Una crónica brasileña del año 1997

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

Millón y medio de brasileños, que son campesinos pero que raramente tienen tierras que labrar, van a vivir probablemente en los próximos meses momentos muy difíciles, quizá los más duros de sus vidas. El nuevo gobierno, presidido por el ultraderechista Jair Bolsonaro, que fuera en una anterior vida capitán de paracaidistas, considera que esos campesinos, conocidos por la sigla MST, tienen que ser considerados criminales y terroristas. Él se refiere finamente a los “activistas” del MST… ¿En qué categoría situará a los otros, a los que se limitan a cavar y a callar? Estos campesinos que en su mayoría no tienen más que herramientas pero poca tierra que arar han tenido desde que existen enfrentamientos con las fuerzas del orden pero también con sicarios de grandes propietarios. Ha habido muertos y seguirá habiéndolos. En un país como Brasil, donde la vida tiene poco interés y menor precio, matar está al alcance de cualquiera y se mata no por amor como en las canciones sino por sobrevivir. Y porque la reforma agraria que los rebeldes sin zapatos, que arrastran perpetuamente alpargatas de goma recauchutada nunca se ha hecho suficientemente bien como para acabar el problema. Como para que los campesinos puedan vivir en un pedazo de tierra y no se vean obligados a invadir las propiedades abandonadas de los terratenientes donde se instalan y crían lo que necesitan para comer el tiempo de que no les echen a patadas. El 17 de abril de 1997, entre 30.000 y 100.000 de esos pobres de las tierras que están en su gran mayoría en manos de los terratenientes llegaron a Brasilia, la capital, para demostrar que existían. Llevaban a cuestas sus herramientas, que pueden ser mortales en cualquier enfrentamiento. Pero no ocurrió nada. Estaban conmemorando una matanza histórica, la que tuvo lugar en la localidad de Eldorado dos Carajas, sur del paupérrimo estado nordestino de Pará, el 17 de abril de 1966, cuando 19 campesinos fueron ametrallados por 155 policía militares.

Desde entonces parece que la paz es muy difícil. Una muchacha bonita como para una portada de una revista, pero que es campesina sin tierra, me pregunta el día de la gran concentración de Brasilia si quiero visitar un asentamiento, así se llaman los lugares ocupados sin derecho por los campesinos sin tierras para ver cómo vivían. Meses antes el MST había permitido que la chiquilla figurase desnuda en una revista muy popular en Brasil. Campesinos o no, no les escapan las técnicas publicitarias. A la mañana siguiente, un muchacho de diez o doce años, que gruñía más que hablaba nos llevó por tortuosos caminos de las montañas de Goias, el estado de Brasilia, cada vez más alto y cada vez por caminos de cabras más difíciles. Llegamos a un portón con una inscripción y varios campesinos de guardia nos dejaron pasar inmediatamente. Éramos esperados.

Se trataba de una inmensa finca abandonada en la que los invasores ya habían plantado maíz y otras plantas que seguramente le permitían comer con el agregado indispensable del arroz, seguramente traído por compañeros para que pudiesen aguantar. Al borde de una explanada pelada por el sol había una higuera que no parecía tener muchos higos, pero sí un poster de Che Guevara atados a las ramas. Aquel arbolito, uno de los raros que se encontraban en aquellas alturas, al borde de un precipicio seco, tenía unas cuantas ramas, una pizarra y poco más. Delante, un puñado de chiquillos que abrían mucho la boca para entender al maestro. El profesor tenía apenas 18 años pero con su sombrero agujereado parecía un personaje de cualquier película del novo cine brasileiro. No se hizo rogar para explicarme que estaba encargado por el MST de impartir enseñanza a los chiquillos. No es que les enseñase a leer o a escribir, que también. Pero él les hablaba principalmente de revolución, de ocupaciones de tierras, de cosas que ya ellos sabían por sus padres y sus hermanos y de vez en cuando saltaba el nombre de Guevara.

Cuando los chiquillos se marcharon a comer, el instructor refirió arrastrando las sílabas que venía del nordeste donde se había distinguido en la escuela y los jefes del MST le encargaron la misión de enseñar política a los niños, de adoctrinarlos como si fuesen clase de catecismo. En un momento de la conversación me llevó hasta el precipicio que circundaba el asentamiento y desde donde se veía Brasilia, la capital, el poder. Entonces se le iluminó la cara y me dijo: “Un día bajaremos hasta Brasilia. La ocuparemos… Ocuparemos la capital…” Me los imaginé entrando en harapos en los jardines del palacio del Planalto, la residencia del Presidente de la República y quizá hasta metiéndose en su despacho, por donde muchos de los cuadros del MST habían pasado pacíficamente para negociaciones que nunca habían dado nada.

El muchacho, que parecía muy orgulloso de su gorra roja, una como la que yo había comprado al lado de la catedral un día antes, miraba hacia Brasilia como cualquiera de los oficiales de casacas azules de las películas del Oeste miraban desde las alturas los campamentos indios antes de lanzar el ataque. Mi amigo el guevarista tenía los ojos brillantes. De esto hace ya casi veintidós años, era el 18 de junio de 1977. Recalco la fecha para el recuerdo. Hoy, el profesor de marxismo de aquel monte perdido entre las nubes tendrá, podría tener cuarenta años, la edad de la razón y la edad también de entrar en los cuadros del MST y tener una silla y una mesa en lugar de una higuera medio seca.Pero yo prefiero pensar que no se ha aburguesado y que ha querido quedarse en las montañas enseñando a otros jóvenes discípulos y mirando a Brasilia con aquellos mismos ojos brillantes con que la contemplaba aquel día en que nos vimos.

