Terroristas y papaya verde

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hay días tontos como hoy en los que te sientas con la mejor voluntad ante el ordenador y no sale nada. Estás vacío. Y eso que anoche fue una noche tranquila, sin vampiros que te chupan la sangre durante el sueño ni malos despertares. Pasé toda la noche soñando con una papaya verde, un fruto tropical, pero era todo tan complicado en lo que soñaba que ni siquiera la pude probar.“El olor de la papaya verde” es una película de 1993. Yo acababa de regresar a París después de una corresponsalía de cinco años en España, donde asistí a los últimos coletazos de la organización terrorista ETA. Recuerdo que cada vez que llegábamos a la delegación había que fijarse en los coches que estaban aparcados en la puerta. El comando Madrid de ETA (organización terrorista vasca) se había encaprichado con nuestra agencia de prensa, Agence France Press, y nos habían puesto en una lista como objetivo prioritario.Era una lata porque la policía te recomendaba que tuvieses cuidado al entrar y salir y algunas otras precauciones de ese tipo. En la entrada de nuestras oficinas teníamos a dos antiguos legionarios contratados para defendernos. Cuando llegué y me pusieron al corriente rogué a nuestros voluntariosos guardianes: “Si veis algo raro por la cámara, os tiráis al suelo y no os movéis hasta que llegue la Policía o el 7º de Caballería”.Y me metí por cinco años a hablar de lo que hablan los periodistas, en general de muchas cosas que no entienden, y la verdad es que con el follón de ETA era difícil tranquilizarse.

Para que me entretuviese, recuerdo que me mandaron al Festival de Cine de San Sebastián y en aquella maravillosa ciudad que pareces metido en una película de Hiroshima amor mío, al menos a mí me lo parecía, la primera noche nada más salir del hotel nos encontramos con un tipo al que le habían dado cuatro tiros a la entrada. Los muchachotes de ETA sabían cómo recibir a los extranjeros. Y aquella misma noche, o a la siguiente o a la otra, que cuando no hay papaya verde que oler se confunden minutos semanas y días, andábamos por la alfombrilla roja para entrar a una proyección (no me crean que quizá aquella alfombra era verde o color cacao, pero para el cuento a ustedes les da lo mismo y yo me quedo más tranquilo) cuando Javier, uno de los periodistas de AFP que me acompañaba me grito alto y fuerte que me metiera en el café al lado del que estábamos pasando, buscase refugio debajo de una mesa y no me moviese.

Justo tuve tiempo para tirarme debajo de una mesa de mármol, teniendo cuidado con mis zapatitos de charol recién compramos, cuando pareció que había una repentina tormenta tropical pese al escandaloso sol que nos calentaba. Sillas, mesas de mármol, mármoles solos, sombreros, chales de cachemira y mil cosas más volaron por todas partes. Me sentí tan cobarde que estaba a punto de salir y dar la cara cuando me percaté de que todas las mesas, mármol y hierro, estaban ocupadas en sus bajos, por cobardicas como yo que esperaban tiempos mejores.

Fue como uno de esos tifones de aquellas películas norteamericanas de otros tiempos. Duró poco pero fue intenso. Pero tan rápidamente como habíamos construido aquellas trincheras, los camareros imperturbables nos ayudaron a ponernos dignamente de pie. Me miré en un enorme espejo, al que el bombardeo de cosas no había partido de milagro, y ví un tipo demudado al que se le notaba el pánico a tres leguas.Volvimos a tomar nuestros sitios en la alfombra que ya debía ser azulada y mientras mi valiente amigo Javier informaba del altercadillo yo me sentaba en una butaca. Y menos mal, porque me estaba desmoronando de miedo. Era mi primer ataque de ETA. Y la verdad es que, aunque ustedes no se lo crean, no me dieron ni siquiera una medalla.

Las señoras de la alta sociedad donostiarra se arreglaban sus visones mientras me lanzaban despreciativas miradas. Qué horror, me habían visto cómo intentaba hacer un agujero de bajo de la mesa para escapar de aquel campo de batalla. Mientras se apagaban las luces, me entretuve en pesar en aquella película de la papaya verde. Y me dije que no había conocido Vietnam ni en la paz ni en la guerra, pero me había enamorado de la muchacha que salía con una papaya verde que a ella parecía embrujarla.

Y eso, me dije para mis adentros, que estaban los vietnamitas y los norteamericanos pegándose tiros y coger una papaya verde en medio de una calle debía ser pasadamente peligroso.Después de convencerme de que tendría que hablarle a mi psiquiatra de la papaya verde empezó la película. Durante más de hora y media asistimos a los pormenores de un oficial de la guardia civil que tenía un hijo drogadicto y que se metía en unos líos espantosos con los etarras porque además de ser terroristas se ganaban sus dinerillos vendiendo drogas.Cuando salí de la sala me metí en el bar donde ya parecía que no había pasado nada y me metí dos güisquis sin hielo y sin agua suficientemente rápido para que me quitasen un poquito la sensación de miedo que no se me iba del cuerpo.Al día siguiente regresé a Madrid y aunque sabía que había que estar atento a cualquier movimiento sospechoso me sentí en tierra amiga.