Aquel Brasil sin presidente ultra derechista

(notas tumultuosas para una historia sin escribir)

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Con o sin Lula, Brasil es el país con el que el planeta entero tiene que contar. Por eso me ha parecido interesante contarles algunas de mis experiencias vividas en ese continente donde realmente no se pone el sol de 1997 al año 2000. Cuando en 1998 Itamar Franco (hoy fallecido) intentó presentarse contra Fernando Henrique Cardoso para ocupar la Presidencia de la República, el congreso durante el cual debía ser designado candidato, en el hemiciclo de la Cámara de Diputados, fue invadido por un comando enviado por quienes no querían que hiciese sombra al Presidente, que sin pensárselo dos veces había modificado la Constitución para poderse darse el gusto de volverse a presentar, seguro de ganar. A punto estuvieron de arrojar al frágil Itamar desde el escenario donde trataba de explicar sus argumentos presidenciales en medio de vociferaciones que apenas permitían oír su voz un poco cascada por el miedo. Ni que decir tiene que tuvo que renunciar a presentarse. También es verdad que poco después, por obra y gracia del juego de los grandes partidos, se encontró sentado en el mullido sillón de Gobernador de Minas Gerais, uno de los estados más poderosos de Brasil y su estado natal. Un regalo con donaire que hizo sonreír a más de uno en Brasilia. No les estoy hablando de la prehistoria política brasileña, cuando los coroneles del café, los propietarios de las grandes plantaciones, dictaban sus decisiones a los políticos y al más importante de ellos. Itamar Franco era vicepresidente de la República cuando, en medio de escándalos de corrupción sin precedentes, el apuesto Presidente Fernando Collor de Mello tuvo que dimitir. El Congreso Nacional, en un acto sin precedentes, le destituía el 29 de diciembre de 1992 e Itamar Franco se convertía en Presidente. Al bajarse del mando del país, el 31 de diciembre de 1994, su índice de popularidad era el de una auténtica estrella de cine. Pese a ello, cuando en 1998 quiso correr suerte en las urnas frente a Fernando Henrique Cardoso, no pudo ni siquiera inscribir su nombre en las listas electorales. Aviesos personajes se encargaron de ello.

Brasil no es una especie de África latinoamericana, como algunos podrían estar tentados de creer, sencillamente porque en el continente africano no hay tergiversaciones: la gente es simplemente negra, sin más discusión racial, y el poder se lo disputan y se lo comen los negros. Y aunque Brasil tenga un aporte africano sumamente importante, gracias a las « importaciones » hechas por los conquistadores portugueses de mano de obra procedente de las costas de África, que se refleja tanto en las caras como en la cultura y en la religión, y pese a que su población de color es importantísima, reina la fantasía aritmética más absoluta a la hora de cuantificarla.

Desde un 20 por ciento, según los « blancos », hasta el 80 por ciento para algunos negros bien vestidos, que con esta cifra quizá bastante exagerada querrían llegar un día a formar un grupo influyente y tener esa importancia social y política que según ellos sería mera justicia, habida cuenta de su presunta importancia en el censo. No obstante, hoy por hoy es sólo un sueño razonablemente inalcanzable. De acuerdo con estadísticas oficiales, 55,2 por ciento de la población de Brasil es blanca, 6,0 por ciento negra, 38,2 por ciento café con leche, 0,4 por ciento amarilla y 0,2 indígena.

Y aunque los primeros habitantes de este país- continente con cabida para quince o dieciséis naciones de las dimensiones de España fueron los indios, los pobres se mueren de enfermedad y de necesidad en sus reservas de la selva y cuando acuden al mundo « civilizado » no es raro verlos mendigar en Brasilia un paquetillo de cigarros o unos cuantos reales (la moneda nacional) en la mismísima puerta del deteriorado edificio de la Fundación Nacional del Indio, la FUNAI, creada para defender sus intereses y que de vez en cuando ocupan los propios indígenas vestidos con todas sus plumas de guerra para reclamar algunos de esos derechos que son pisoteados alegremente por la administración central.

