Los periodistas también mueren de asco

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nada más triste que un periodista jubilado. De pronto, después de cuarenta años recorriendo el mundo, contando historias aprendidas en varias lenguas, o a veces más modestamente corrigiendo a sus mayores en una Redacción donde se necesitan notas de actualidad, de entretiempo, que si la lluvia, el sol o la Macarena.Grandes periodistas, al filo del escritor, se han curtido en redacciones donde hacía falta una mano firme y culta para corregir lo que otros escribían fuera de la Redacción, a cientos o miles de kilómetros y a cien por hora. Hablo de los años sesenta del siglo pasado, cuando el periodismo era cosa de informar y en Francia una de las categorías periodísticas era la de Grand Reporter (Gran Reportero). Eran entonces los más atrevidos y sobre todo experimentados, mujeres u hombres, a los que se les mandaba a reportear por el mundo, que todavía no habían sido invadidos por el turismo barato y marrullero. El periodismo ha sido siempre una profesión de lujo, aparte. De lujo porque solo podían ejercerla en un tiempo aquellos que necesitaran poco sueldo ya que se pagaba mal. Luego las cosas cambiaron y con la televisión hoy hay periodistas millonarios.Pero no eran aquellos que escribían los avatares del consejo municipal o lo que estaba por ocurrir en la isla de Grenada, en el mar de las mil luces, en el mar Caribe. Ha sido la profesión de Tintin, el personaje de comic que con un tupet y un perrito recorría el mundo para informar a sus lectores belgas o franceses.Luego, en los sesenta, fue el momento periodístico de un futuro Premio Nobel de Literatura como Mario Vargas Llosa y antes de Gabriel García Márquez, que agregaban a la información una brillante escritura.Me hice como periodista en la Agencia France Presse, un templo del periodismo que sigue teniendo su sede al ladito de la Place de la Bourse en París, de donde han salido grandes periodistas y donde se ha hecho en todos los tiempos y en todas las circunstancias información para el mundo entero.

Una agencia de prensa es como un mayorista. Tiene una serie de periodistas por el mundo, a veces más de cien, doscientos, que envían todo tipo de informaciones a la central, desde donde son distribuidas a los cientos de diarios, semanarios, radios y televisiones de los cinco continentes y la mayoría de los cuales no podría mantener un periodista como corresponsal en un punto del globo donde tradicionalmente “no pasa nada”, el colmo de la información, hasta que un día llega un tsunami. Y el periodista de la agencia está allí para informar.

Pero llega el fin del combate. Después de una media de 30/40 años, las reglas sacrosantas entran en acción y un buen día te despiertas sabiendo que esa mañana no tienes que darte prisa para ir al periódico.Y a veces es el drama, porque el periodismo no es una profesión cualquiera. Yo diría que es una profesión de elegidos, a la que acuden muchos, a veces brillantes mentes salidas de escuelas de periodismo de lo más refinado, otros universitarios que se perdieron en el camino, o un albañil que se ha descubierto la necesidad de contar.

Sí, porque aunque en países elitistas donde no se concibe que un camarero-mesero no haya pasado por la universidad o casi, he conocido periodistas que antes, en la guerra de España sin ir más lejos eran guerrilleros y hasta modestos empleados de imprenta.En un noventa por ciento, y quitando las modernas facultades de ciencias de la información que atraen un porcentaje de alumnos que no saben adónde meterse, el periodismo es una profesión vocacional, que en sus mejores tiempos estaba compuesta por gente joven con ganas de conocer el mundo y de darlo a conocer. Porque una reyerta en el pueblo de al lado puede ser tan dramática e interesante que una sublevación en las Maldivas. Todo depende del tratamiento que se le de y de quien la describa.

En los años 2000 del siglo XXI el periodismo es más bien cosa de gente que busca puestos políticos o una vida sin grandes decepciones.En el otro siglo, el siglo de todas las luces periodísticas, periodista era una profesión que saludaban hasta los uniformados que a veces iban a ponerte una multa por mal aparcamiento. Una profesión prestigiosa, difícil, porque además exigían que supieras escribir.Éramos muchos los llamados y poco los elegidos. Pero los que conseguían anclarse en France Presse o en otro gran medio de información, era la gloria de hacer lo que te gustaba, de conocer gente, como un psiquiatra hurga en la mente del paciente. Eras el puto amo, siguiendo la más soez expresión popular. Para todos esos vocacionales, el fin de la partida solía ser amarga. Normalmente elegías un lugar lejos de la capital donde desarrollaste tu carrera con la intención confesada de descansar. Pero, ¿quién va a descansar cuando todo lo que has hecho en toda tu existencia ha sido contar lo que nadie sabía y lo que la mayoría de la gente ignoraba?