Jesús se marcha de Brasil

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En un rincón del París que ustedes no conocen hay una casita que parece sacada de un cuento de hadas. Tiene una torreta, huele a tercera persona del presente pasado futuro y en el primer piso un saloncito con una chimenea pequeña que no puede dar más que felicidad. Sobre ella un cuadro que representa un Brasil de ensueño, firmado, creo, por Jorge Deus. No se sabe cuándo la construyeron ni quien fue. Quizá estuvo allí un día después de otro día en el que no había más que hierbajos. La vida sabe a hierba maltratada.Cuando sales hay callejuelas animadas, que casi saben a feria andaluza. Huele a sudor de mocitas que caen rendidas en una silla, con los muslos sudorosos y los labios mojados. Claro que sí, la felicidad en pequeñas dosis existe. Es como el cambio climático. Se derrite con nada pero todavía puede disfrutarse.Esta mañana me he encontrado a Elis Regina, esa fabulosa voz que nadie tuvo, que los dioses reservaron para ella, para que cantara bossa nova con Antonio Carlos Jobim. La vi fugazmente en Brasil pero ella ya estaba a punto de morir. Se fue muy jovencita, dicen que con 36 años. ¿Cómo se puede morir cuando todavía ha vivido solo un cacho de camino? Era la voz más particular del mundo. Era como aquel Brasil que yo conocí en 1977, cuando no podías tener una pistola en tu casa y cuando a las fuerzas del orden se les pedía calma y no matar. Ahora que sé de la muerte de Elis Regina comprendo que todo ha cambiado. Ese país inmenso, magnífico, donde tantas veces comulgué hasta fuera de la iglesia con un Jesús que se paseaba por Brasil coreado, amado, porque entonces la gente le atribuía el papel del vengador, el que un día vendría, tocaría la tierra roja de Brasilia y ajustaría las cuentas a tanto bandido pertrechado en lujosos despachos.En el año 2000 me volví a Europa, en un momento de orgullo provocado por la borrachera de unos cangaceiros europeos, y Jesús ya había desaparecido.En enero pasado, como galopa el calendario de las malas noticias, Brasil, el dulce Brasil, eligió como Presidente a un tipo de cuyo nombre no quiero acordarme, y que además tiene un hijo que parece todavía más feroz que él. Que no piensan más que en destruir, que militarizan escuelas donde en la época del encarcelado Lula da Silva los niños iban para que les dieran de comer y les enseñaran algo. Ahora imagino que les estarán enseñando a gritar como en las películas norteamericanas “¡Sí, Señor, Señor, Sí Señor!”.

Y con una exquisitez digna de la peor de las causas dice ese Presidente, no, no insistan, no quiero mencionarlo porque me pondré triste y tendré que beberme tres güisquis y el médico me lo ha prohibido. Dice el mangante que va a meterle mano a la Educación, a las escuelas supongo, para impedir que se conviertan esos lugares mal famados por la izquierda que dio de comer y de beber, “en una fábrica de militantes políticos”, vamos de revolucionarios. Es decir, leña a todo lo que no sea de una derecha extrema, apostólica pero no romana, porque aquí se prefieren a los pastores y pastoras evangélicos. Porque Dios no es de todos.

El otro día, o hace otros días, se le murió a Lula un nietecito de siete años, un pedazo de maravilla que vi en una foto, como medio mundo. Entonces, el ministro de Justicia, hombre de bien sin duda, ¿cómo?, ah, ¿que fue ese señor, cuando era juez, quien metió a Lula en la cárcel?, le dejó salir para que fuera al entierro. Cuánta misericordia. Jesús, vuelve para felicitar a este bendito hijo de su madre.Es que por mucho que ahora me digan las malas lenguas que el Presidente es un extremista de derechas –por eso deja que la gente tenga pistolas, por eso le dice a la policía que no se ande con miramientos– ¡cuánta bondad no hay que tener para dejar salir, con el peligro de que se escapara y huyera a Paraguay, a un reo peligrosísimo como el que fuera dos veces Presidente de la República, el llamado Lula! Gracias, Ministro, que Jesús no le olvide cuando por fin llegue a la estación de autobuses de Brasilia, que es donde se le espera.

Cómo hemos cambiado, mi Brasil. Yo encajonado como una vaquilla que para nada sirve en una isla africana y tú dando al mundo próceres inconmensurables.¡Qué gran presidente! Nadie en Brasil, en su larga historia, ni los militares del golpe de estado aquel, consiguieron tener un Conde de Montecristo, ahora encarnado por Lula que tiene más bien barba del abate Faria.

Santificado Brasil que ahora tiene lo que nunca tuvo, ni con Fernando Henrique Cardoso que era un liberal. Ahora pueden presumir de una ministro que es al mismo tiempo una monja, o pastora, bueno, evangélica.Ya hasta los carnavales parecen más decentes. Es que de mis tiempos, era un asco. Carnes y más carne y ninguna plegaria en los labios rojos de aquellas mujeres y otros maricones. Aunque no sé yo, con el nuevo gobierno quizá ya no haya lo que en Europa llamamos homosexuales. Pero el Presidente ya ha salido al paso de tanta indecencia y es posible que pronto no haya ni carnavales. Ha publicado un video donde se ven al parecer indecentes escenas carnavalescas. Y es posible que pronto los brasileños, indignados, pidan uniformes de combate para los participantes a semejantes fiestecitas.

Cómo hemos cambiado, mi Brasil. Seguro que ahora en el Hotel Naoum de Brasilia también se han trastocado las cosas.Allí nos reuníamos unos cuantos amigos para tomar una copa de vez en cuando. El camarero se adelantaba siempre poniendo una botella de güisqui encima de la mesa moruna. La particularidad es que aunque estábamos entre gente de bien y el hotel era uno de los más elegantes, la botella llevaba pegada una discreta regla que medía el güisqui consumido, con lo cual el camarero sabía las consumiciones sin tener que someternos a un interrogatorio. ¡Qué finura!La verdad es que ya me da igual. Muy probablemente de probable que nunca más volveré al Hotel Naoum. Ni nunca más me pondrán la botella de güisqui.Aunque ahora quizá sirvan cachaza, que es la bebida nacional, la más folclórica. Pero como el Presidente sabe que su amigo Donald Trump no bebe más que Coca Cola cero… Hay que ser amiguito hasta en los más nimios detalles. Cansado, hastiado, me he metido de pronto en una vieja edición del Livre de Poche de “Michel Strogoff” de Julio Verne, con dibujos maravillosos de Hetzel. He llegado a tiempo para alcanzar al escurridizo correo del Zar que está atravesando las líneas de los feroces tártaros, en la profunda Siberia. Me ha dicho que me metiera en un carro varado en la taiga y que espere a que vuelva a buscarme.