Cuando los portugueses llegaron a las costas brasileñas, en el año de gracia de 1500, la población indígena oscilaba entre uno y tres millones de individuos. En 1999, cifras oficiales los limitaban a 330.000 individuos, es decir, un 0,16 por ciento de la población total del país. Es cierto que los portugueses se encargaron de reducir considerablemente la población original, sometiéndola a todo tipo de trabajos, cuanto más penoso mejor, y exterminándola de paso en enfrentamientos cuando alguna tribu se resistía, pero en el año 2002 seguían siendo diezmados. Ya no era solamente por esas famosas enfermedades de los blancos que contagian poblados enteros de las reservas donde viven, es decir, sus propias tierras, sino por la acción directa de los no indios, que tratan de apoderarse de sus tierras para explotar enormes riquezas minerales y, sobre todo, las maderas más raras y preciosas, que se escapan a raudales por los ríos que surcan los 5.500.000 km2 de Amazonía, la más impresionante selva del mundo, que sigue alimentando los sueños de los modernos buscadores del El Dorado, que aquí casi desdeñan el oro y las piedras preciosas para fijar su atención en las inmensas reservas  de plantas medicinales, en las que tienen puestos los ojos los más importante laboratorios farmacéuticos del mundo entero. Sin contar con que la Amazonía guarda en sus entrañas agua potable suficiente como para salvar a nuestra humanidad de esa sequía que los expertos anuncian cada poco. Por ello es posiblemente el lugar más estratégico del globo.

La Iglesia Católica brasileña trata de defender a los indios y de vez en cuando un misionero o una monja pagan esta audacia, a manos de los pistoleros de terratenientes que no vacilan en liarse a tiros para que les dejen invadir fértiles tierras que no son suyas. En Brasil, el poder está total y absolutamente en manos de los blancos y de los café con leche. El último negro que creyó tener un poquito de voz propia fue Edson Arantes do Nascimento, Pelé, que de futbolista profundamente analfabeto (se le atribuyen 1.282 goles en 21 años de carrera) se convirtió en ministro Extraordinario de Deportes por obra y capricho del Presidente Fernando Henrique Cardoso, FHC, como le llaman sus compatriotas, quien encontró en él un hombre- propaganda de lo más eficaz. Pero lo liquidó políticamente si el menor remordimiento, aunque le permitió seguir siendo un pujante empresario con piso en Nueva York, el sueño de una inmensa mayoría de los brasileños que a diario forman largas colas delante del rascacielos del consulado de Estados Unidos en Río de Janeiro  para conseguir un visado que les permita por lo menos visitar Disneylandia y en el mejor de los casos quedarse a trabajar como clandestinos en Nueva York, cuando se dio cuenta de que el ex ídolo de los estadios podía representar un pequeño peligro potencial, o por lo menos un estorbo, en la elección presidencial de 1998, precisamente cuando Cardoso pedía a gritos su reelección, hecho por lo demás inaudito en Brasil y que necesitó una difícil reforma constitucional.

Tan difícil fue hacerle tragar la píldora a diputados y senadores que el Parlamento pasó meses sin poder ocuparse de otros asuntos, con lo cual votaciones vitales de importantes reformas económicas, como la administrativa, fueron dejados para más tarde. Este retraso provocaría un sinfín de problemas al gobierno cuando tuvo que aceptar  el préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) para intentar salir de la crisis financiera que le afectó después de a Rusia y que en enero de 1999 provocó la caída en picado de la moneda nacional, el real, que llegó a perder la mitad de su valor. Brasil no estaba preparado para realizar eficazmente, y sin que ello repercutiese seriamente en la vida de todos los días, los recortes presupuestarios que a cambio de su ayuda exigía Washington.

De ahí a decir que la culpa la tenía indirectamente Pelé hay una caminata que no vamos a dar, sobre todo teniendo en cuenta que al jugador negro ninguno de sus compatriotas le tomó nunca en serio más que cuando estaba dándole patadas al balón en los verdes estadios internacionales. El caso es que la idea de transformar a Pelé en el primer jefe de Estado realmente negro de Brasil (otro reflejo freudiano del famoso « sueño norteamericano » según el cual cual- quiera puede llegar a la Casa Blanca) se le ocurrió a Walter Brito, que a finales de 1999 era un elegante presidente del llamado Instituto de Cidadania e Unidades, organización no gubernamental (pero apoyada y financia- da por el Estado) que oficialmente lleva más de diez años ocupándose de la integración de los negros.

