Cigüeñas sobre La Habana

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

A medida que pasan los años estoy convencido de que cada día entiendo menos lo que pasa en Cuba, ya saben ese país tan bonito que nos hizo soñar a todos los europeos que tienen los años que yo tengo cuando un abogado casi imberbe hizo la Revolución.No era la francesa, la de 1789, sino la de 1959, cuando el presidente Batista, personaje siniestro tuvo que huir del país porque un tal Fidel Castro levantó el estandarte de la revolución y lo echaron al mar para instaurar un nuevo país, con más justicia social y toda esas cosas.Y por mucho que los diferentes presidentes de Estados Unidos se han roto las uñas en el empeño no hay manera de desbancar la Revolución. Ni siquiera pudieron con su líder, que se murió de viejo mientras Cuba seguía viva, desde luego con más dificultades que nunca, con escasez de papel para la prensa, y para otras cosas imagino, y con escasez de todo lo demás según el día de la semana. Este domingo aburrido en este continente llamado Europa leo con regocijo una nota que manda Manuel Juan Somoza, periodista por más señas. Que de pronto va y se acuerda del Dor, una especie de departamento direccional de Orientación Revolucionaria del Partido Comunista cubano que hubo, hay o habrá en Cuba. O que alguien imaginó que existía aunque para el caso da lo mismo. Los cristianos hemos aprendido en creer en lo que no vemos. Y así nos va. Los periodistas y los medios de comunicación tenían que seguir sus consignas porque era lo mejor para todo. Por lo visto ya no hay Dor pero es probable que lo haya, quién sabe, Cuba es demasiado compleja como para entenderla de pronto. Pero dejemos hablar a los que saben. “…El Dor. Carlos Rafael Rodríguez, líder del viejo Partido comunista, comentó irónico en cierta ocasión que cuando uno leía la prensa oficial de la isla podía llegar a la conclusión de que los únicos que se alimentaban bien en el mundo eran los cubanos y si acaso, un poco, los soviéticos”. Desde que Cuba tiene un presidente que no viste uniforme ni pronuncia discursos de horas, aquí en este rincón de Europa donde yo vivo se habla de Cuba, para bueno, malo o peor, un día sí y otro no, a veces por medios de medios de comunicación que no sé si tienen siquiera existencia legal. Pero incluso el reputado diario español El País le dedica columnas, lo que es un avance teniendo en cuenta en que este país del Caribe fue ignorado por la prensa europea durante mucho tiempo.

Ya saben lo que decía Goebbels, aquel genio maligno de la propaganda de los nazis: “Deja que hablen, mal o bien de ti, pero lo esencial es que hablen” (Esto es una traducción libre de la frase original deformada desde los años cuarenta del siglo pasado). Y es buena señal, porque lo peor que le puede pasar a un país o a una persona es que la ignoren. Y desde aquí, tan lejos del Malecón, uno tiene la impresión de que los que como mi amigo aguantan desde que nacieron a que les den la parte de los intereses de la Revolución que ya cumplió 60 años, lo que es mucho en una vida, por la que se lo jugo todo Fidel Castro, hoy en el cementerio, lejos del Palacio de la Revolución, es porque tienen fe.

En 1985 fue la única vez que tuve la oportunidad de ver al Comandante con su uniforme de gala en el Palacio de la Revolución, donde mientras le escuchaba olía los deliciosos langostinos que luego probaría mojaditos con ron Havana Club. Era una época difícil para los cubanos. Hasta el diario Granma tenía mala cara. Ahora, veo cada día la primera plana de Granma, en la pantalla de mi ordenador porque de ninguna manera querría utilizar la fórmula de papel que tanta falta en ese lugar donde, como dicen los franceses, tú eres más que el Rey. El único. (El W.C., claro)

Granma está lleno de optimismo. Dan ganas de cantar aquella vieja canción francesa en la que el mayordomo de una marquesa le da cuenta del estado de cosas en el castillo que él administra y le dice a la señora por teléfono que todo va muy bien, a las mil maravillas, aunque su yegua preferida ha perecido en el incendio que ha arrasado al castillo. Imagino que si el presidente Donald Trump, dios le bendiga, se hace leer Granma y mira la primera plana, porque su cultura no le da para más, creerá que les gastan una broma cuando sus traductores visualizadores le digan que se ve a Fidel Castro muy sonriente o adusto y que se habla mucho de él.

Me dan ganas de aconsejarle a Trump que vaya a La Habana, que se ponga a leer Granma a la entrada del cine Yara–algún ejemplar quedará que no haya servido ya en el retrete—y entonces verá pasar sobre su cabeza de tebeo, de comic dirían los de la CIA, a aquellas estiladas cigüeñas de cine mientras las miran unas robustas combatientes soviéticas cuando hasta en la Unión Soviética reinaba el optimismo pese a la guerra, a la guerra fría y a la caliente, al hambre y al desabastecimiento de las tiendas. Antaño recuerdo muy bien haber visto más de una tienda en La Habana donde había apenas mercancía de no se sabía qué y una bella farmacia en la Rampa donde solo se veía un frasco de alta alcurnia, probablemente lleno de bicarbonato. Ahora todo ha cambiado, me dicen mis espías. Los cubaos ya no tienen que gritar por las calles porque muchos poseen el último modelo de teléfono móvil y en cuanto a la harina, el pan y otras cosas, Dios proveerá y el Dor dirá. Pero mientras tanto tienen ustedes a su disposición estupendos bares, hoteles de un lujo que mete envidia donde se amontonan turistas. Nunca se les había visto tan numerosos y sobre todo llegando de Estados Unidos en vuelo directo y sin trampas de pasar por Canadá para despistar.

Hoteles, boutiques, bares que ni París y que de envidia les pueden provocar artritis reumática cerebral.

No es que me haya dicho nada el Presidente, el de Washington DC. Por supuesto, pero se me acaba de ocurrir que todo este artículo me ha sido inspirado por el Dor. Si no se acuerdan miren más arriba.