En nombre de la barbarie

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando al periodista australiano Julian Asange le sacaron a rastras de la embajada de Ecuador en Londres daba pena y asco. Con sus barbas blancas y sumergido la bestialidad de musculosos policías británicos, esos bobbies de nuestras películas juveniles, se lo llevaban con destino desconocido, un año de cárcel y luego rumbo a Estados Unidos para otra cárcel, quizá la de Guantánamo, destinada en principio a los peores terroristas. Viendo como lo arrastraba la “autoridad” quedé pasmado. De mis lecturas había sacado la conclusión de que el asilo político es inviolable. Pero, me explicaron, el benemérito Presidente de Ecuador se lo retiró para que pudieran llevárselo sin problemas a una cárcel británica y luego entregarlo a Washington, que es de donde dependemos todos Quien manda manda. Quedé aterrado. Estaban violando el asilo político, sagrado por todos los regímenes, menos la Alemania nazi que prefería los campos de concentración y la Unión Soviética partidaria más bien de los impenetrables goulag en el corazón de Siberia. Y bueno, de China no hablemos. Son demasiado refinados para los tunantes.Pero, oiga, estábamos en Londres, y el señor Assange, periodista, no era Jack el destripador. Su delito había sido poner en marcha una organización, Whikileaks, para destapar y difundir las atrocidades que muchos gobiernos cometían, saltándose a la torera todo tipo de reglas de elemental moral política. He esperado, seguro de que la prensa del mundo se aterrorizaría y pediría cuentas a ese gobierno de Ecuador que se salta a la torera una regla sacrosanta llamada asilo político. Pero si hasta Estados Unidos concede ese asilo y según las estadísticas hasta el 2012 Washington había recibido 80.000 solicitudes de asilo… Claro, entre la ficción y la realidad, entre lo escrito y lo cumplido….

Además, Gran Bretaña, por muy servicial y rastrera que se muestre con Washington, hasta seguirla sin pensarlo en cualquier guerra y haber aceptado la falsedad del descubrimiento de armas de destrucción masiva para poder liquidar irak, era hasta ese momento un país que se las daba de respetable y que hasta pertenece todavía a la Unión europea, donde nunca deberían de haberla aceptado, eso también es cierto. De tiempos del general de Gaulle, los británicos no hubiesen salido de su islita apestosa.Pinocho me dice que mire a la frontera de Estados Unidos con sus vecinos del sur, México, y veré cómo una foto de un niño que apenas se ve de lo pequeñajo que es pide piedad y asilo a unos uniformados norteamericanos. La foto ha ganado el mayor precio de periodismo gráfico. Qué cosas. Por unas lagrimitas, premio. Así va la vida. Pero es que no me doy cuenta del crimen tan horrendo de Julian Assange. Divulgó los documentos más secretos, las guarradas más inmundas de gobiernos todopoderosos, desvelando sus villanías, sus cobardías y sus traiciones. Pero, ¿eso qué más da? Puso a tiro de todos los periódicos del mundo que casi todos los gobiernos, y cuanto más importante más, traicionaron a sus propios ciudadanos, los que con sus impuestos pagan las juergas indecentes de todos sus funcionarios-

Me cuentan que su eminencia Donald Trumpo, cuando no era más que un republicano norteamericano con ganas de ser presidente de los Estados Unidos, tenía la mayor consideración por todas las revelaciones que salían en la prensa gracia a Julian Assange. Y, lo que es la vida, probablemente ahora le tocará a él recibirlo para castigarlo como dios manda. En su idea lo haría colgar como hicieron con Sadam Hussein en Irak. No, mire usted señor Juez, no entiendo lo que está pasando.Recuerdo que en una época de los años cincuenta o sesenta del siglo pasado conocí a un presidente latinoamericano que había pedido asilo político en Francia, donde poseía bienes terrenales para alimentar varias vidas.

Le visité un par de veces en su piso de multimillonario en una de las avenidas que contornan la Place de l’Etoile de París. Vivía como el maharajá de Janipur y todo el mundo le respetaba. Si había algún policía en la puerta de su mansión era para protegerle de la plebe (el recuerdo de la pobre reina Maria Antonieta todavía estaba vivo), porque ya se sabe que la envidia es mala y un hombre como él, que había conseguido ser Presidente, dejar de serlo por uno de esos golpes de Estado que antes se llevaban tanto, estaba expuesto a todas las maldades.El interior de su mansión era de película inglesa de cuando Cecil Rathbone era una de las estrellas del cine de todos los días. Hablaba siempre bajito y con consistencia editorial. Imagino que se habría cansado de pegar voces a los generales a los que un día mandó y al otro le dejaron tomar un avión para Europa. París tenía entonces mucha fama entre los latinoamericanos. Todos los ricos de América Latina no pensaban más que en tener una querida francesa, si posible de la buena sociedad, aunque tampoco le hacían asquitos si la habían encontrado en un cabaret de los Campos Elíseos o incluso en uno de los tugurios que entonces se encontraban en la Place de Pigalle. Claro que Assange es australiano o algo parecido, un tipo que nadie conocía hasta que se puso a divulgar documentos que un norteamericano, detestable traidor, le entregó procedente de archivos mal guardados. Ni siquiera había soñado con tener una querida francesa y la prueba es que fue a pedir asilo a Londres, y nada menos que a la Embajada de Ecuador. A quién se le ocurre, mi querido vejete de la barba blanca. Ni el latinoamericano más perdido hubiese tenido semejante idea.

Querido Julien, si te hubieses asilado en París o en Moscú ahora no estarías en una prisión británica que tan poco agradables dicen que son. Qué mala cabeza la tuya. Y lo malo es que Donald Trump te está esperando. Un hombre, suponiendo que pueda llamársele así, para el que los derechos humanos son fracesitas de francés bien educado a la hora del té en Londres.