Tiempo del tiempo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No los he contado, pero cualquier vida debe de estar dividida en muchos cuartos de hora. ¿Cuántos habrán sido felices y cuántos catastróficos?Un cuarto de hora catastrófico es una eternidad. Un cuarto de hora feliz debe de ser como una visita al dormitorio de aquella amiga que un día te dijo que se había enamorado de ti y que no le importaba su vida pasada ni, por supuesto, la tuya.Diez segundos mirando un arcoíris, cinco segundos de un beso, doce horas de viaje con esa persona que quieres y que un día te enseña dos billetes de avión y te lleva hasta Costa Rica.El tiempo-amor-pasión-desgracia puede tener la brevedad de una sonrisa cogida al vuelo en la calle o la lentitud fastidiosa del encarcelamiento del Conde de Montecristo en la isla de If. Si tuviésemos el cuidado de contar, de ajustar los minutos que la vida nos depara para cada cosa podríamos ser doblemente felices o triplemente desgraciados. “Fue un segundo”, dice el ciclista al agente que le interroga sobre el atropello que se le acaba de atravesar en su vida. Estoy aprendiendo a contar. Cuánto tiempo se tarda en tomar esa taza de té que por fin, tras muchos ensayos de temperatura, hora del día, que también cuenta, te sabe a algo indefiniblemente sabroso.  ¿Han intentado ustedes saber a qué sabe un beso largo, de película, a qué sabe ese roce que parece inventado por François Truffaut entre los labios juguetones de ella y la boca hambrienta de él? ¿Cuánto dura la risa más bella, esa que surge a tus espaldas, sin que puedas saber de dónde viene, mientras estás comprando el periódico?Ya no tarareamos ni siquiera escuchamos boleros, que era esa música que parecía salir de una manufactura de felicidad. Escuchar a Roberto Carlos puede ser la más bella cosa del mundo. Escucharlo a hurtadillas mientras la guagua del aeropuerto José Marti trata de llevarte a tu hotel. Mientras esa muchacha con ojos de niña y labios de mujer te mira fijamente, con una sonrisa en las pestañas, y se baja antes de que hayas reaccionado.Nadie en su sano juicio, o insano juicio incluso, se atrevería a decir que toda su vida ha sido feliz, sin una sombra. Pero muchos y muchas saben que hubo instantes de felicidad, que existen, que de vez en cuando te rozan, como el aliento de la camarera al dejar una taza de café delante de ti.

Vivimos segundos, fracciones de segundos a veces, raramente más tiempo que luego podamos recordar como todo un poema mudo. Pero son tan bellos esos momentos que hasta se han compuesto boleros.Pero el momento feliz es cosa de dos. Comulgar lo inventó la Iglesia. Pero se comulga de muchas maneras. El momento en que la hostia toca la punta de la lengua es el mismo que cuando la gota de saliva entra en tu boca, en busca de la inundación de los sentidos.Amar no es un verbo. Es una afirmación que no se declina. Amarse es la asistencia recíproca contra la soledad, contra la pena, la desidia y esa tristeza terrible de la indiferencia.

El beso puede ser tan poderoso como el abrazo te levanta en vilo.Un beso es también, puede ser, el comienzo de un compromiso que no debería acabar pero que a veces se rompe por la falta de magia.Besar no es un ejercicio fácil. Para que se realice se necesita todo el refinamiento de los sentidos concentrados en un solo objetivo, el de querer, el de penetrar como si las bocas estuviesen envueltas en un rito entre sábanas, una disputa de egos y de preferencias. Besar es la expresión más corriente del amor que pide proximidad, el compromiso húmedo que puede llegar a todas partes. Besar es amar. Y amar lo es todo.