Y un día lanzó la idea al aire, esperando que, como en sus mejores tiempos, el delantero de leyenda recogería el balón y con una de sus malabaristas jugadas de antaño lo mandaría imparablemente a la portería. Pero como es más listo de lo que parece, Pelé se hizo el loco y la idea de in- tentar mandarle al palacio presidencial de Planalto pasó a mejor vida. Porque a sus 56 años de edad, él recordaba perfectamente que también habían querido catapultarlo como candidato a la anterior lucha presidencial y que entonces Cardoso le había llamado para prometerle el puesto de ministro Extraordinario de Deportes si él ganaba las elecciones. Y cuando fue elegido, cumplió su palabra. Así se ha convertido en un impresionante hombre de negocios que juega con los millones de dólares como antes driblaba con un balón y con la misma discreción de sus antepasados cuando se comían una mazorca de maíz a escondidas del amo portugués,

Pelé sabía mejor que nadie que Brasil sólo había tenido hasta ese momento un alcalde negro, Celso Pitta, en Sao Paulo, y que los negros no abundan en el Parlamento. En 1999 sólo once de ellos formaban parte de la Cámara de Diputados, que contaba con 513 miembros, y en el Senado se contaba uno solito entre los 90 senadores alistados por diferentes partidos, casi todos por la mayoría presidencial, ya que la oposición se resumía en grandes líneas al Partido Democrático Tabalhista Brasileiro (PDT), Partido Socia- lista Brasileiro (PSB), Partido Popular Socialista (PPS, ex partido comunista) y el Partido Comunista do Brasil (PCdoB). Algunos de ellos son meros simulacros de orga- nizaciones políticas que quedan muy bien para presentarlos al visitante como signo de salud democrática. Pero el único que realmente cuenta es el Partido dos Trabalhadores (PT).

Algunos cronistas decían con inconfesable sorna que el PT tenía tantas posibilidades de reinar en Brasil como los negros. De lo que un negro puede representar en Brasil en el plano electoral tuve un ejemplo en las elecciones de octubre de 1998. Emiliano Caldeira da Silva, de 39 años de edad, no contaba con la notoriedad de Pelé cuando decidió meterse en política, pero también es cierto que si los dioses de las urnas le hubiesen sonreído habría sido un bello trampolín social para este limpiador de piscinas (piscinero) y ex albañil. Nordestino, el hombre había enfundado un elegante traje gris marengo y en una barraca de Paranoá, ciudad pobre de las afueras de Brasilia, refugio de una parte de los nordestinos que llegan a la capital federal en busca de una vida mejor o por lo menos menos mala, preparaba su elección para diputado local por el Par- tido de Reedificación de Orden Nacional (PRONA).

Se da el caso de que esta formación, de poquísimo relieve en el panorama político nacional, tenía en ese momento un candidato a la presidencia, Eneas Carneiro, quien se había granjeado una gran parte de las simpatías populares, profundamente antiargentinas, proclamando que Brasil tenía que disponer del arma atómica ya que de otro modo estaba expuesta a cualquier cosa. Y sin decirlo claramente, pero de forma que todo el mundo lo entendiese, Eneas apuntaba mentalmente sus misiles hacia la vecina Argentina, país que pese a que cada vez se sume más en la indigencia soporta malísimamente que los « macacos » brasileños sean los líderes indiscutibles de una América Latina que ha comenzado su camino hacia una fórmula parecida a la Unión Europea, dotándose del Mercado Común del Sur, MERCOSUR, del que por el momento sólo son miembros activos Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, teniendo como socios preferentes a Bolivia y a Chile.

Al terminar las elecciones, Emiliano tuvo que colgar el elegante traje gris marengo y sus ilusiones y volver a su oficio de “piscinero”, ya que no había conseguido convencer a sus vecinos para que votasen por él. Y ello pese a que en su permanencia electoral, donde se repartía café con la misma generosidad que en el palacio presidencial de Planalto, tenía colgado en la pared un cartel que rezaba con cierto sentido del humor: «Querido elector, si duda a la hora de votar, no vote en blanco, vote por Emiliano. » El tal Emiliano era negro, ya lo he dicho, pero negro como el betún. Ese esquema estadístico de la importancia numérica de los negros, sobre el que nadie se pone de acuerdo, podría ser una síntesis de este país de unos 165 millones (en 2019 pasa de los 209 millones). Los censos que pueden manejarse aquí son más esotéricos que matemáticos, ya que anualmente miles de recién nacidos no son dados de alta porque sus padres no tienen los pocos reales que se necesitan para inscribirlos en el Registro Civil, en manos de los ricos « cartorios », equivalentes a las notarías. Y en esto, como en tantas otras cosas, Brasil aparece al extranjero como una fantasía crea- da por Dios en uno de los rincones más bellos del Universo. Es pura contradicción del principio al fin. Un país sin pies ni cabeza. Donde el cartesianismo más ele- mental tiene que ser descartado inmediatamente si se quiere entender algo.

