Cuando el catolicismo triunfaba

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

La Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) es el órgano máximo de la Iglesia Católica de Brasil. Su sede está perdida entre las de las embajadas, que ocupan un sector exclusivo en la particular Brasilia, lejos del mundanal ruido. Sus vecinos más inmediatos son la embajada de Rusia y la de la Santa Sede. Pero podría apostarse con grandes posibilidades de no equivocarse que ni el embajador ruso ni el Nuncio Apostólico tienen dema- siada simpatía por el vecino. En un Brasil que es un volcán apagado que en cualquier momento podría entrar en erup- ción « si se reuniesen las razones históricas necesarias », apunta con sorna un viejo corresponsal extranjero, la CNBB es una especie de « mediador » silencioso entre un pueblo infinitamente pobre y un gobierno infinitamente rico y poderoso.

Muy atrás en el tiempo quedaron aquellos teólogos de la liberación que en los años sesenta habían lanzado en toda América Latina la idea abracadabrante para el conservadurismo católico de entonces de que la Iglesia tenía que preocuparse no solamente de los problemas espiritua- les sino igualmente de lo político y lo social. Pero los dirigentes del actual catolicismo brasileño nada tienen que envidiarles en las ganas de luchar.

En 1999 el presidente de la CNBB era Dom Jayme Chemello, un antiguo obispo del sur, la región más rica de Brasil, la única donde los brasileños pueden tener ojos verdes y cabellos rubios, y ello por influencia de las emi- graciones europeas, especialmente italiana, a quien no se la daban con queso.

El Presidente de la República, entonces Fernando Henrique Cardoso, le temía como una vara verde, porque sabía que tanto él como su orondo secretario general, Dom Raymundo Damasceno, les cantaban regularmente las cuarenta, durante audiencias en el palacio de Planalto, adonde los dos obispos acudían periódicamente en busca de « justicia social para los pobres ». Esta « radicalización » de la Iglesia se hizo más patente desde que el FMI entró en Brasil con exigencias que, de acuerdo con la CNBB, se convertían en una letra de cambio que pagarán, sobre todo, los más pobres.

En vísperas de las Navidades de 1998, cuando el presidente Fernando Henrique Cardoso ya tenía en el bolsillo un nuevo mandato presidencial de cuatro años, Dom Jayme dejó constancia de lo que intentaba con un mensaje navideño que sentó como un tiro en los alfombrados pasillos del palacio presidencial de Planalto.

Tras un comienzo muy civilizado sobre la alegría del nacimiento de Jesús, el personaje clave de los pobres, el documento arremetía contra el gobierno diciendo que la desigualdad social, a la que ya se había referido en algún escrito más de un organismo internacional, había alcanza- do niveles intolerables.

Aquí van algunos momentos fuertes de este « encarte do boletim da CNBB » que llevaba el número 450: «Es inaceptable el contraste, entre, por un lado, lo que pueden ganar algunas categorías sociales que, considerándose únicamente el salario base, equivale a casi cien veces el sueldo mínimo (el salario mínimo interprofesional era en Brasil de unos 65 dólares mensuales a comienzos del 2000) y, por el otro, la multitud de brasileños que no reciben ni la mitad de ese sueldo mínimo y ello cuando tienen un empleo. Es inaceptable que, justo en vísperas de Navidad, puedan decidirse, sin un control democrático efectivo, grandes aumentos (salariales) para algunos funcionarios públicos mientras otros no consiguen ningún aumento desde hace varios años y hay trabajadores que no tienen más remedio que aceptar un recorte de sus sueldos para no ser despedidos. Es inaceptable el contraste entre los sacrificios que se exige a todo el pueblo pobre mientras nada se reclama a las grandes fortunas… Es inaceptable que se discuta la reducción de los presupuestos para la educación, la salud y la reforma agraria (dentro de las exigencias del FMI sobre recortes presupuestarios) mientras altos intereses conceden beneficios inicuos a los capitales especulativos (los mismos que provocaron la caída de la moneda nacional)… » Finalmente, los obispos aludían a la secular sequía en el nordeste, subrayando que « medios de comunicación social anuncian que, de persistir las actuales condiciones (climatológicas), un millón de personas podrían morir en el nordeste a consecuencia de la sequía de este año ».

