Y serás un hombre, hijo mío

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando estés a punto de sacar el Winchester 77 que John Wayne usó hasta en el desayuno, cuando hasta las monerías más aberrantes de la televisión te dejen indiferentes, cuando te des cuenta de que un accidente aéreo no es más que un avión que se cae, vete al psiquiatra y pídele perdón por no haber venido a verlo veinte años antes.

-Pero es que yo entonces no era psiquiatra, tenía una fontanería de lujo.

-Es igual, me habría podido ayudar.

Cuando puedas tener un diálogo parecido considera seriamente el Prozac que tomabas en los años sesenta y dile a tu farmacéutico que te de un buen kilo del antiguo, que seguro que tienen en la trastienda, porque a todo el mundo nos gusta lo bueno. No esperes a inflarte de otras pastillitas que te pongan los ojos como platos. Cuando se está en la vía de la locura provocada por la locura consecuente de una vida infame, hay que acudir al curandero. Conocí uno en la región de Granada que curaba cualquier mal poniéndote una cuerdecita alrededor de la barriga y escupiéndote una bocanada de agua en el vientre. Lo malo es que la curación duraba el tiempo que tardabas en bajar por el terraplén que conducía a su casa blanca donde él se paseaba con aire de Jesucristo recién llegado en el tren de las 5.42. He visto muchos médicos. Mi vida ha estado llena de todo tipo de consultantes en medicina que han tenido la bondad de interesarse por mí. Salvo el Doctor Barnard que no tuve la suerte de conocer, porque entonces me hubiese puesto un corazón más alegre. Pero sigo igual. Me gusta el té fuerte y dejo que la bolsita se funda literalmente en la taza antes de beberlo. En tiempos bebía de vez en cuando un güisqui pero desde que mis transaminasas se han puesto en huelga me basta con el agua Perrier, que antes era solo el condimento del güisqui.Te crees que no vas a llegar a eso y llegas. El día que alguien te llama borracho porque estás contento, porque te parece que la vida no es tan mala como contabas tú en ayunas, la vida ha cambiado. Incluso sonríes, tú que no sabías si eso era una particularidad de los mares del sur, de cuando Marlon Brando iba en un Bounty de alquiler para engrosar la población local acostándose con las nativas, traídas hasta un islote de Tahiti por vuelo especial de la MGM en color de aquel que te dejaba olvidar por un rato la fastidiosa realidad en blanco y negro o hasta en sepia.

Aunque no estoy seguro de que lo que vemos en la calle sea en blanco y negro. Yo veo colores, pero un amigo que en tiempos fue dermatólogo, gente que entiende mucho del alma, me aseguró que los colores no existían, de la misma manera que la realidad en blanco y negro y hasta en sepia que nosotros creemos real no es más que una ficción a la que nos acostumbramos según la hora del día y el estado de nuestros nervios.Es como con las mujeres. Todas las madres, abuelas y tías son formidables. Entonces, ¿por qué otras señoras que todavía no son ni madres, ni abuelas ni tías, se empeñan en hacernos la vida imposible o en considerar que somos maltratadores en potencia y, en todo caso, tíos muy aburridos?

Pero no crean nada de lo que les digo. Todo esto es absolutamente y políticamente incorrecto. La verdadera vida, la que hay que vivir, está enmarcada en el conformismo más absoluto. Hay que acabar con la protesta a toda hora. Si sale el sol, estupendo, si llueve, estupendo. Todo conforme a los deseos de gente que sabe lo que te conviene.Y esa gente que sabe lo que tienes que pensar, incluso lo que tienes que comer, con gluten o sin gluten, para eso están los supermercados, que te ponen a la vista lo que hay que comprar, el pescado fresco aunque haya sido criado en mercurio puro, las habichuelas a las que les quitan la hache para que parezcan más saludables.Desde el comienzo de los tiempos, desde la manzana, fue entonces cuando nacieron las feministas que hoy hacen justicia con los repelentes seres que suelen llevar pantalón y barba, todo ha sido pensado para nuestra felicidad. Los políticos, hombres superiores, por eso tienen sueldos superiores, están encargados por el Máximo Hacedor de guiar tu camino. Obedéceles. Ellos te quieren. Aunque en algún país, como China, sigan con la fea costumbre de hacerle pagar a la familia el precio de la bala con la que han ajusticiado a un familiar. Que merecido lo tendría. Obedece, hijo mío, y alguna vez serás un hombre. Y puede que incluso llegues a ser médico o político. Y entonces tú, con la sabiduría que habrás acumulado en cuarenta años de privaciones básicas, podrás dirigir el mundo. Y serás un hombre, hijo mío.