Probablemente no sea una casualidad si Brasil es el mayor país de América Latina y uno de los más importantes del mundo, pese a que sólo habla portugués o algo que se le parece, cuando el resto de sus vecinos y amigos hablan español. Es sencillamente una contradicción surrealista más. En África los negros saben que son negros, es decir, que, a trancas y barrancas, tienen una identidad propia. En Brasil, todo el mundo es más o menos negro – lo cual es el gran orgullo nacional –, ya que lo más corriente es ser mulato, café con leche como Cardoso, hermoso e inquietante ejemplo de esta mezcolanza, que presume de que uno de sus antepasados « metió un pie en la cocina ». Una manera elegante que tienen los brasileños para decir que alguien de la familia tuvo relaciones pasadas de rosca y de anticonceptivo con una negra de la servidumbre. Más o menos el veinte por ciento de los brasileños son analfabetos, según optimistas cifras oficiales, lo cual no impidió que Fernando Collor de Mello y Cardoso fueran exquisitamente educados y que el pueblo los eligiera (una vez al primero, dos al segundo) precisamente por eso, porque no tienen nada que ver con la inmensa mayoría de sus compatriotas.

Collor pertenecía a la gran burguesía de uno de los más inquietantes estados del paupérrimo nordeste, Alagoas, donde la gente bien es « ama » de padre en hijo y donde quien no es políticamente correcto puede ser liquidado a tiros sin que la Justicia pestañee. Es una costumbre tan ancestral, como la de matarse unos a otros por nada, que a nadie se le ocurre ponerla en tela de juicio.

Cardoso es más bien la encarnación de la época postmilitar, un sociólogo guapo y elegante, con estudios en París, aunque dicen que nunca fue realmente profesor en la Sorbona, que habla cuatro lenguas y se tutea con los otros grandes del mundo. En la lucha por la presidencia, Cardoso venció dos veces consecutivas a Luís Inácio Lula da Silva, líder auténtico del único partido serio de la izquierda de Brasil, el Partido dos Trabalhadores, PT. Pero Lula, que con los años se ha convertido en un político que se las sabe todas y que hasta es posible que tenga ganas de hacer algo por los miserables, es decir, por la mayoría de su pueblo, tiene un gran defecto para sus compatriotas. Fue obrero – tornero, profesión en la que perdió un pedazo de dedo – y está muy orgulloso de ello.

Pero los electores brasileños no quieren identificarse con ese pasado de hambre y sinsabores que fue el suyo y que es el de la mayoría de ellos, que cuando tienen suerte se apiñan en casas construidas con cuatro ladrillos y un poco de cemento. Ilusiones perdidas y pateadas en 2002 cuando Lula fue elegido presidente (contra Cardoso) de una forma sorprendente y en 2006, año en que revalidó el título ganado cuando nadie creía en él. Curiosamente o no, a los pobres les fascina el que sus enemigos han apodado Dom Fernando el Hermoso, el Rey, el Emperador.

Es la fascinación por Hollywood, por ese mundo virtual centrado en Brasilia, la capital federal, donde políticos sin escrúpulos, jueces todopoderosos, que a veces flirtean con la injusticia más total y la corrupción más profunda, representan los Tres Poderes, nombre de una enorme y psicodélica plaza de piedra que en esta ciudad separa a las dos Cámaras, al Palacio presidencial y al orgulloso edificio del Tribunal Supremo.

Otros tantos símbolos de un poder real que se da de bruces con la estatua de los Candangos, nombre con el que se conoce a los colonizadores de Brasilia, pero que en la escultura parecen salidos del más allá de la Tierra – mucha gente dice que Brasilia es una nave espacial – con sus siluetas esqueléticas y casi vengativas.

Con sus ojos muertos y metálicos miran de reojo a los edificios que simbolizan el poder como si quisieran infundirles respeto. Pero en Brasil los poderosos no le temen ni a ese Jesús que día tras día los miserables que se arrastran por sus favelas llevan en sus bocas, repitiendo como si quisiesen convencerse ellos mismos que está a punto de volver para ayudarles, para sacarles del infierno del hambre y de los padecimientos diarios. Los poderosos hacen oídos sordos, aunque invoquen a Dios por menos de un pitillo, ajustan cuentas entre ellos y cuando no se salen con la suya por las buenas decretan escandalosos aumentos de cosas tan esenciales y que ellos tan poco consumen como los frijoles y el arroz, que componen la feijoada, plato que ya los conquistadores portugueses daban a sus esclavos hace quinientos años y que en el siglo XXI es la representación más genuina de la cocina nacional. Como los frijoles y el arroz, la injusticia forma parte de la vida del brasileño medio, tanto más cuanto más negro es. Porque la condición de pobre se da por descontado.

La Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), que dirige la Iglesia Católica nacional, a la que teóricamente y por bautismo pertenece más de 90 por ciento de la población, remacha que en Brasil los ricos no van a la cárcel ni siquiera cuando son juzgados por un juez en pleno delirio mental. Que para ir a parar a uno de esos nauseabundos calabozos brasileños, donde cientos de seres humanos se hacinan en el espacio reservado a veinte, hay que ser por lo menos pobre. Y si además se es negro, tu suerte está sellada, forastero.

Uno vive en Brasil y regresa de Brasil con la terrible impresión de no haber entendido nada. Porque al lado de esa miseria orgullosa y que no quiere decir su nombre, donde la gente lucha con sueldos de hambre – cuando los tiene, claro está – por no hundirse en el barrizal de una sociedad pensada para ricos, se encuentran las bellezas más espantosamente extravagantes del mundo, y que no son sólo esas mulatas y mulatos que tanto ha explotado la publicidad, sino paisajes naturales que una vez vistos con- vencen al viajero de que el paraíso se fraguó por estos andurriales. Es como si Dios hubiese querido compensar las carencias sociales que tan difíciles hacen la vida de una inmensa mayoría con decorados de puro delirio.

Es un cliché hablar de la belleza de Brasil, de su diversidad, de sus culturas, tan distintas, de sus gentes tan fabulosamente ricas en sueños y en amor, de sus paisajes que cortan el aliento sólo en el recuerdo. El fangal político-social nacional y la tragedia humana que viven los brasileños desde que los portugueses decidieron conquistarlos tiene como telón de fondo el país más bello del mundo. Y el menos conocido. El régimen militar que cortó a Brasil del mundo exterior durante unos treinta años hicieron que los brasileños se replegaran sobre sí mismos y que finalmente permanecieran un tanto al mar- gen de lo que sucedía mientras tanto en el resto del mundo, aunque tuvieron su « revolución » de 1968 que, naturalmente, fue lo revolucionaria que podía ser. Porque cuando un extranjero se espanta ante un político o un sindicalista de la pasividad de los brasileños ante las terribles consecuencias que la globalización puesta en marcha por Fernando Henrique Cardoso ha tenido para ellos, la respuesta siempre es la misma: «No tenemos tradición revolucionaria. »

Un estado de cosas que, pese a la lucha que mantuvieron contra los militares, hace que los brasileños constituyan institucionalmente el país más tranquilo del mundo, aunque a la hora de matarse entre ellos (entre 58 y 60 asesinatos se contaba en un fin de semana en Sao Paulo en noviembre de 1999) no tengan el menor asco. Frente a esta pasividad político-social que excluye a priori grandes huelgas generales capaces de tambalear a un gobierno, las dos únicas fuerzas sociales que preocupan al gobierno son el Movimiento de los campesinos sin tierras (MST, de tendencia izquierdista y que por su disciplina recuerda a los camboyanos rojos de triste memoria que arrasaron Camboya) y la CNBB, la Iglesia Católica que, más progresista que nunca, no escatima sus críticas ni sus intervenciones ante el gobierno en busca de una vida menos dura para el pueblo.

Ya metidos en el siglo XXI, Brasil se aparenta a un paraíso dentro de un infierno. Paraíso para quien puede costeárselo, los turistas, por ejemplo, que pueden permitirse incluso auténticos safaris sexuales con menores y, por supuesto, para esos multimillonarios brasileños que no saben ni lo que tienen y que se niegan a ver la miseria que les rodea. Como los políticos en el poder, que miran de reojo a los periodistas que se atreven a hablar de la enorme concentración de riquezas y de la consecuente malísima distribución de la renta, una y otra vez denunciadas por organismos internacionales que, no obstante, nada hacen para que el Gobierno cambie su rumbo social, unánime- mente criticado por la Iglesia Católica.

Cuando en enero de 1999 se le vinieron abajo los mercados de cambio, el Presidente Fernando Henrique Cardoso comprendió que se le había acabado el camino de rosas por el que había pisado en los cuatro años de su primer mandato y que el comienzo del segundo se presentaba duro de roer. Repentinamente, mientras él pasaba un fin de semana bien acompañado en una playa del pequeño estado nordestino de Sergipe, el presidente del Banco Central, Gustavo Franco, decidía dimitir, considerando que los planes gubernamentales en cuanto a la estabilidad de la moneda nacional, el real, eran una locura. Dimitió en una mañana del verano tropical y nada más tomar posesión de su cargo, su sucesor, el risueño Chico Lopes, se apresuraba a devaluar ese real que no solamente era el símbolo de los logros económicos del gobierno sino, sobre todo, la moneda más fuerte y estable de América Latina.

