La penúltima copa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es la palabra más terrible, Borracho. Es ese escupitajo rabioso y sin entrañas que los que se creen por encima del bien y del mal arrojan al paso de alguien que ha bebido, que ha vivido, y que está atravesando un mal momento de los que suelen durar toda la vida,Bebes de más cuando celebras un acontecimiento y bebes de más cuando ya no te queda nada que celebrar, ni siquiera que llorar. Beber es como una oración que lanzas a tus dioses para que te ayuden en lo imposible, para que te den fuerzas o paciencia. Y luego, bebes de más cuando la vida te parte el alma y no sabes dónde refugiarte, porque los amigos, ningún amigo quiere compartir tragedias, una gran pérdida, un fin de vida que tú imaginabas larga y gloriosa.Como aquella vez en que supiste que aquella mujer a la que tú tenías en los altares, se cae fácilmente en la saeta de Semana Santa, se mata en un coche, como tantos millones de gente. Pero a ti te importa ella no los millones. Y te dan un segundo para comprender que no la verás más. Que no oirás más su risa perdida en una garganta de plata, o de cristal, que todo te vale.Entonces te encierras a tomar una copa, porque el dolor no admite celebraciones. Cuando el segundo güisqui se situó como tiene que situarse ya veías las cosas con menos dramatismo, e incluso pensabas que tal vez todo eso no fuese más que un malentendido, que todo volvería a la normalidad. Pero no fue así. Entonces bebiste para revivir ese momento en que entre dos copas había nacido la esperanza de dar marcha atrás en la puta vida, de recuperar lo perdido.Y seguiste consolándote hasta que la sociedad, que ya había prohibido el tabaco y las terribles feministas de pro habían formado una barrera contra los hombres, convertidos todos en malhechores, maltratadores, violadores o por lo menos posibles malhechores del sexo, siguió vendiendo botellas al alcance de todos.Luego se decretó que había que no beber, que eso estaba feo, que un hombre o una mujer que se desinhibe con unas copas puede ser un peligro social y, en todo caso, no está bien, porque así lo habían decretado profesoras de feminismo extremoso que no se amaban ni a ellas mismas.Y todo el mundo se fue al médico, que él si bebía, fumaba y fornicaba, para pedirle consejo, para confesar nuestra particular profesión de borracho. Y le cuentas que empezaste a beber porque estabas desesperado, porque se te había matado alguien que tú querías por encima de las vallas impuestas por la decencia del llanto y por las barreras de los buenos modales. Entonces, él, el médico, que fumaba un apestoso purillo italiano y lo vi a punto de pedirme permiso para tomarse una copa, porque lo que yo le contaba, con todo el dramatismo y la mala leche que podía, le había dejado seco. Me dio unas pastillas pero no la mano. Al principio me molestó pero luego lo comprendí. Temía que le pegase mi estigma de borracho.Y cuando ya todo ha pasado, cuando has visitado psiquiatras y otros alegres pajarillos que se creen Dios porque han estado en una facultad donde les han enseñado que ya no hay locos sino gente con brotes psicóticos. Y como se creen por encima de todas las cosas te aconsejan, con un desparpajo monumental, te dicen que eso va a pasar, que tomes esta y aquella pastilla.Y cuando te ha visto varias veces, cuando empiezas a cansarlo, y cuando él se da cuenta de su inutilidad, del tiempo que ha perdido estudiando para entender el alma, y cada uno de sus visitantes es un caso aparte, empieza a mirarte con severidad.

Y como sabe que volverás la semana siguiente y la otra y la otra, encuentra la manera de quitarte de encima:

–¿Usted cree en Dios?

–Sí

— Pues arréglese usted con Él.

Y entonces vuelves a tomarte unos güisquis, que ni hablan ni dicen tonterías. Te ayudan a su manera, esponjándote el cerebro, haciendo que veas las cosas menos tristes.Y te acostumbras a tomar una copa de vez en cuando, cuando el pellizco maldito te aprieta las entrañas y todo lo malo vuelve. Pero como eres un alma sensible, un miembro consciente de una sociedad estafadora, arruinadora de ilusiones, te fijas un tope de ayuda. Y lo cumples.Hasta el día en que ya has entrado en la categoría de borrachos, no la de esos rastrojos que beben hasta la colonia para después del afeitado. Pero como vivimos en una sociedad perfecta, te han sacado un problemas en los análisis que te haces todos los años como ciudadano responsable, porque hay que ser políticamente correcto. El médico te tranquiliza. Pero cuando le cuentas tu historia de bebedor, vuelve a mirar los análisis. Él tiene los suyos casi peor que los tuyos pero eso es un pecado suyo, nadie lo sabe.Pero a ti te prohíbe el alcohol, que hace un tiempo, en una charla, te dijo que era de la misma marca que la suya.Te vas. Te tomas un descafeinado con leche. No está mal. Al quinto día de descafeinado y su inseparable leche te sigues acordando de todo lo que no querrías recordar más.Y cuando al sexto día la camarera, Vicki, que te mira desde hace meses con ojos melosos te trae el enorme pozo de descafeinado le sonríes, la miras en los ojos, algo sabe de tu vida, se marcha y vuelve con un vaso panzudo con güisqui y un sinfín de hielo.Sabes que probablemente te vas a morir. Pero no conoces a nadie que se haya quedado vivo para siempre. Algún día tiene que ser. Y el impacto del coche y el cuello roto de la niña que quería ser mujer se van difuminando. Luego, cuando Vicki termine su servicio, te cogerá del brazo y iréis al cine a ver una película de Ingmar Bergman que alguien ha tenido la buena idea de no quemar. Y hay que verla antes de que la quemen. Todos nazis.