La cama de soltero de Van Gogh

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Pintó, pintó, pintó, con líneas a veces torcidas, siempre ansias de eternidad. Novecientos cuadros quizá. Ninguno vendido. Se suicidó a los 37 años porque ya no sabía qué hacer. Era verano, de 1890, en un pueblecito maravilloso de Francia, Auvers sur Oise. Se pegó un tiro porque había encontrado un viejo revólver.Cuando pintaba en el sur de Francia, sobre todo en la región de Arles, ya la cabeza se le volvía loca. Tenía lo que los psiquiatras, reyes del mambo del disimulo, llaman hoy brotes. Pero en aquella época los médicos hablaban de locura. Y aparte la medicación que tomaba cuando le parecía, su único remedio era el alcohol, aquel absinto que volvió majara a más de un escritor, a más de un artista perdido. En Auvers sur Oise, última escala de una vida patética a la vez que riquísima en invención, ha sido conservado intacto o casi su dormitorio. No hay que perder una oportunidad de que los turistas se asomen a él en tropel y paguen el diezmo. Amén. En el cuadro que él mismo le consagró era un lugar simpático, truculentamente infantil. En la realidad da miedo. Una cama estrecha hecha para morir no para gozar ni siquiera para descansar. Absurda vida en la que no parece haber cabido nunca la más mínima esperanza.Absurda vida entre el titánico esfuerzo de seguir creando, inventando colores, como su majestuoso amarillo, al que en un tiempo se parecía la pintura que llevaban los taxis de Nueva York.Absurda vida enmendando la plana a todos los impresionistas, que a su lado parecían principiantes, tímidas damiselas poniendo colores en un lienzo.Absurda, absurda de verdad vida entre médicos que estudiaban sin saber muy bien por dónde meterle mano a aquel fenómeno de la plenitud, que plasmaba en sus lienzos una fuerza que no tenía en las faenas de la vida de todos los días. Además, cuando eres pelirrojo y has conservado algo o mucho de tu acento holandés, pobrecito mío.

Pintaba, pintaba, machacaba lienzos, violaba todas las reglas que alguien le había enseñado y los cuadros salían raudos para París, la capital de las artes, donde tantos pintores mediocres vivían con lo que pintaban. El lo mandaba todo a su hermano Teo, marchante de arte, que a cambio le aseguraba una renta. Aquel fenómeno pelirrojo que se enamoraba de una prostituta y la convertía en la Virgen María en su cerebro repleto de colores engarzados, mezclados, que nadie veía. Nadie supo ni copiarlo. Era demasiado genial, demasiado loco para ser entendido por gente llamada normal.Absurda vida que le llevaba del absinto al sueño y a los pinceles. De vez en cuando alguna mujer, una de las prostitutas de Arles o de cualquier otro lugar, se cruzaba en su camino y él se enamoraba. Porque hay que ser un enamorado de cuna para encontrar amor, bondad y luz en todos los rincones. Pero él sabría cuánto le costaba.Solo una mujer, nos dicen los investigadores, le manifestó un cierto cariñó que al parecer no era solo transacción mercantil, aquella mujer pública, Jesús también conoció a mujeres públicas, como la insigne Magdalena, por la que Van Gogh se mutiló una oreja.Cuando fui a verle a Auvers sur Oise me dijeron que ya llevaba un tiempo en el cementerio local, pero me negué a verle.

Y pasé un rato largo en su habitación.Da rabia contemplar aquella camita de cuerpo presente, donde no cabía el cuerpo de una mujer.Millones de seres humanos en el mundo de este desgraciado siglo XXI somos tan desgraciados como lo fue él, sin duda alguna. Pero no tenemos el talento singular suyo para conformarnos,Millones de seres que ya dejan de ser humanos con la desgracia que saben, que sabemos que moriremos sin los santos sacramentos de la gracia del talento infinito,“Un día u otro creo que encontraré la manera de exponer mis cuadros, al menos en un café”, decía. Como todos nosotros. Que esperamos también exponer un día..El café que hoy acogen sus pinturas son suntuosas galerías llenas de eruditos que año tras año contemplan sus pinturas y se van al bar de la esquina en busca de un alcohol que les borre al menos por un rato la terrible desesperación de no saber siquiera como aquellos colores los creo un loco.El café donde hoy se exponen sus cuadros es también el propio museo que tiene en Amsterdam, una especie de iglesia donde puedes comulgar con él porque Vincent Van Gogh acude algunas veces a mirar una y otra vez sus pinturas.El café con el que él soñaba son museos del mundo entero donde huele a Chanel5 y a trajes de grandes cortesanos de la costura.Muerto, enterrado pero no olvidado, Vincent vive hoy en los lugares más exquisitos, donde la gente entra buscando casi una pila para mojar los dedos y santiguarse.