Los tendederos son tristes

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Emile Zola me enseñó a mirar por las ventanas de las cocinas, claro que las que él metía en sus libros eran de pisos de la alta burguesía parisiense y sus principales actrices las criadas de los señoritos, que usaban aquel cómodo medio de comunicación para decirse horrores en medio de gritos histéricos.Una gran parte de la altísima sociedad parisiense está pintada en la maravillosa serie de libros Les Rougon Macquart, en la que describe una sociedad de ricos parisienses de la que formaba parte él mismo, entonces estrellas de un París de finales del siglo XIX, propietarios de inmuebles de gran lujo y comodidades que eran exponentes del éxito en aquellos años en los que el dinero reinaba más que nunca. Qué maravillosa forma de contar tenía Zola. Era un retratista cuyas fotos en forma de párrafos te permitían oler hasta las aguas sucias que volaban por las ventanas de las cocinas de los señoritos y ver los tristes tendederos.No conocí lógicamente aquellos tendederos de los ricos ni los que Zola describía cuando tenía que hablar de los miserables que era una parte importante del París de aquellos años en los que muchas mujeres se dedicaban al oficio más viejo del mundo y el resto limpiaba las suciedades de los ricos o trabajaban en fábricas que no eran tan bonitas ni tan aseadas como las que los hermanos Lumière, auténticos inventores del cine, enseñaban en su primera película, La salida de la fábrica.

Los trapos tendidos de los burgueses, comentaban las criadas cuando salían a hacer la compra, eran siempre mucho menos decentes que los pocos y pobres ropas que ellas mismas colgaban.En el siglo sin luces y triste de los años que vivimos bajo la tiranía de una política hecha para todo menos para el bienestar de los demás, los tendederos son realmente tristes. Todas piezas uniformes salidas de los chinos y tiendas parecidas que no tienen la menor gracia. Fíjense y observarán que nadie se asoma a la ventana de la cocina para mirarlas.

Hasta los tendederos de este siglo XXI son de una tristeza infinita. Se ve menos ropa de niños pequeños, a veces ninguna. La gente tiene demasiados problemas como para solucionar a los gobiernos el de la demografía que no deja de bajar en muchos países.Tendederos no ya de miseria, porque imagino que los que no puedan competir con los vecinos tenderán dentro de sus casas, al abrigo de las miradas escrutadoras y calculadoras. Nunca he visto tendido un traje de noche. Claro, es que los trajes de noche no se tienden, se llevan a la tintorería. Pero, ¿existirán realmente esas ropas femeninas que a mí me hacían soñar hace ya muchos años cuando París era una fiesta?

A medida que pasan los años, a medida que las promesas electorales se vociferan en todas las villas de toda Europa, la gente parece más triste. Y no es que yo diga que lo están. Quizá hasta lo ocultan. Pero me hubiese gustado vivir un ratito la Revolución de 1789, la que llamaron la Revolución Francesa, cuando era la madre de las Revoluciones, para ver como andaba la gente vestida.Me da la impresión de que se ha perdido la alegría de vestir. Las mujeres se casan con suntuosos vestidos blancos, que a veces hasta se alquilan o se heredan, organizan una fiesta por todo lo alto, a escote, claro, y luego se van de viaje de bodas, cuando ese viaje en su esencia lo han realizado cien veces antes de ir a la iglesia o a la alcaldía.

Ahora parece que la Iglesia Católica, cómo si no, tiene un proyecto, a menos así lo he leído en algo que se llama un periódico, de exigir a las novias que presenten un certificado de virginidad si quieren entrar en la iglesia vestidas de blanco, el color de la pureza como no sabe todo el mundo, porque en algunos sitios es hasta el color del duelo. Una amiga médica, socióloga empedernida porque ve más miserias en su consultorio en dos horas que cualquier ministro en cuatro o cinco años de mandato en sus estadísticas, me asegura que eso del certificado es una broma.

Entonces le refiero el caso de las gitanas, que según lo que nos enseñan reportajes de televisión, y cómo no creer lo que te dicen, tienen que someterse el mismo día de la celebración matrimonial a un tacto con un pañuelo blanco como la virginidad del que se encargan unas viejas repelentes. Si la candidata está virgen, las viejas la desvirgan a medias o enteras, no sé, y el blanco pañuelo tiene tintes rojos.

-Eso de las gitanas es mentira tramposa, me asegura la médica sabelotodo.

No obstante, estoy convencido de que algunas mujeres quieren conservar a toda costa su virginidad. Sé de una señora de unos 40 años que se negó a hacerse unas pruebas clínicas porque ello suponía desvirgarla, aunque fuese médicamente. Y, después de todo, ¿por qué no va a haber tendederos de inmaculada blancura? Los pañuelos de las gitanas casaderas, con sus colorines rojos después de la prueba, serían una alegría.