La primavera de los patriarcas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Abdelazis Buteflika lleva como veinte años de Presidente de Argelia pero ahora quería un quinto mandato, un cachito más de poder, al que ha tenido que renunciar porque la juventud de su país, a la que trata como emigrantes desesperados a punto de embarcar en infames lanchas en busca de un país más justo aunque ello suponga la posibilidad de ahogarse en el mar, se le ha subido a las barbas y hasta aquí hemos llegado.Lo cierto es que es grande la tentación de perpetuarse en una poltrona. Lo han hecho tantos a través de los años que tampoco es nada extraordinario. Pero en Argelia parece surgir una nueva primavera árabe, gente joven que como en Irán, Egipto o en la Cochinchina que ya no existe quieren conocer el gusto de la libertad.Yo no sé qué gusto tiene la libertad porque ha sido lo único que he comido toda mi vida y no se apreciarla. Al contrario, consideramos los europeos que no nos pagan bastante, que no somos suficientemente felices, suficientemente guapos, y de vez en cuando hay quienes se van de manifestación para reclamar lo que la gente de esos países árabes no imaginarían siquiera que se pudiera reclamar. Pero así somos los occidentales.Escribo desde que me pude comprar un lápiz. Me he ganado la vida, muy requetebién, escribiendo noticias, crónicas y más crónicas, descubriendo o tratando de descubrir qué podía interesar a mis lectores. Entonces era periodista, oficio que hoy está más bien mal considerado por todos aquellos millones de personas, incluyendo al personal de la central de la CIA en Langley, que leen los periódicos con espíritu crítico o escuchan informaciones de radio y tele a veces, demasiadas tal vez, dadas con relente partidario.Pero ahora ha llegado el otoño del patriarca y me pasa como a Buteflika, que quiero seguir siendo el mismo que cuando tenía 40 años y amaba la vida con ansias, amaba el amor, que me amaba el muy maldito, los hijos, la mujer. Y de paso, sin mala intención, admiraba a esas jóvenes que iban al Monoprix a la hora del almuerzo, cuando las oficinas de París se vaciaban de chiquillas que buscaban unos coloretes o una barra de labios barata. O un flirt, como se decía entonces, porque éramos muy cultos. París siempre ha sido una fiesta por mucho que Hemingway haya querido hacernos creer otra cosa en ratos de depresión. Hasta los años setenta gozamos como aquellos cosacos de París, me contaba un día una leyenda del restaurante Maxim’s, una especie de lugar que nunca existió más que en nuestra imaginación. La belleza nunca es real. El portero que lo sabía todo me hablaba de cosacos con largas espadas que sacaban para descorchar el champán. Y a las señoras cubiertas se sedas morunas y de joyas de Cartier se les rompía de emoción las gomitas de las braguitas de las mejores lencerías.

Supongo que a los jóvenes manifestantes de Argel y de otros lugares como Teherán les hubiese encantado ese ambiente decadente. Claro que ellos también sueñan, aunque sea con otros cosacos y con otras botellas de champán o de Cola. Yo me refería al otoño jodido de Buteflika porque todos, en el fondo y en la forma, hemos querido ser reyes sin corona pero con el prestigio del gesto que abre las puertas de la vida, del amor, por falso y pagado que sea, de todo lo que se puede desear. Porque en Argelia este hombre que hoy va de hospital en hospital, de silla de ruedas en silla de ruedas, que apenas, dicen, puede hablar, ha sido sultán. Y no quiere bajarse del caballo.

¿Y a quién no le hubiese gustado ser sultán por un rato en un país de las mil y muchas noches como Argelia o Irán? No les cito el Golfo Pérsico porque tanta arena, tanto petróleo, puede ser aburrido.Tuve un medio amigo en París (digo medio porque siempre me ganaba al póquer) cuando esos países multimillonarios y que tanto desprecian los derechos humanos empezaban a interesar al mundo. El hombre, bastante mayor que yo, había sido ruso, jugador de póker, don juan y no sé cuántas cosas más. Fue uno de los primeros corresponsales de prensa en uno de esos países. Un día me lo encontré en el maravilloso Café Vaudeville de París, las mejores ostras, el mejor champán, los mármoles más suntuosos, todo visible un ratito por el precio de un café en la barra. El hombre estaba lustroso pero no parecía muy muy contento. “Allí no hay quien viva. Ni puedes tomarte un güisqui sin jugarte la cabeza”.

Le perdí de vista cuando se fue a Cuba. Qué feliz sería ahora en ese golfo, ya que por lo visto está casi todo permitido, menos que la mujer se quite el velo, menos que la mujer pueda enamorarse de otro hombre, y algunas otras menudencias. Se lapida, se mutila a los ladrones y otras bromas del mismo estilo, pero ya, parece ser, según fuentes informadas, hay sitios hasta para los homosexuales. Ahora mismo estoy viendo en una revista a Orhan Pamuk, que tiene un Premio Nobel pese a ser turco (¿no me digan que conocen a muchos turcos Premio Nobel de Literatura?) y sonríe con solo 66 años, un chiquillo. En la mayoría de sus libros, exquisitamente escritos (pero sigo preguntándome cómo los nórdicos lo encontraron en la apartada Turquía, si no está ni en la Unión Europea, para darle el Premio, qué cosas) habla únicamente de su país y es muy interesante, pero bueno nosotros los europeos somos más bien de educación televisiva norteamericana y sabemos incluso que la capital de Estados Unidos es Washington y que su presidente es un tipo muy cordial, simpático y temeroso de Dios…Pero ya ven, Orhan Pamuk sonriendo desde un balcón de su casa que da a una espléndida mezquita de tiempos en que Estambul se llamaba Constantinopla y los mandamases eran unos señores algo crueles llamados otomanos (los armenios podrían contarles mejor que yo) pero eso sí, que tenían unos harenes que ríase usted de los que nos enseñaba la Metro Goldwyn Mayer en aquellas películas de magníficas sultanas medio indecentes. Qué tiempos aquellos.

 

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