Aunque la devaluación había sido aceptada por Cardoso, al parecer por inspiración del Fondo Monetario Internacional (FMI) que auxiliaba a Brasil para que intentase atravesar la crisis menos mal de lo que lo habían hecho Rusia y otros países, fue una terrible bofetada para el altivo jefe del Estado, quien días antes se había paseado por las calles de Brasilia para « celebrar » una reelección más que anunciada y que él había trabajado con tanto ahínco. Los brasileños le habían hecho el vacío más absoluto en las avenidas-autopistas de la capital federal, mientras algunos embajadores confesaban que la ceremonia oficial con asistencia del cuerpo diplomático había sido de una tristeza funeraria. Lo cual no había impedido a Fernando Henrique hacer gala de su tradicional optimismo y prometer que Brasil iba viento en popa y a toda vela. Un discurso tan repetitivo que no convenció ni a sus propios ministros, con los que meses más tarde de que formasen « nuevo » gobierno tendría sus más y sus menos por problemas de disciplina.

Quizá viendo que el gran jefe estaba herido, algunos intentaron subírsele encima y el Presidente tuvo que apelar a los partidos de donde salían unos y otros para recordar que él seguía mandando y que los intereses de los diferentes partidos, todos de su propia mayoría gubernamental, tenían que pasar a un segundo plano. Porque no solamente se le preparaban problemas con el FMI al que tenía que ofrecer el sacrificio de drásticos recortes presupuestarios que ponían al país en una situación crítica, sobre todo en la sanidad y la educación, ya de por sí catastróficas, sino que sus aliados intentaban rebelarse aprovechando la menor oportunidad. Lo malo es que él nunca había admitido que Brasil hubiese tenido que arrodillarse ante el FMI y poco antes de ser reelegido en octubre de 1998, en una campaña electoral en la que prometía fuerte y claro que iba a acabar con la tradicional pobreza de sus compatriotas, había espetado a los periodistas que le señalaban hacia el huracán financiero que rondaba entonces por Moscú que « Brasil no tiene nada que ver con Rusia ».

Pero FHC estaba ya tocado por los plomos de los especuladores que se habían cebado en la Bolsa de valores de Sao Paulo y habían jugado con el aparente beneplácito del gobierno de Brasilia. Lo más sorprendente es que pese a todos esos disparos contra la economía nacional, muchos de los cuales, como se descubría más tarde, habían sido hechos hasta por íntimos suyos, el Presidente conservaba su legendaria flema, como si en lugar de dirigir el país más extrañamente complicado de toda América y de una buena parte del mundo, estuviese al mando de Gran Bretaña.

Y aunque de vez en cuando adoptaba el tono de Churchill cuando en la II Guerra mundial prometió « sangre, sudor y lágrimas », siempre dejaba sin aliento a los periodistas que ni en los peores momentos le vieron francamente decaído, ya fuese por un exceso de optimismo personal o, como decían sus enemigos, por mero cálculo político. Contra vientos y mareas, y dejando muy atrás a sus adversarios, FHC consiguió un segundo manda- to, rompiendo así la tradición republicana de Brasil. Y por mucho que se le critique, guste o no guste, es indiscutible que la reelección dejará su marca en la Presidencia de un Brasil que después de los devaneos de su antecesor, Fernando Collor de Mello, apartado del cargo el 29 de diciembre de 1992, por estar envuelto en un enorme es- cándalo de corrupción, conoció cuatro años de estabilidad monetaria que despertaron inmensas esperanzas pese a la fragilidad sin cuentos de la moneda.

Al guapo Collor lo echaron los parlamentarios en una sesión histórica – aunque en realidad había dimitido horas antes de que el Senado pronunciase su impeachment, porque se había envuelto en ataques a mano armada contra la economía nacional. Un final curioso, si se tiene en cuenta que Collor había tenido su momento de gloria en el extranjero, precisamente porque se había atrevido a atacar los bastiones de los llamados « maharajás », altos funcionarios con sueldos millonarios que siguen existiendo pero con los que nadie se mete. Y tanto más curioso fue la caída de Collor si se tiene en cuenta que atracar en Brasil no es delito, a condición de que quienes empuñen las armas sean los poderosos.

