I Love Beirut

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me he puesto a ver novelas televisadas turcas porque a medida que la violencia aumenta en el mundo, a medida que la maldad es más institucional y hecha a medida de los telespectadores, me parece más conveniente tratar directamente con los auténticamente malos y no frecuentar esas novelas venezolanas y mexicanas donde hasta hay buenos de misa dominical. Las novelas turcas que han aparecido hace unos meses están formadas, iba a escribir conformadas, por personajes de barba dura, cualquier barbero no les mete la navaja así como así, pelo negro, trajes a medida sin llegar al refinamiento de Armani y bocas que no sonríen ni con los niños. Ellas son guapetonas, personajes telenoveleros que tendrían cabida en Caracas o México, aunque llevan en la cara el estigma del sufrimiento por mucha apariencia rica que revolotee a sus lados. Las casas donde habitan estos personajes son más bien mansiones, casi castillos medievales, donde no se ven jardineros pero guardaespaldas no faltan. Porque parece que el principio social de estas telenovelas, espero que no sea ni siquiera una mala copia de la realidad de la vida, es el de una serie de familias o tribus, como ellos lo llaman a veces, con intereses muy opuestos y muy negros. Autos sin marcas, el sueño todopoderoso de los poderosos, que surcan las ciudades como si fuesen suyas. Seguramente han querido hacer una versión de El Padrino, salvo que en la versión turca no se besa la mano al Don, imagino que por respeto a la hombría que cada cual lleva pegada en la solapa como el escudo de un equipo de fútbol ganador. Y porque creo que los mafiosos de El Padrino tenían hijos y hasta primos con los que, eso sí muy de tarde en tarde, se permitían echar una lagrimita.

Con la aparición de estos turcos tan lejos de la bandera de Estambul, me han venido otra vez pero ahora muy fuerte las ganas de visitar por fin Beirut, el París del Oriente Medio, cuyas señoras tomaban en mis tiempos el vuelo París-Estambul y luego, claro el Estambul-París tan fácilmente como las riquillas de Passy, uno de los barrios chic y profundamente aburridos de París viajaban siempre en los vagones de primera del Metro. Luego alguien consideró que era una división clasista demasiado clamorosa y volvimos a apiñarnos todos en los vagones de clase única, donde aprendes que no todo el mundo usa la misma colonia y que tampoco se duchan todas las mañanas. El olor del Metro de París me ha parecido siempre la prueba de la mezcla de razas que viven en sus veinte distritos y en todos los alrededores de la capital más extravagante hermosa del mundo. Porque París no son las fotos de Woody Allen o de otro de las doscientas mil gentes con cámara en las manos que han querido retratarlo. París no se deja fotografiar jamás. Las películas no imprimen lo que ve el objetivo. Es el secreto y solo la gente que sabe oler el Metro lo tiene muy bien aprendido.

Mis amoríos con Beirut empezaron cuando descubrí en alguna revista que era realmente un París oriental, cuyas mujeres vestían como parisienses y que por su alto poder adquisitivo nada tenían que envidiarles. Además, la beirutí tiene la gracia de la parisiense pero con el desenfado del sello árabe y el chic de vivir en una ciudad caótica donde la vida nunca ha sido fácil. Hay una maravillosa película que no me canso de recomendar, “Caramel” (Caramelo), filmada por la deliciosa Nadine Labaki en 2007, que da una visión encantadora de Beirut a través de la vida, de mujeres jóvenes que se encuentran regularmente debajo de un secador. En realidad, la peluquería es un confesionario donde todas ellas acuden con sus problemas, sus ilusiones y sus desencantos. Y como soy alguien para quien el cine es la agenda de teléfonos que nunca puede perderse, “Caramel” es mi particular guía de la ciudad.Las dos o tres veces que estuve a punto de salir para Orly rumbo a Beirut, el Líbano estalló en esas guerras terribles donde hasta los israelíes olvidaban que no es muy bonito disparar contra las ambulancias, sobre todo en un lugar tan sagrado.

Y por un rato largo, la exquisitez consistió en ver a bellas hembras que tomaban el sol en la piscina del hotel más elegante de Beirut mientras nubes de humo de un pasado bombardero se perdían en el azul del cielo. Entonces fue cuando entendí que Beirut es esa mezcla de infierno y paraíso que tiene la vida, salvo que en nuestra Europa tan desencajada los aviones israelíes no van de compras por el centro y los tanques están en sus cuarteles, tranquilos y reposados.Y finalmente ha sucedido lo inevitable. Me he enamorado de Beirut como enamora el verdadero amor, sin condiciones ni encaje de bolillo. Y como estoy seguro de que ya, aunque no haya otras guerras y otras ambulancias con la media luna roja, Beirut no podrá ser, porque no siempre se toma el mejor metro a la mejor hora, tendré que mitificarlo y meterlo en una de esas páginas todavía vacías de una vida larga y azarosa.