Entre Vistas
Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr
El género periodístico de la entrevista está ultimamente –y desde antes también– sobrevalorado. Puede ser que mi opinión se deba a que muchas, la mayoría, no creo que reflejen exactamente ese vis a vis que mantienen el reportero y su encuestado. Quizás por ello, la mayuoría de los entrevistados –aunque pocas veces lo reconozcan– casi nunca quedan conformes- Hice pocas entrevistas en mi vida. No me gustaban y menos después de un llamado de atención –a mi parecer equivocado– cuya explicación luego encontrarán en estas líneas.Pero las pocas que hice, las recuerdo, algunas con afecto y otras con sabia nostalgia. Hasta que aquella corrección a la que ya llegaré a relatar, me frustró y no las busqué más.Para mí, la entrevista consistía en una conversación amable y profunda con el personaje de turno. Así empecé a hacerlas a los veinte años en el diario bonaerense La Nación. Entonces llevaba , junto a Diego Mujika, a mi cargo una contra (contraportada) del diario dedicada a la juventud. Yo lo era… Entrevistas a manifestanttes estudiantiles, a jóvenes después de ver el estreno de Woodstock en Buenos Aires, a jóvenes emprendedores, a chicos que habían perdido todo en una inundación, entre otros. Pero las entrevistas personales, vis a vis, pocas, en esa época. Una vez en Europa, Madrid, Paris, Roma, Barcelona, hice algunas pocas. Recuerdo algunas desagradables como con el boxeador argentino Carlos Monzón y otra muy bella con el mimo Marcel MArceau. Ambas fueron para Clarín. Daniel Baremboim también estuvo amable, a pesar de la prisa. En Paris y Barcelona, en dos de sus viajes, Ernesto Sábato, estuvo en su línea dedtructiva, quasi depresiva, de siempre. Era así. Tanto que, aprovechando cierta amistad, me reprendió duramente por haberme separado de mi segunda mujer, advirtiéndome entre otras lindezas, que mi hija terminaría drogadicta. No quise volver a encontrarlo en el siguiente viaje, y por suerte su pronóstico falló.Una muy breve y emotiva –por el reencuentro después de mucho tiempo–y para France Presse en Barcelona, fue con el escritor y periodista Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde), con la inestimable presencia de Cecilia Rosetto, que era entonces agregada cultural en el consulado argentino.
Pero la mejor –y capítulo aparte porque era como entrevistar a un extraterrestre cultural– fue a Jorge Luis Borges. Fue en París. Era para Cambio y Diario 16 de MAdrid. Y lo de «era» se hizo verdad porque aquí viene el relato prometido de por qué fue la última.Yo no utilizaba grabadora. Nunca me fie ni fiaré de la tecnología. Y aquello, en la época era tecnología avanzada. Apenas apuntes recordatorios y la memoria puesta al máximo. Y conversación , más que interrogatorio.La llamaba, o escuché que así se llamaba, entrevista novelada. No sólo arrancar titulares, como se hace ahora, o preguntar y después armar algo falso como que las preguntas hechas en seco y de respuestas ewxactamento a lo que se pregunta. No me las creo. Creo que con la grabadora echando humo, las preguntas y respuestas se montan lejos de la veracidad y exactitud, una vez concluído el encuentro. Se «cocina» la entrevista para que quede guay.
En mi concepto –admito que puede ser equivocado– mientras daba rienda suelta a lo que hay entre pregunta y respuesta, otorgaba más importancia a estas últimas, enriqueciéndolas con gestos captados al entrevistado, el ambiente donde tenía lugar, las miradas, los silencios. Eso hoy lo revela, tal cual, la televisión unicamente. Pero me refiero a prensa escrita.Quedamos con Borges –mejor dicho con Kodama– en El Hotel, un lugar mágico de Paris que me gustaba y sorprendía cada vez que iba porque había un árbol plantado en medio de la barra del
bar.
A Borges también le gustaba mucho, por lo que me dijo. Kodama, muy amablemente me dijo que nos dejaba solos. Que si estaba de acuerdo aprovechara la situación para pasear alrededor del hotel, por Saint Germain de Pres, para entrevistar al mago de las letras. ¡¡¡qué experiencia¡¡ Ibamos hablando y en una esquina, de repente Borges se para. Me tironea del brazo donde se apoyaba en mi y pregunta: Aparicio ?arriba a la derecha de este edificio (que me lo señala) sigue habiendo una ventanita verde con malvones (geranios) en su balcón». Increíble, pero sí, Borges. Y así fuimos caminando y él recordando pasajes, calles, rincones a la vez que intercalaba en la conversación algún poema de algún escritor francés, con un acento exquisito.
Fue en esa conversación que me dijo, a propósito de comentar la situación argentina (siempre convulsa), «mire, Aparicio, usted y yo nacimos en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires». Nunca olvidaré el impacto que me causó. Hacía 15 años que no volvía a Argentina y que no me era recomendable por trabajar en Cambio 16 y en France Presse, dos voceros de la verdad en aquella época oscura. (nada que ver, pero cuando volví después de tantos años con la ilusión de la Argentina democrática, en el aparhotel que había contratado me encontré en el ascensor con Julio Cortázar, que entre otras impresiones me dijo que lo que no le gustaba era entrar a un cafe porque no se sabía quién era el torturador y cual el torturado, frase que me condicionóo mucho mi regreso)
El amargo final de la entrevista con Borges viene ahora. Nos despedimos en el hotel, Kodama había regresado. Siempre con su amabilidad nipona, fría. Me fui contento y emocionado. Con esa adrenalina que provoca el querer publicarla antes que otro. Volando a escribir, con las frases ordenándose en la cabeza. Pero, el redactor jefe de turno, cuyo nombre no recuerdo o borré definitiva e inconcientemente, sino lo escribiría en estas líneas, me espetó algo así, «aquí en España (para de paso subrayar mi condición de sudaca) las entrevistas son una pregunta , una respuesta. ¡¡Cambiala, por favor¡», me ordenó. Le di largas y nunca se publicó. Me quedé con ese paseo, un insólito día de sol en pleno invierno de Paris, pero nunca más volví a hacer o proponer una entrevista.
Sant Sadurní d’Anoia, 18 de  marzo de 2019