La cifra no tiene nada de sensacionalista y probablemente está por debajo de las previsiones que suelen hacerse. En el nordeste, las muertes provocadas por la infernal ecuación de la falta de lluvia equivalía hasta finales de 1999 a una falta de alimentos y desembocaba en una agonía lenta y anunciada de ciento de miles de personas a lo largo del año. Son como fallecimientos naturales, que en ningún momento se contabilizan como víctimas de una de las injusticias sociales más espantosas, la que impide que un ser humano tenga el mínimo vital para subsistir. Pero no hay que creer que esto sucede de forma desapercibida, ya que las televisiones informan regularmente sobre la hambruna, que llega incluso a convertirse en un espectáculo televisado, con las escenas clásicas del ganado que se muere con la piel pegada a los huesos y los hijos de campesinos que devoran los alimentos destinados al gana- do, cuando todavía queda algo.

Fatalismo o insensibilidad, el caso es que nadie le atribuye mayor importancia al asunto, que se perpetúa desde tiempos inmemoriales y que casi se ha perfeccionado des- de que políticos de todas las tendencias saben que el hambre da votos. La rabia que la Iglesia Católica reflejaba regularmente en sus intervenciones, muchas de ellas por boca de Dom Jayme, al que el poder había invitado más de una vez a « meterse en sus asuntos espirituales » en lugar de arremeter contra los todopoderosos banqueros que saqueaban el país, contra jueces para quienes la justicia era una forma de enriquecerse y contra los políticos para los que el poder justificaba cualquier atropello, la sintetizaba mensualmente en una carta de análisis el Padre Virgilio Uchoa, un sacerdote alto y corpulento, que parecía cansado de vivir.

En su rostro raramente aparecía una sonrisa, pero sus análisis, que publicaba en Internet, y a los que aludía raramente la prensa nacional, son de lo más pertinente. El asesor político de la CNBB era de una rara lucidez a la hora de pasar revista a los acontecimientos del momento, en la perspectiva de lo que sucede en Brasil. Es probable que, como Dom Jayme o Dom Damasceno, el Padre Virgilio tuviese más de un rato la impresión de pre- dicar en el desierto.

Si es indiscutible que al gobierno le importa mucho lo que dice la Iglesia por razones bajamente electorales, pocas medidas tomaba como consecuencia directa de una bronca de la CNBB, que los gobiernistas asimilan a la izquierda donde, casualmente, el Partido dos Trabalhado- res tenía a finales de 1999 el único cura diputado, un robusto sureño, el padre Roque, que en medio de sus 512 colegas sin sotana ni cruz, se las veía y se las deseaba para mantener una fe cristiana que muchos años atrás le había valido ser perseguido por la dictadura militar.

No obstante, la CNBB no se desanimaba y todos los años lanzaba campañas que tenían enorme repercusión en los medios de comunicación, pero ningún o casi ningún efecto práctico. Sus filípicas, como la de Navidad, solían centrarse en la miseria del pueblo, como en esta nota del 29 de octubre de 1998, cuando Brasil se veía envuelto en la vorágine de la crisis financiera internacional. « Lo que nos preocupa es la situación que vive el pueblo, dentro de un marco social escandaloso de desigualdad y miseria que caracteriza a nuestro país (…). Aumentan nuestros temores con el aumento de las dificultades que se imponen al sufrido pueblo, tanto más cuanto que vemos cómo las decisiones económicas, inspiradas por el Exterior, no hacen más que confirmar orientaciones políticas que están siendo cuestionadas (…). ¿Por qué no se da prioridad a políticas que enfrenten el problema del desempleo, de la miseria y de la desigualdad creciente? Muchos se preguntan si no tenemos más salida que la sumisa integración a una globalización dictada simplemente por la lógica del mercado y dirigida por los intereses del sistema financiero y del capital especulativo, que no admite ninguna restricción y hace aún más profunda nuestra dependencia del exterior (…). ¿No cabría resistir a las exigencias impuestas a Brasil por organismos internacionales más preocupados por la salud de las Bolsas de que por la salud del pueblo? ¿Es realmente necesario aumentar todavía más nuestras deudas sociales para cumplir los compromisos de nuestras deudas financieras externa e interna?»

Son todas ellas reflexiones que no hacían la menor gracia al gobierno, al que la Iglesia Católica ataca igualmente, denunciando machaconamente las diferencias sociales y de reparto de renta que convierten a la mayoría del pueblo en excluidos de una sociedad que, por otra parte y en manos de una minoría todopoderosa, tiene las celebraciones jubilosas de quienes pueden desayunar en Río y cenar en Nueva York.