Cuando en enero de 1997 llegué a Brasilia, en medio de un escándalo que salpicaba a bastante de los 27 estados del país, donde muchos políticos de primer plano eran acusados de haber saqueado las arcas del Estado, pregunté a un viejo corresponsal de uno de los más importantes diarios nacionales, que cuántos políticos calculaba él que irían a dar con sus huesos en un calabozo. De la risa tonta que le acometió en aquel momento, al hombre se le atragantó el café que estaba tomando en la sala de prensa del Palacio de Itamaraty, sede del ministerio de Relaciones Exteriores. Cuando se le pasó el ahogo, me contestó con una divina tranquilidad: «En Brasil, los políticos no van a la cárcel ».

(Por entonces no se hablaba de un tal Jair Bolsonaro, que en abril de 2019 es presidente de Brasil, con la fama de ultraderechista. Lula ha sido su primera víctima y está en una cárcel hasta cuando Dios y Bolsonario quieran).

Una sentencia que meses después oiría por boca de las máximas autoridades de la Iglesia Católica. Aunque se intentó en su época de actividad política involucrarlo en algunos escándalos financieros – se le llegó a acusar de poseer una cuenta bancaria secreta y millonaria con algunos amigachos políticos en un banco del caribeño paraíso fiscal de las islas Caimán –, FHC es probablemente un político suficientemente ambicioso como para no caer en las trampas de la corrupción. Quienes poco o nada le querían, tanto en la oposición como en la mismísima mayoría gubernamental, aseguraban que los grandes intereses financieros internacionales acabarían con él cuando considerasen que ya no les era de ninguna utilidad. Pero, tiren por donde tiren los grandes banqueros mundiales, FHC habrá estado ocho años en la presidencia – en Brasil, una dimisión presidencial es altamente improbable y los militares acabaron por convencerse de que los golpes de Estado no conducen a nada – con lo cual habrá logrado ser el Presidente que más tiempo ocupó el palacio de Planalto, exceptuando ahora a su eterno enemigo Lula. Aunque para ello tuviese que pisotear a uno de sus más viejos amigos políticos, el inefable Itamar Franco, quien fue Presidente de la República antes que él, porque el destino le había hecho vicepresidente cuando a Collor le echaron a patadas. FHC le ha tenido siempre a Itamar un miedo casi supersticioso.

Aunque tal vez, a la luz de los hechos y de la historia, algunos malévolos observadores hayan podido pensar que si le aplastó la cabeza fue sencilla y prosaicamente porque sabía que tal vez fuese capaz de robarle la Presidencia.

Era cuando FHC se disponía a reelegirse en octubre de 1998. Unos meses antes, Itamar, que estaba trabajando como embajador de Brasil ante la Organización de Estados Americanos (OEA) decidió abandonar Washington para reincorporarse a la realidad política nacional.

Porque el hombre tenía un pasado que podía justificar ambiciones políticas más allá de una mera embajada, por agradable que pudiese ser. Siendo ya Presidente de la Re- pública, Itamar Franco se dio realmente a conocer en el mundo entero no porque tratase seriamente de solucionar algunos de los problemas económicos del país ni porque, sobre todo, hubiese facilitado a su entonces ministro de Economía, un tal Fernando Henrique Cardoso, la realiza- ción del Plan Real – freno de la inflación y estabilización de la moneda nacional –, que se convirtió para él en el trampolín que le permitió acceder a la primera magistratura de Brasil en 1994. Si los diarios de los cinco continentes dieron cobijo a Itamar Franco en sus páginas, con un gran despliegue informativo y sobre todo gráfico, fue por una foto en la que durante el carnaval se le veía en Río de Janeiro muy sonriente con una veraniega camisa verde y un cinturón de cocodrilo que mantenía un pantalón claro. Ni la camisa ni el cinturón tenían nada de particular y la historia no dice siquiera si eran de una marca conocida. Pero en esa misma instantánea aparecía una joven veinteañera con blusa abigarrada y minifalda de color claro que embellecía un rostro a lo Sofía Loren, con labios sensuales y ojos profundos. Pero tampoco había nada de particular en el rostro ni en lo que vestía. El centro de interés estaba por debajo de su minifalda, donde el fogonazo indiscreto de los fotógrafos habían captado toda la profunda intimidad de la dama cuyo nombre nadie recuerda. Su sexo profundo y rojo sobresalía en una selva negra que no era en ningún caso una representación de la Amazonía profunda.

La braga que no llevaba su bonita acompañante dio a Itamar Franco una celebridad con la que nunca había soñado.