Millón y medio de brasileños, que son campesinos pero que raramente tienen tierras que labrar, van a vivir probablemente en los próximos meses momentos muy difíciles, quizá los más duros de sus vidas. El nuevo gobierno, presidido por el ultraderechista Jair Bolsonaro, que fuera en una anterior vida capitán de paracaidistas, considera que esos campesinos, conocidos por la sigla MST, tienen que ser considerados criminales y terroristas. Él se refiere finamente a los “activistas” del MST… ¿En qué categoría situará a los otros, a los que se limitan a cavar y a callar? Estos campesinos que en su mayoría no tienen más que herramientas pero poca tierra que arar han tenido desde que existen enfrentamientos con las fuerzas del orden pero también con sicarios de grandes propietarios. Ha habido muertos y seguirá habiéndolos. En un país como Brasil, donde la vida tiene poco interés y menor precio, matar está al alcance de cualquiera y se mata no por amor como en las canciones sino por sobrevivir.

Y porque la reforma agraria que los rebeldes sin zapatos, que arrastran perpetuamente alpargatas de goma recauchutada nunca se ha hecho suficientemente bien como para acabar el problema. Como para que los campesinos puedan vivir en un pedazo de tierra y no se vean obligados a invadir las propiedades abandonadas de los terratenientes donde se instalan y crían lo que necesitan para comer el tiempo de que no les echen a patadas. El 17 de abril de 1997, entre 30.000 y 100.000 de esos pobres de las tierras que están en su gran mayoría en manos de los terratenientes llegaron a Brasilia, la capital, para demostrar que existían. Llevaban a cuestas sus herramientas, que pueden ser mortales en cualquier enfrentamiento. Pero no ocurrió nada. Estaban conmemorando una matanza histórica, la que tuvo lugar en la localidad de Eldorado dos Carajas, sur del paupérrimo estado nordestino de Pará, el 17 de abril de 1966, cuando 19 campesinos fueron ametrallados por 155 policía militares.

Desde entonces parece que la paz es muy difícil. Una muchacha bonita como para una portada de una revista, pero que es campesina sin tierra, me pregunta el día de la gran concentración de Brasilia si quiero visitar un asentamiento, así se llaman los lugares ocupados sin derecho por los campesinos sin tierras para ver cómo vivían. Meses antes el MST había permitido que la chiquilla figurase desnuda en una revista muy popular en Brasil. Campesinos o no, no les escapan las técnicas publicitarias.

A la mañana siguiente, un muchacho de diez o doce años, que gruñía más que hablaba nos llevó por tortuosos caminos de las montañas de Goias, el estado de Brasilia, cada vez más alto y cada vez por caminos de cabras más difíciles. Llegamos a un portón con una inscripción y varios campesinos de guardia nos dejaron pasar inmediatamente. Éramos esperados.

Se trataba de una inmensa finca abandonada en la que los invasores ya habían plantado maíz y otras plantas que seguramente le permitían comer con el agregado indispensable del arroz, seguramente traído por compañeros para que pudiesen aguantar. Al borde de una explanada pelada por el sol había una higuera que no parecía tener muchos higos, pero sí un poster de Che Guevara atados a las ramas. Aquel arbolito, uno de los raros que se encontraban en aquellas alturas, al borde de un precipicio seco, tenía unas cuantas ramas, una pizarra y poco más. Delante, un puñado de chiquillos que abrían mucho la boca para entender al maestro. El profesor tenía apenas 18 años pero con su sombrero agujereado parecía un personaje de cualquier película del novo cine brasileiro.

No se hizo rogar para explicarme que estaba encargado por el MST de impartir enseñanza a los chiquillos. No es que les enseñase a leer o a escribir, que también. Pero él les hablaba principalmente de revolución, de ocupaciones de tierras, de cosas que ya ellos sabían por sus padres y sus hermanos y de vez en cuando saltaba el nombre de Guevara.

Cuando los chiquillos se marcharon a comer, el instructor refirió arrastrando las sílabas que venía del nordeste donde se había distinguido en la escuela y los jefes del MST le encargaron la misión de enseñar política a los niños, de adoctrinarlos como si fuesen clase de catecismo. En un momento de la conversación me llevó hasta el precipicio que circundaba el asentamiento y desde donde se veía Brasilia, la capital, el poder. Entonces se le iluminó la cara y me dijo: “Un día bajaremos hasta Brasilia. La ocuparemos… Ocuparemos la capital…” Me los imaginé entrando en harapos en los jardines del palacio del Planalto, la residencia del Presidente de la República y quizá hasta metiéndose en su despacho, por donde muchos de los cuadros del MST habían pasado pacíficamente para negociaciones que nunca habían dado nada.El muchacho, que parecía muy orgulloso de su gorra roja, una como la que yo había comprado al lado de la catedral un día antes, miraba hacia Brasilia como cualquiera de los oficiales de casacas azules de las películas del Oeste miraban desde las alturas los campamentos indios antes de lanzar el ataque. Mi amigo el guevarista tenía los ojos brillantes. De esto hace ya casi veintidós años, era el 18 de junio de 1977. Recalco la fecha para el recuerdo. Hoy, el profesor de marxismo de aquel monte perdido entre las nubes tendrá, podría tener cuarenta años, la edad de la razón y la edad también de entrar en los cuadros del MST y tener una silla y una mesa en lugar de una higuera medio seca. Pero yo prefiero pensar que no se ha aburguesado y que ha querido quedarse en las montañas enseñando a otros jóvenes discípulos y mirando a Brasilia con aquellos mismos ojos brillantes con que la contemplaba aquel día en que nos vimos.