Las madres coraje de Haiti

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El mundo, todo el mundo, el mundo entero, ha celebrado con alborozo el Día de la Mujer, que en otros tiempos creo se llamó Día de la Mujer Trabajadora, pero seguramente me equivoque y sean cosas de un realismo socialista mal digerido.Como no soy mujer, solo hombre, uno de esos varones que no tiene Día que le cante alabanzas, que no tiene quien le sonría a menos que vaya a tomar un avión, las señoritas aeromozas están muy bien educadas, o quizá en un hotel si la recepcionista no está cansada de tanta celebración.El caso es que no he visto que se celebrase a la mujer más meritoria del mundo, y ustedes perdonen mi entusiasmo, totalmente gratuito sin ánimo de ofender y que Dios perdone mis culpas si creen que les estoy ofendiendo. Ya sé que todas las mujeres son fantásticas, son nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras esposas, o ex esposas, nuestras hijas y sobre todo nuestras abuelas, esas señoras que en tiempos del cuplé, el último, entiéndanme bien, querían como ninguna mujer.Nunca he estado en Haití y creo que me avergonzaría ser uno de esos turistas que, según algunos estudios, son en general norteamericanos que llegan para una visita durante la escala relampagueante de un crucero. Porque la verdad es que hay que tener ganas de permanecer más de lo necesario en un país de casi siete millones de habitantes, la mayoría de los cuales se muere de asco, porque esa tierra tiene la particularidad de ser la más pobre del mundo.

Pero qué se le va a hacer, a alguno tenía que tocarle la china.He conocido Haití por algunos libros magníficos, “Los comediantes” de Graham Greene y “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier. Pero de ahí no he pasado nunca.Ya me estaba olvidando de mi cuento. Les decía que no he oído en Europa que entre tanto hurra a la mujer del mundo alguien haya tenido la idea de aprovechar la oportunidad de proclamar a las haitianas como las madres más corajudas del planeta y sus alrededores.Vivo en Europa y ustedes quizá en América, del sur o del norte. Y seguro que, como yo, han oído hablar mucho de Haití cuando ha habido terremotos y algunas gracias de esas con las que las fuerzas del mal azotan a los indigentes.

Haití está en uno de los más bellos mares del mundo, el Caribe, lleno de islas de ensueño y algunas de ellas refugio de multimillonarios, con lo cual los indígenas viven bien o por lo menos no como los de Haití. Islitas llamadas Antigua, Barbados, Aruba, islas Vírgenes… Sin contar a la República Dominicana y a Cuba.¿Por qué capricho de qué malditos dioses de qué maldito Olimpo, Haití se ha quedado fuera de ese circuito divino de playa, luz y dólares que siempre caen para los nativos?Hubo tiempos, años cincuenta del siglo pasado, en que en Francia, donde yo vivía y trabajaba, se hablaba mucho del presidente de Haití de aquel entonces, el siniestro François Duvalier, que tuvo un siniestro hijo, que le sucedió, Baby Doc le llamaban. Parece que los genes son así, que no perdonan. Durante años, hasta que desaparecieron, Duvalier y consorte reinaron en Haití por el terror más terrorífico, pero no haciendo creer a la gente en los zombies y otras lindezas sino valiéndose de una fuerza paramilitar llamada los tontons macoutes, encargados de tener al pueblo calladito y bien atadito.La maldición ha perseguido desde entonces a Haití y cuando se habla de este país, vecino de la risueña República Dominicana donde afluyen a diario manadas de turistas del mundo entero, es porque ha habido un temblor o cualquier otro horror. Ya sé que me repito pero tienen que metérselo en la cabeza y no creer que estoy haciendo publicidad turística.

Dicen que Haití es bonito, como todos esos países del Caribe pero seguramente tiene encima algo así como una maldición.Cuesta imaginar cómo debe ser una haitiana. Joven, menos joven, madre, criar niños para que no descarrilen. Ser madre en ese país me parece que ni siquiera podemos imaginarlos quienes contamos con sanidad, agua potable, retretes, comida por poca que sea. No hay ricos haitianos…, bueno salvo cuatro gandules con cuentas en Miami,Como ahora el Presidente Donald Trump anda queriendo guerrear, yo le aconsejaría que enviase un cuerpo expedicionario a Haití, no, no es que hayan hecho nada, pero es que ni tienen petróleo los pobrecitos míos, ni cualquier otro mineral de merezca una guerra relámpago. Pero si a Haiti lo invadieran los marines durante una temporada larga, los haitianos podrían comer algo mejor porque siempre les sobra comidas a las tropas yanquis.Miren, durante la II Guerra Mundial (1939-1945), ya casi al final, los norteamericanos desembarcaron en Italia con todos sus pertrechos: tanques, chicles, chocolate, latas de sopa, latas de leche en polvo y otras cosas que en ciertas regiones italianas no habían oído ni hablar. Llevaban hasta preservativos. Pero qué bien organizado están esas tropas. Qué envidia.Mientras estuvieron defendiendo desde allí la libertad creo que los italianos más desgraciados comieron mejor. ¿Por qué no harían igual en Haití?

Con ellos, aunque fuese indirectamente, nació el neorrealismo italiano, porque no solo había ladrones de bicicletas en la miseria de la guerra. Sea como fuere se produjo una de las más grandiosas obras maestras años después del paseo de los boys norteamericanos. Roberto Rossellini rodó nada menos que la película “El general della Rovere” con el nunca suficientemente envuelto en elogios Vittorio De Sica”.No se lo tomen en broma. Quién sabe si de una invasión, amistosa desde luego, norteamericana Haití no podría convertirse en otra meca del cine y dejar de ser el país más miserable del mundo. Ya sé que deliro, pero soñar no cuesta caro.Pero, mientras tanto, si alguno de ustedes tiene la oportunidad, rece conmigo para que la Mujer haitiana sea proclamada ya, en la ONU o en el bar aquel de la calle 23 de La Habana la Mujer Más meritoria del mundo. La mujer coraje más corajuda que jamás se ha inventado.

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