La muerta de Notre Dame de París

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Le hubiese gustado ser Gatby o Scott Fizgerald o incluso el cubano de Hemingway que nunca pescó nada en la playa de Cojímar. Como a millones de personas tan infelices como él, le habría dado un gustazo aterrador esconderse en el pellejo de cualquier otro que no hubiera sido él.Y le importaba un carajo, une merde, que eso le sucediese a otros cuantos seres humanos más, aunque se contasen por millones. Le preocupaba ser quien era sin ganas de serlo.Porque ya llevaba 37 años esperando que las cosas cambiaran, que su dilema de ser quien era y no otra persona cualquiera, de cualquier país, de cualquier oficio, de cualquier color, se resolviese. Pero cada año era peor. Llegaba el cumpleaños y para él nunca era un cumpleaños feliz de película de la MGM. Y en el fondo no tenía más remedio que admitir que su problema era el de millón de gentes que en el mundo reciben un día una llamada que cambia sus vidas. El auto se ha salido de la ruta y la muchacha de la casa se ha matado al estrellarse con un coche. Menudo guión, ya ni para una telenovela turca, a menos que el personaje de Rebecca anduviese rondando de manos de Alfred Hitchcock.Hay miles de accidentes todos los días en el mundo, es principal quebradero de cabeza de las autoridades sanitarias. Antes eran cosas que los periódicos metían para rellenar páginas, sobre todo cuando la otra información no llegaba. Pero a nadie le importaba. A nadie menos a quien lo sufría. En estos momento en que escribe se ha declarado un incendio en la catedral Notre Dame de París, esa iglesia que también formó parte de su juventud, de nuestra puñetera vida con sus miserables, el Jorobado y la bella gitana, que una vez fue Gina Lollobrigida. Todo arde en nuestras vidas. Notre Dame no es más que un símbolo. No faltarían más que los malditos caballos del Apocalipsis se rompieran sus cascos sobre los pavés históricos de esa maravillosa ciudad donde unos cuantos vivimos momentos que ya forman parte de nuestro pasado.

De nuestro pasado fue aquel coche que se estrelló en el amanecer de un día de primavera casi veraniega, una madrugada más exactamente, mientras tú dormías con tu rabia de que una muchacha, tu niña, de dieciocho años, una mocita, no se hubiese quedado en casa en lugar de marcharse, con tu consentimiento rabioso, a la playa, a dos pasos del puñetero París.Fue por la mañana, no muy temprano por que los gendarmes es gente educada, que dos uniformados que podrían haber salido de una película de Louis de Funes por lo serio y caricaturales que parecían, o al menos así lo imaginaste tú, llamaron a la puerta de tu piso.

Te dio alegría verles porque pensabas que la niña y el novio se habían metido en algún lío mientras bailaban en la playa y ahora venían a pedirte que les sacaras del apuro. Estos jóvenes… Recuerdas que casi sonreías cuando viste la cara de los dos gendarmes que parecían haberse pegado con un coronel de Gendarmería condecorado con la Legión de Honor.

Se sentaron en el salón, tú incluso hablaste del tiempo tan maravilloso para un mes de mayo y ya por fin uno de ellos dejó escapar algo así como una sonrisa.

-Venimos por su hija. Esta madrugada ha tenido un accidente en la carretera…

Ni lo escuchabas porque sabías lo que te iban a contar; que se había chocado con un escaparate y que habría que pagar los gastos.

El cerebro tiene la facultad de apagar fuegos con una rapidez espantosa. Una tontería, una chiquillada. Pero cuando les preguntaste si alguno de los dos había sido herido, el más viejo de los dos gendarmes dio vueltas a su kepi, y hasta te pareció que tenía un problema en la garganta:

-Su hija se ha matado en el accidente. Su acompañante, el señor…, está herido y ha sido trasladado.

Lo escuchabas con el mismo sonambulismo con el que acabas de enterarte que la catedral Notre Dame de París estaba ardiendo. Esas cosas no ocurren en la realidad. Son argumentos para películas. Y el accidente de dos tortolitos tampoco tenía la menor verosimilitud.

Han pasado 37 años. Lo has contado, escrito, mil veces. Hasta escribiste una novela por consejo de uno de esos expertos de Seguros encargados de hacer pasar las malas noticias a las víctimas. “Puesto que ese es su oficio, escriba sobre ella y ya verá cómo se siente mejor… La duquesa de Montespan lo hizo y le dio resultado…”, le había dicho aquel cretino de cuello duro brillante –te fijaste que tenía un punto negro en la parte derecha, al lado e donde comenzaba la corbata—y te contó un montón de teorías sobre las indemnizaciones a los deudos que, decía muy convencido, se convierten en una especie de alivio moral (sonó MORRAR) para los padres, los hijos, las sobrinas. Estuviste a punto de tirarle de su puñetera corbata y de escupirle en el cuello duro, pero no lo hiciste.Luego fuiste al lugar del accidente. La niña tenía los ojos cerrados pero estaba más bonita que nunca. Solo notabas algo extraño, un dedo meñique roto. Te fuiste de aquel maldito lugar. El gendarme te dijo que el novio se reponía en un hospital cercado. Te iba a dar la dirección pero cuando vio tus ojos comprendió que lo único que te hubiese satisfecho es que se hubiese arrojado desde una ventana por cretino. La había matado y él seguía vivo. Y ahora arde Notre Dame de París. Pero se reconstruirá. Y ella está muerta pero no habrá resurrección posible. Merde!