La Iglesia Católica, con altos y bajos en cuanto a la fe de los brasileños, que estadísticamente son más de un no- venta por ciento, es una Iglesia muy luchadora y la CNBB asusta a sus vecinos de la Nunciatura, donde se ve con malos ojos y en todo caso con extrañeza cómo muchos brasileños llegan ya a confundir los llamamientos de los obispos con los de la izquierda.

Para el cura rojo de la Cámara de Diputados, el padre Roque Wimmermann, miembro del PT, su partido estaba entonces más cerca de Jesucristo que nadie en Brasil: «Estoy convencido de que si hablamos de finalidad, de ética, de postura moral, el PT es el partido que más cerca está de todo cuanto predicaba Jesús. Puede que esté equivocado, pero es mi profunda convicción. »

De todos modos, los obispos brasileños comulgaban con el Papa Juan Pablo II quien durante su visita a Río de Janeiro el 4 y 5 de octubre de 1997, apenas se había baja- do del avión que le conducía desde Roma al aeropuerto carioca, empezó a criticar abierta y públicamente al Presidente Fernando Henrique Cardoso, diciéndole claramente que la situación de miseria no es un estado normal y que había que remediarlo.

Y ello pese al carácter sumamente conservador del Papa en temas tan sensibles para el Tercer Mundo como la familia. A Río había llegado oficialmente, en su tercer viaje a Brasil (los anteriores tuvieron lugar en 1980 y 1991) para asistir al II Encuentro con las Familias. Los brasileños se percataron inmediatamente de que el hombre no iba a hablarles del uso del preservativo, que ellos detestan por machismo puro y no por razones que tengan que ver con las del Vaticano, sino que les llevaba desde Europa una bocanada de esperanza y de bondad. En la explanada del Flamengo, uno de los más bellos lugares de Río, Juan Pablo II celebró una misa a la que asistieron dos millones de personas en un delirio de fe. Presente desde la noche anterior para conseguir sitio, la gente era machacada por el sol veraniego, pero prefería tener que ser evacuada por los servicios sanitarios antes que rendirse y abandonar el lugar que tanto les había costado conquistar. La llegada del Sumo Pontífice a Flamengo recordaba a muchos aquellos ballets de los Village People.

Los aguadores, muchachitos elegantemente vestidos a los que se había coronado con un casco amarillo, se colocaron en fila con sus repartidores de agua igualmente amarillos, a lo largo de la entrada.

Y de pronto, sin que nadie supiese si aquello formaba parte de la coreografía de los organizadores, unas bellísimas y elegantísimas muchachas de la clase alta brasileña, que fungían como acomodadoras benévolas, se dieron la mano y sus caderas empezaron a moverse a ritmo de samba que salía de las manos que daban palmas y de las voces que gritaban con el corazón.

El Papa sonreía tímidamente sin saber con qué carta quedarse, mientras los uniformes azules del más estricto corte de las chiquillas, saltaban delante de sus ojos deslumbrados por el sol que caía como una maldición bíblica sobre el llamado aterro do Flamengo. Pero los brasileños todavía no habían dicho su última palabra.

Otra noche pegadiza de calor, el estadio de Maracaná dejó de ser el templo del fútbol para convertirse en la catedral más apabullantemente emotiva de toda una humanidad de miseria, que haciendo olas como en los grandes momentos del balompié y dejando que sus gargantas se desgañitasen, permitían traslucir sus esperanzas y sus angustias.

Y esa música que sólo saben conjugar los brasileños invadía el estadio. En todo lo alto de un escenario gigantesco, el Papa sonreía y pese a su tembleque habitual no podía evitar que el cuerpo se le fuese al ritmo de la música.

Por momentos, daba la impresión de querer unirse a las voces bañadas por la alegría y la fe.En las tribunas, dos periodistas extranjeros, muy lejos del catolicismo, se miraban sorprendidos y no podían con- tenerse: «Se me pone la carne de gallina », confesaba la enviada especial de una agencia de noticias norteamericana.Fue un acto que aparentemente encantó al Papa, en el que los seculares ritos tomaron vacaciones en las voces ritmadas de un coro de niños cantores, en la del mismísimo cantante Roberto Carlos, cuya fe proclama en todas sus canciones, y que fue arrastrando su pierna artificial por unas empinadas escalinatas para poder abrazar al Papa. Aunque iba de sorpresa en sorpresa, al Papa todavía le quedaba por conocer uno de los momentos más tremendamente humanos de la visita, cuando decidió bendecir una de las peores cárceles de Río de Janeiro.