Cielo e infierno

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La carnicería de la organización terrorista vasca empezó en 1959 y se solazó con ochocientos muertos hasta 2011. Yo llegué a España en 1988 y ya los muchachos andaban matando a destajo. Lo primero que me enseñaron al llegar como corresponsal de la Agencia France Presse fue que el Comando Madrid nos tenía como uno de sus objetivos prioritarios. Y que había que estar ojo avisor. Como yo nunca había vivido bajo una dictadura de los cobardes del tiro en la nunca no le di mayor importancia. Hasta que un día sonó en la Redacción el teléfono verde por el que ETA nos comunicaba sus fechorías. Pero no, no eran ellos, sino una niña que creía que estaba hablando con el cielo y quería dejar un recado para su padre.Ya sé que parecen chorradas de periodistas a punto de marcharse allí donde nadie envenena a nadie con periódicos, radios o televisiones, pero la llamada era auténtica. Como la de otra tarde en que un portavoz de los macacos de ETA me dieron un recado para la Policía diciendo que el cadáver de Revilla, un magnate de los chorizos y otras cosas ricas que llevaba un tiempo secuestrado, estaba en un garaje de Madrid. Llame a la poli y se armó la marimorena. Seguramente como yo era nuevo en la plaza los simpáticos etarras quisieron gastar una broma y cuando las fuerzas del orden llegaron los perros no podían oler absolutamente nada porque los malnacidos lo habían untado todo con pintura fresquita.Tuve cachondeo para unas semanas, tanto de parte de algunos amigos que tenía en la poli, como de compañeros. En unos días, la línea de aquel teléfono verde me había llevado al cielo y al infierno. Pero me olvidé, viví en un Madrid que entonces era muy lindo y muy agradable y ya ni me acordaba de las advertencias más que serias de la policía sobre los vehículos desconocidos que aparcasen en la puerta de nuestro edificio.

Entonces me percaté de que vivimos en la guerra o en la paz con la misma parsimonia. Incluso estuve reporteando un par de veces en el París Vasco, qué bonita era San Sebastián, aunque a veces tuvieses que correr porque la Erztzainza, la policía vasca, andaba intercambiando con los de la kale borroa, primos hermanos de los terroristas, bombas lacrimógenas y otras monadas. Pero era como si supieses que ningún proyectil era para mi. Aunque al día siguiente a la puerta del hotel encontrases a la policía al lado de un cadáver recién cosido a tiros, ibas a tu cita, bebías lo que hubiese que beber, y entonces no era té negro, y aquella noche hacías el amor o te emborrachabas como si estuvieses en el mejor de los mundos.

Tanto rollo para decirles que el mundo no se acaba nunca, por muchos fachas que quieran joderlo todo como aquellos terroristas. Y Supongo que sería igual con las Brigadas Rojas en Italia y el Ejército Rojo en Alemania.Los políticos vascos a los que yo entrevistaba cuando me tocaba me daban la impresión de que todo aquello formaba parte de la vida misma. Aunque luego te enterabas que el hombre con el que habías tomado unas copas en el mejor hotel de Bilbao o de San Sebastián le habían pegado un tiro en la nunca al salir de casa. Ellos, los terroristas, siempre por las espaldas. Y la vida seguía, y el Real Madrid no paraba de ganar copas y el primer ministro, Felipe González, conseguía que el tren de alta velocidad que le había comprado a los franceses fuese a más de 250 kilómetros por hora de Madrid a la estación de Sevilla, donde habían improvisado una gigantesca tienda de campaña como si hubiésemos estado rodando una película de Lawrence de Arabia en el desierto de Almería.

Todo ello amenizado por el cachondeo de algunos medios de prensa convencidos de que un tren lanzado a 250 km por hora en España no andaría más de cien kilómetros. Simples leyes de la física, apostillaban aquellos malos patriotas descreídos.Menudo cachondeo. Los periódicos que apostaban que ese tren por vías españolas no conseguiría nunca ir tan rápido batió records y ni siquiera descarriló. Hasta el diario El País tuvo que hacer su mea culpa. Y les debió costar más que un camino de Santiago.Pese a que los cosacos de ETA siguieran matando, incluyendo a periodistas porque ellos no hacían distingos, Madrid era una fiesta. El paseo de Recoletos, lleno de terrazas y maricones, ya empezaban a verse libremente, daba gloria. Una esquina más allá andaban de servicio los chaperos, muchachos jóvenes y apuestos que te ofrecían sus posaderas por unas pesetas.

Éramos felices. Nos llegaron los primeros faxes portátiles y las informaciones se agilizaron. Eta seguía haciendo de las suyas, pero ya la gente o le tenía menos miedo o le daba asco.Los bares estaban llenos y los grandes almacenes igual pese a que poco antes de que yo llegase a Madrid, el 19 de junio de 1987, los bastardos del terror habían matado fríamente y con una cobardía del mejor estilo a 21 personas en un supermercado de Barcelona. Javier, un compañero de la AFP-Madrid, grandioso trapecista de la información, había sido uno de los primeros que había llegado al supermercado. Cuando me lo contaba entre dos güisquis en una terraza todavía le temblaban las carnes.

La vida pasaba y todo se olvidaba. A veces a mediodía almorzábamos en el Café Gijón y cada vez que me traían el primer plato pensaba en la caza de intelectuales que los terroristas hubiesen podido hacer allí. Pero seguramente que algunos de ellos, chicos sensibles, comían a nuestro lado.Un día, Javier murió. Yo ya había vuelto a París. No lo habían matado los lechazos de ETA sino otro asesino que empezaba a andar suelto, el SIDA. Nos prohibieron que fuésemos a enterrarlo porque morir así era una vergüenza en cierta sociedad vasca.Cosas de la vida social de un país llamado España, si en vez de una enfermedad como esa le hubiese matado de un tiro uno de los sicarios de ETA, sí que hubiésemos podido llorarle en el cementerio.