¡Qué bonito era aquel periodismo!

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todavía me acuerdo de aquella tarde-noche en que asesinaron a Ernesto Che Guevara en Bolivia. Cosas sucias de la CIA y sus muchachos.Yo acababa de sacar un chocolate que sabía a rayos de la máquina expendedora que una empresa norteamericana o por lo menos prima hermana nos había puesto para que perdiésemos menos tiempos en el ratito constante del café.De pronto, es que todo ocurre de pronto, so animal, el montón de periodistas de guardia en la Redacción de la Agencia France Presse, 13 Place de las Bourse, 75002 París, callaron como si hubiese habido una alerta de bomba de aquellas de aquellos tiempos de terroristas urbanos. Mi adjunto me tendió un cable recién cortado. Decía que habían matado al Che, que el Che, ese tipo argentino y guapetón que todos admirábamos y a quien queríamos parecernos, había caído en una emboscada de tropas bolivianas acompañadas de sus guías de muerte norteamericanos. Era por 1967. El que habíamos recibido era un despacho extraño: LA PAZ- FLASH- El Che ha muerto, según la más alta fuente presidencial. Tiré el vaso de papel con chocolate que le pasó rozando a Heidi, una compañera alemana por la que yo y toda la redacción bebíamos los vientos. Nadie en su sano juicio podía mandar a nuestros miles de periódicos clientes aquel flah. ¿Quién era aquella maldita altísima fuente presidencial? No había una línea de telefonía en la AFP que no buscase números en La Paz. Y al cabo de minutos, que parecían días festivos, tuvimos la explicación. La noticia le había sido “cedida” a nuestro corresponsal por un fotógrafo que se encontraba en el Palacio presidencial donde se celebraba una de esas reuniones inútiles pero con mucho alcohol. Él recogía sus trastos detrás de un mueble y entonces le llegó la voz del Presidente de la República (la más alta fuente presidencial) que le anunciaba al Nuncio apostólico el asesinato (perdón, la muerte) del Che. Fue un día-noche-mañana-fin de época de locura. ¿Cómo podían matar al único hombre que parecía decente en la cochina vida de la política? No estoy seguro de que alguno de nosotros no nos mordiésemos los labios de rabia y de impotencia cuando ya estábamos mandando los despachos propios de esos momentos espantosos, circunstancias, situación del lugar, biografía, semblanza y vaya usted a saber cuántos comentarios más. No era un hecho cualquiera. Se había quebrado un ídolo, y a tiros infames. En aquella redacción en español para América Latina había de todo, anarquistas españoles que habían perdido la guerra de España, señoritos españoles de buena familia que amaban el periodismo como se quiere a una amante perdida, un poeta uruguayo con barba y tristeza. Hasta yo andaba por allí.

Porque, verán ustedes, en aquellos tiempos, creo que casi todos los que estábamos en aquella redacción, adorábamos aquel periodismo maravilloso. Eso creo que se llama ahora vocacional.En ninguna redacción se enterró al Che como en la nuestra, estoy seguro. Porque sabíamos teclear, dar informaciones pero sentir pena y amor. Éramos unos periodistas muy raros. Veníamos de varios puntos geográficos. Hasta había un muchacho peruano que antes había dado clases de español en la Escuela Berlitz de París y que hace unos años, cuando yo me creía feliz, le dieron el Premio Nobel de Literatura. Para morirse. Como si todos aquellos que trabajábamos en aquella Agencia France Presse no lo hubiéramos merecido. Pero, bueno, Mario Vargas Llosa tenía mucho encanto, y un adorable bigotito, en aquellos años y además escribía bien.

Les he hablado de la muerte del Che, pero lo mismo hubiera podido haberles referido nuestros problemas místicos-humanísticos-gramaticales cuando había que traducir un discurso del General-Presidente Charles de Gaulle. Aunque no se lo crean o dejen de creérselo, De Gaulle, el hombre que incendió Canadá gritando con su voz ronca de roquero aquel “Viva el Quebec Libre” (pero en francés que suena mucho más marcial y te corre por la columna vertebral derecho al corazón) era uno de los mejores escritores del planeta Francia. Pero como todos los grandes escritores, y en francés mucho más, sus frases podían decir todo lo contrario de lo que usted creía y cualquier cosa en la que no hubieses pensado. Y como se trataba de poco menos que un sermón en el Monte de los Olivos por su importancia política que afectaba casi siempre al mundo entero… El caso es que tratar de explicar en español lo que decía en SU francés era misión imposible o poco menos.

Y entonces, cuando los altavoces anunciaban que el General estaba a punto de hablar, en la Redacción en español, e imagino que otro tanto ocurría en la de Inglés y hasta en la de Árabe, todos los periodistas sentían una necesidad imperiosa de correr a hacer pipi. Y mientras De Gaulle hablaba, los retretes estaban más concurridos que el banco que teníamos frente a la agencia un final de mes. ¿Qué quieren que les diga? Pasé en aquel monasterio-escuela de periodismo cuarenta años, que contados con los dedos de una mano son muchos años. Algunos compañeros desertaron. Uno se marchó incluso, Ricardo Utrilla, para ser nada menos que Presidente de la Agencia de prensa EFE. Yo no, probablemente porque era más tímido o seguramente porque estaba tan a gusto entre tanto periodista viejo que todos los días te enseñaba que el periodismo es demasiado serio como para que lo ejerza cualquiera, pues me pasé la vida allí dentro.

Luego me mandaron a Madrid, a Brasilia, anduve enamorándome de Cuba pasando por Gander, Canadá porque ya se ha olvidado aquella deliciosa escala obligatoria a la que los yanquis obligaban a los aviones cubanos cuando iban de París a La Habana. Era una delicia. En cuando el aparato de Cubana ponía las ruedas en el suelo helado se organizaba una correría de autos de policía alrededor que no te podías perder. Ya hace tiempo que no paso por la Place de la Bourse porque el enorme edificio de la AFP me traería demasiados recuerdos y es malo para el cutis.

Pero, créanme, ¡que maravillosamente bello era aquel periodismo que hacíamos aquellos aprendices de periodistas!¿Les parece que exagero, que quiero venderles algo? Ya no estoy en edad de vender ni siquiera ilusión. La poca que me queda me la guardo para mí. Pero que sepan los periodistas, alguno quedará, que hubo un tiempo en que era una profesión de elegidos, porque nos pagaban poco y nos exigían mucho. Pero eso no tenía la menor importancia. Creo, de veras, que valía consagrarle lo mejor de nuestras vidas. Aunque tuvieses que tener un coche de segunda mano y controlar los gastos con mucho cuidado. Ahora me dicen que hay hasta periodistas millonarios, en radios, televisiones y otros apartados. Pero no sé si serián tan felices como fuimos nosotros.