorro para la mayoría de los padres. Los políticos eran tan conscientes de ello que durante las elecciones ofrecían una ligadura de trompas a las votantes, encantadas de no tener que parir seres cuyas posibilidades de sobrevivir en condiciones decentes eran mínimas.Es por este cuento que les cuento y que podría continuar por lo que no entiendo que el señor Presidente Bolsonaro se preocupe tanto por los gays que puedan invadir sus tierras en lugar de resolver el problema de los niños sometidos a la prostitución del hambre.Por cierto, ¿los gays no pescan también en agua donde pululan menores o exigen a sus conquistas tener la mayoría de edad?