Esconderse

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llegas a la conclusión, y la vida te da razón, de que si no quieres tener que recurrir más de la cuenta a ansiolíticos, alcohol o a la nicotina en grandes dosis, la única posibilidad que tienes es tratar de vivir la vida de los demás que están mejor que tú, claro. Agarrarse a los que están a punto de suicidarse sería pura imbecilidad.Hay que seguir refugiándose en una realidad que no sea la tuya, que resulte más agradable, más llevadera, menos negativa.Como millones de personas que quizá no se atreven a confesarlo, somos muchos los que nos hemos agarrado a menudo y más de una vez a ciertas películas, ciertos personajes. El cine, la literatura, la canción, no son casualidades industriales. Los autores no hacen más que transmitirnos sus formas de vivir. Pero a veces, por terrible que pueda parecer un argumento, lo que nosotros vivimos es menos soportable.Los más pobres de los africanos creen que Europa es el paraíso terrenal. Y no vacilan ni un momento en jugarse la vida y a veces, muchas veces, más de las que creen, la pierden en una travesía a mar abierto, sin la menor garantía. Quizá ni sepan nadar pero viven tan espantosamente mal que no les importa morir en el intento. Los europeos, los habitantes de los países “ricos”, donde, aunque ustedes no se lo crean, mucha gente rebusca regularmente de qué comer en los contenedores de basura, como si estuviésemos en Brasil o en la India, son más precavidos porque no viven tan mal. No están sometido a regímenes brutales que hacen que la libertad no exista ni a una explotación del hambre como arma suprema.Pero hay que echar manos a mil artilugios para escapar a otros tipos de desesperación. Porque, no lo olviden, y no es un chiste, los ricos también lloran. Y no les digo los que llegan a final de mes con muchos apuros pese a vivir en la gloriosa Europa o incluso en los maravillosos Estados Unidos.

Cuando la gente leía, personajes de Víctor Hugo como Jean Valjean o el maldito y siniestro policía Javert, formaban parte de nuestras vidas. Teníamos una proximidad que nos permitía comparar modos de vida. Quien dice Hugo se puede ir también a Balzac o a los más modernos, Ernest Hemingway o John Dos Passos o a cualquier autor de novelas policíacas con trasfondo social, en las que los norteamericanos han llegado a la perfección. “¿Acaso no matan a los caballos?” de Horace McCoy es un ejemplo máximo.

Y te agarrabas a ellos como referente de supervivencia. El cine, las series televisivas, han reemplazado a la lectura, y millones de personajes se ven reflejados en las imágenes cinematográficas como antes en las líneas de los libros, cuya producción moderna tiene poco que enseñar. Pero dentro de la librerías hay una sección de mucho éxito, los libros de autoayuda, en los que se buscan fórmulas, que nunca se encuentran, para que el paso de la vida sea menos penoso.

Soy de los que siempre han encontrado consuelo en el cine, sobre todo el norteamericano de la gran época y el europeo de cuando contar una historia no era pura pose. Nos identificamos con situaciones, con actores que viven una vida. James Dean fue lo que muchos jóvenes europeos hubiesen querido ser, incluso hasta estrellarse con un Porsche antes de tiempo.Los vengadores –los de Marvel vuelven a estar de moda, ahora hasta con una mujer en el papel principal. —nos consolaban de niños y de menos niños. La justicia de Robin de los Bosques o los duelos justicieros del lejano Oeste nos permitían pensar que había gente que luchaba por derechos, por sus derechos. Y nos daban ánimos aunque, por supuesto, no asaltáramos a los ricos en los bosques de Sherwood ni tomásemos el último tren de Gun Hill para liquidar a los malos en un duelo en OK Corral.

Todo el mundo, hasta los analfabetos, hasta quienes ignoran en qué contexto es dicha, conocen la frase de Casablanca, “siempre nos quedará París”. Porque en esa película de resistentes a la injusticia y de soldados nazis malos de la muerte, se decía que al final los buenos también podrían ganar, lo cual es una mentira digna de los mejores guionistas de Hollywood, entre los que por cierto se contaron durante algún tiempo escritores del calado de Faulkner. Todos el mundo, hasta la gente menos politizada, hasta aquellos que consideran que lo que ocurre en el mundo, fuera de casa, no les concierne más que de refilón (sueldos, precios) tiemblan a veces cuando escuchan el siniestro relato de los informativos, que lo mismo te cuentan cómo el Presidente Donald Trump puede estar preparando una guerra porque se aburre, o una catástrofe en un lugar del mundo que no sabes ni donde está en el mapa.

Entonces está la ficción, la que puede contarnos lo que queremos oír o lo que elegimos a la hora de escuchar. Es la manera más fácil de escondernos, de huir de tanta porquería que llenan de rebote las consultas de los psiquiatras y de psicólogos –los psicoanalistas son demasiado profundos—y cuando el dinero no alcanza, acudimos al médico de cabecera, al que normalmente vamos a ver para una gripe o un dolor de espalda. En muchos países, España, Francia, faltan médicos porque sobran pacientes y una gran parte de ellos presentan enfermedades psicosomáticas, dicho de otro modo, están al borde de la depresión o de la locura más bárbara y vulgar. Un encanto de vida.

× ¿Cómo puedo ayudarte?