A años-luz del atrevido carnaval que había protagonizado estaba el hombre cuando en Brasilia trató de que uno de las principales y más tradicionales fuerzas en las que se apoyaba FHC, el centrista Partido Movimento Democráti- co Brasileiro (PMDB), le eligiese candidato para las elecciones de octubre de 1998. Lo malo es que se trataba de los comicios con los que FHC contaba para dejar huella en la historia, tratando de conseguir un segundo mandato.

Cuando la fracción del PMDB que estaba harta de se- guir ciegamente a FHC quiso rebelarse en una convención celebrada en la Cámara de Diputados de Brasilia, Itamar se encaramó al escenario para proclamar sus deseos de ser el candidato de esa rebelión independentista.

Los partidarios del Presidente apenas le dejaron hablar. Entraron en acción en medio de un ensordecedor barullo de gritos y cantos varios y la cabellera blanca del otrora sonriente protagonista del carnaval carioca junto a la pro- caz desconocida empezó a agitarse en un desordenado tembleque por encima del micrófono al que intentaba agarrarse desesperadamente. Itamar estuvo a punto de ser arrojado desde el escenario por los enfervorizados partidarios de su antiguo ministro de Hacienda y allí terminó su rebelión-candidatura.

También es verdad que FHC había tratado de que la sangre no llegase al río y que hizo lo que pudo para que aceptase otro cargo. Llegó a prometerle la gobernación de su estado natal de Minas Gerais, en el rico e histórico su- destierro que Itamar rechazó, al parecer con indignación, pero para el cual fue finalmente elegido en aquellos mismos comicios, cosas del destino o finalmente del maquiavelismo político de su adversario y amigo.

Lo más probable es que Itamar Franco estuviese presente hasta el final de su mandato en las preocupaciones mayores de FHC, al que le dio uno de sus mayores dolores de cabeza cuando poco después de su elección hizo cundir el pánico en las Bolsas de valores del mundo entero al proclamar urbi et orbi que no tenía la intención de pagar las deudas contraídas por el estado de Minas Gerais con el gobierno de Brasilia. Con lo cual, en las capitales que cuentan en el mundo entendieron, aunque tal vez un poco por conveniencia, que el casi continente cercano a los dos- cientos millones de habitantes estaba a punto de desplomarse. Pero pase lo que pase, a Itamar Franco nadie podrá quitarle mérito y menos aún en Minas Gerais, donde desde sus avatares pro-presidenciales aparece para unos como un perdedor por el que hay que tener el mayor res- peto, y para otros como una especie de Juana de Arco tropical. Lo malo es que nadie sabe si no acabará quemado en ese tira y afloja que mantiene ya desde hace años con FHC y que a estas alturas está teñido del fluido inigualable de Freud.

Sea como fuere, Itamar habrá sido sin la más recóndita duda el personaje que mejor y con más valentía plantó cara al Emperador, que los caricaturistas comparan con un dios todopoderoso, orgulloso y que no quiere compartir nada. Probablemente haya representado en Brasil una de las pocas oportunidades de frenar e incluso de abortar una presidencia absolutista de tipo bonapartista que, de haber dependido únicamente de Cardoso, habría prolongado con un tercer mandato más. Porque en una tierra donde los santos no reconocidos por la Iglesia y donde los profetas de todo pelo siempre han sido conductores de multitudes, FHC tenía la impresión de estar dando a su gente algo que no se merecía, un presidente moderno, « europeo » o « norteamericano », según los gustos, que tuteaba y en sus propias lenguas a los grandes del resto del mundo, los cuales miraban con codicia mal disimulada hacia el potencial económico que representa un país en cuya Amazonía, a juicio de muchos expertos, existe una de las riquezas todavía inexplotadas y que será mucho más cotizada que el petróleo dentro de unos cuantos años, el agua pura.

Se dice que el subsuelo amazónico contiene capas de agua suficientes para apagar la sed de una parte importante de la humanidad, razón por la cual los norteamericanos, siempre tan atentos a cuanto ocurre en sus fronteras, tienen planes más que serios para provocar una intervención mili- tar en ese « pulmón del mundo » si un mal día sus intereses estratégicos así lo exigen.

Estas son notas de mi estancia en Brasil de 1997 al año 2000. La historia actual ya ha sido escrita. Lula en la cárcel y un desconocido diputado, que había sido capitán de paracaidistas, Jair Bolsonaro, en el palacio presidencial de Planalto, Estos son los hechos.

(Tomado del libro “Lula y otros gladiadores”)